Los hombres grises

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La multitud siempre entrega rostros anónimos como respuesta a preguntas que nadie ha formulado. Cuando al fin lo comprendí dejé de buscarte en todas esas caras de cartón piedra, ahora siempre bajo la mirada y rehuyo cruzarme con sus cuencas vacías. Sólo tengo valor para fijarme en sus piernas de autómatas y a veces, entre ellas, qué tontería, me parece reconocer tus lindos tobillos de bailarina, pero nunca, nunca levanto la cabeza. Me aterra comprobar en lo que te has convertido.

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