fail again, fail better (2)


Cada historia tiene tantas caras como personas involucradas en ella. Si consiguiésemos juntarlas todas tendríamos algo parecido a la verdad.

La semana pasada vimos la primera parte , hoy traemos la segunda narrada con otra voz.


Fracasa otra vez, fracasa mejor. Se pasea lleno de orgullo por la oficina con una taza que tiene escrita esa frase con grandes letras góticas sobre un fondo blanco. Parece como si le hubiesen dado un premio por ser alguien especial.

No lo es, en realidad es la persona menos especial del mundo. Se la compró en alguna de esas charlas que son un abrevadero de perdedores en las que te explican que si has tropezado mil veces con la misma piedra no es porqué seas un completo y patético imbécil. Es sólo que te encuentras en el camino de convertirte en algo mucho más grande. La mejor versión de ti mismo, te dicen justo al final y hacen la pausa precisa para que la llenes de aplausos como una foca amaestrada. Y aplaudes, claro que aplaudes, nadie quiere ser el último en reír el chiste.

Llevamos quince años ocupando las mismas sillas en las mismas oficinas que huelen a rancio y comida recalentada, y el pobre idiota aún cree que entre todos los fracasos que siembran su vida aún existe alguna mágica enseñanza que nos permita escapar de la jaula que hemos construido a nuestro alrededor.

En eso empleamos nuestras vidas, he tardado en comprenderlo. En construir jaulas, meternos en ellas y tirar la llave porque nos aterra el vacío y el azar que nos rodea, todas esas posibilidades a la distancia del salto que nunca daremos. Necesitamos la seguridad, aunque sea la de una cárcel.

Ayer, a esta misma hora estaba metiendo en cajas de cartón los últimos restos de toda nuestra vida en común. Los habías dejado pulcramente ordenados a la entrada del pequeño apartamento como una señal que no llegaría a entender. Un puñado de libros y canciones que ahora, desparramados en el maletero del coche donde aún siguen, me parecen increíblemente vacíos.

¿De verdad los elegí yo?, no puedo dejar de pensarlo al ver las portadas y las solapas, o sólo formaban parte de la imagen que quería proyectar ante ti. ¿Llegamos de verdad a conocernos en algún momento?, o no hicimos otra cosa que proyectar sombras sobre una pared.

Supongo que ya da lo mismo. Tan desesperados estábamos por encajar en la vida de alguien que ni tan siquiera nos lo llegamos a plantear.

Con los papeles encima de la mesa y nuestros abogados jugando aburridos con sus teléfonos y sus bolígrafos nos miramos a los ojos, supuse, por última vez y vi toda esa furia hirviendo en ellos, fluyendo en oleadas de pura energía hacia mi. No sentí pena sino una extraña alegría: era una mirada llena de vida, la mirada de los primeros meses, cuando aún nos empeñábamos en apilar proyectos como una barricada contra lo inevitable.

Otro golpe más sobre las viejas cicatrices y la taza, la puñetera taza me dice que debo levantarme, hacer como si nada hubiese pasado. O mejor, fingir que he sabido volver de ese abismo enorme con algo entre las manos. Miradme, ahora soy más sabio y he aprendido hasta de los errores no cometidos.

Por fuerza debe existir un fracaso que sea el definitivo, el que te tumba en la lona y te hace descubrir que detrás de un fracaso sólo queda otro fracaso. Ese momento cuando ya no quieres volver a levantarte y quemas todos esos libros y todas esas canciones hasta quedarte hueco, agotado, totalmente inservible.. mirando relojes sin manecillas y atrapado en un tiempo sin dolor, sin ira… sin nada.

Ha dejado la taza sobre la encimera y apunta su asqueroso y fofo trasero en mi dirección mientras rebusca algo en la nevera. Me levanto, no soy yo, o quizás sea más yo que nunca. Apenas soy consciente pero mi mano se adelanta a mis pensamientos, se desliza hacia la taza y la empuja un poco, otro poco más y se estrella en mil pedazos contra el suelo desparramando letras góticas por el suelo.

El idiota se vuelve, lo sabe, lo veo en sus ojos casi al borde del llanto, sabe lo que he hecho. Pobre cobarde, no dirás nada, ¿verdad? nadie te creería. Venga, dime todo lo que has aprendido. Vuélvete loco, tírate por la ventana si crees que eso soluciona algo… pero, sobre todo, acepta tu derrota y no aprendas nada porque nada de lo aprendido sirve ya para nada.



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