leer

Not onsen, no life


Ya contaba por semanas los días que llevaba sola en Japón. No sé si las cosas iban bien o mal pero, sí es cierto que empezaba a olvidar. Al menos, ya no me acordaba de los detalles. Quizá me había equivocado en algún punto del manual de instrucciones para construir un abismo. El paso número uno era no hacer nada. El segundo, insistir. Necesitaba a toda costa de ese abismo y, no sé, cada día se difuminaba un poco más, se me acababan los pretextos e iba creciendo mi incertidumbre. Si algo sabía a estas alturas es que, lo que da realmente miedo es no tener de dónde saltar y yo… no acababa de encontrar mi precipicio.Hacía pocos días que había llegado a Kyoto de nuevo. Me hospedaba en un antiguo bar, hanaco café, rehabilitado para ser vivienda. Lo de rehabilitado no deja de ser un eufemismo bastante generoso para describir aquel inefable lugar de dos plantas. En la planta baja, el bar continuaba tal cual, con su barra, su aseo y su mesa para la clientela. Y en la planta de arriba, a la que se accedía tras jugártelo todo a susto o muerto en el ascenso por una angosta escalera con un desnivel del cuarenta por ciento, el dormitorio y una surrealista ducha en mitad del mismo. Sí, justo en medio. Lo cierto es que la visión de aquella escalera fue lo más parecido a encontrar un trébol de cuatro hojas en mitad del desierto. Quizá no me salvase, quizá nunca me rompiese el cuello intentando bajarla con cinco cervezas en el cuerpo, quizás pero… me devolvía la esperanza de que, en el peor de los casos, siempre me quedaría hanaco y su escalera.

En Kyoto el calor y la humedad eran insufribles. Aún más que en Tokyo. Una tarde, tras pasar el día vagabundeando por templos y lugares repletos de toris, con la camiseta empapada de sudor y la vigésima Sapporo en la mano, mis pasos me llevaron hasta la puerta de entrada a un onsen. Necesitaba con urgencia descansar, hidratarme, refrescarme. Necesitaba entrar. Y entré. En la recepción, un señor me facilitó una toalla minúscula, para lavarme las manos supuse, un botecito de jabón, para lo mismo, claro, y pocas instrucciones más. Al fondo a la derecha, me indicó con gestos. Y allá que fui. Arrogante y decidida. O todo lo arrogante y decidida que una bárbara occidental puede ir después de haberse hidratado todo el día con cerveza y sosteniendo aquellos minúsculos utensilios de baño. Seguí las flechas dibujadas en el suelo. Que los caminos de lo inevitable están perfectamente trazados, lo recordé una hora después, ya camino de la calle.

Llegué a unos vestuarios. Me habían dado una llave para la taquilla y, como no llevaba bañador, supuse que podría bañarme, al menos, con las bragas. Todas las mujeres que veía eran asiáticas. Todas desnudas. Menos una. Caucásica. Me acerqué tímidamente y me dirigí a ella en inglés. Tuve suerte. Me aclaró, muy seria ella, que a la zona de las piscinas se accedía sin ropa. Asentí. Le habría preguntado si, al menos, podía utilizar mis chanclas pero, aquella señora, áspera como buena alemana, tampoco parecía predispuesta a que yo la tomase por un tutorial acerca del uso de los onsen de manera que, procedí a desnudarme y me dirigí a las piscinas, siguiendo a una nipona a la que la naturaleza y la ley de la gravedad estaban tratando con una crueldad inusitada. Ella sería mi ejemplo. Lo que ella haga, hago yo, me dije.

Aquella mujer se dirigió a un grifo, de los muchos que habían en las paredes. Cogió un cubo de plástico, lo colocó al revés y se sentó frente al chorro de agua, con su botecito para lavarse el pelo y la piel. Yo estaba estupefacta. Acababa de sentarse, desnuda, en un lugar del que se acababa de levantar otra persona, también desnuda. Y antes de aquella se habría levantado otra. Y otra. Y otra. Y en aquel impasse, nadie, absolutamente nadie, había desinfectado la zona en la que todas ellas colocaban sus posaderas. Yo tenía una lista enorme de cosas por no hacer. Entre ellas, sentarme en uno de aquellos cubos. Morir sí. Morir de una infección, no, nunca. Me coloqué en el grifo de al lado de mi modelo a seguir, aparté el cubo e hinqué las rodillas en el suelo, asegurándome antes de que no había rastro alguno de pelo humano. Iba ya a enjabonarme cuando, aquella mujer, con gesto sorprendido y apuntando con el dedo índice al cubo que yo había apartado, me trató de hacer saber que el onsem tiene su ritual y yo me estaba pasando el protocolo por el mismísimo onsem. Yo me acordé de H. y de su consejo haiku “ si no te interesa, cambia de tema o lárgate” Así que me levanté y me largué en dirección a una de las cinco piscinas. La primera era de agua tibia, agradable. La tercera en la frente. Que no era cuestión de caber sino de encajar, como todo en la vida, lo supe cuando me zambullí completamente en el agua para perplejidad de mis compis de habitáculo. Caber, cabía pero… no encajaba. Me lo dijeron sus turbias miradas. Porque eso sí. Dar, no daba una, pero observaba mucho. Veía que la gente entraba y salía de unas piscinas a otras y yo quería hacerlo bien, de verdad, de manera que, intentado comportarme como una japonesa auténtica, seguí su ejemplo. La cuarta, en el pecho, ignorando que, igual que a cualquier maleta siempre le cabe una camiseta más, en cualquier onsem, siempre hay una siguiente piscina con el agua más, mucho más caliente. Aún así, me metí. Si aquellas niponas sin depilar podían, yo con mi cuerpo esbelto y depilado, también. O no. Esa piscina emanaba un humillo sospechoso que cargaba aún más la atmósfera húmeda del lugar. Esto está caliente, pensé, y yo no soporto el agua caliente pero, bueno, mi paso por el onsem ya era un puto circo, aún había lugar para una payasada más. Me metí hasta el cuello e intenté aclimatar mi mente y mi cuerpo a aquel calor insoportable. No sé. Conocéis esas tardes lluviosas de septiembre que de repente traen el invierno. Pues algo así. De pronto empecé a notar como mi cuerpo laxo se escurría por la pared de la piscina poco a poco y un sopor inexplicable se apoderaba de mi. Aquellas cervezas, el calor, la humedad… la tensión, la puta tensión. Comprendí que me estaba bajando la tensión a menos veinte cuando el agua para escaldar animalillos muertos me llegó a las pestañas.

El colmo de la humillación. Ni siquiera fui capaz de escapar de aquel infierno sola. Necesité de la ayuda de una señora que me acompañó a trompicones hasta el chorro de agua fría de la ducha. Su media sonrisa, entre la condescendencia y la reprobación me volvió a recordar a H. y a toda la gente tramposa que te dicen que no te preocupes, que pasan página, pero van dejando esquinitas dobladas por si se tercia volver a echártelo en cara, o se te ocurre regresar a un onsem alguna vez en tu perra vida.

Salí de allí como alma que lleva el diablo. O simplemente como pude, de lado a lado. Me compré un té japonés en el bar de enfrente y me senté en un banco. Para fumar. Para, por primera vez en todo este tiempo, pensar. Porque dicen que pensar es crecer pero… dicen tantas cosas. Pensé. Había bebido. Mucho. Muchos días. Me había mareado. Pensé. Aquel banco me gustaba. Me gustaba el té y, puede que le necesitase hasta para removerlo pero, si hubiese aparecido en ese momento, le habría cortado la cabeza. Eso pensé. Y que sería una putada dejar de ser yo para ser alguien. Quería tocar la guitarra. Y el piano. Y escribir. Pensé que me gustaba agosto. No sé si echaba de menos a H. aún, o a mi con H. Un cocodrilo sin dientes sigue siendo peligroso, y más si viene con hambre. Había cambiado. Pensé. Estaba cambiando. O no. Algunos boomerangs no vuelven. Prefieren la libertad. El color de aquella tarde. El azul mutando a negro. La brisa de despedida de la primera quincena del mes ocho. Pensé en la cafetera que iba a comprar ayer, que hace como diez tipos distintos de café, y al final compré dos, para que no me falte de nada en la vida. Y un placebo. También pensé en eso. Todo iba a ir bien. Sonreía. Estaba sonriendo. Pensé que me iban a echar del país. No sé exactamente en qué orden ocurrieron estas dos últimas cosas. Podía hacer todo lo que me propusiese. Excepto morir joven. Eso no lo estaba consiguiendo. Volví a sonreír. En realidad, estaba bastante bien.

*Mientras tanto, en mi cabeza sonaba estruendosamente “Atómica” y “Una noche sin ti”

12 Comments

  • Anonymous

    Qué experiencia, me imagino en esas circunstancias, no sabría como hacer para tomar vuelo, de verdad me asustan algunas costumbres, gracias por pasar.
    Abrazo

  • María

    Cada vez es más y más difícil desengancharse de tus letras…
    Espero que no consigas morirte/matarte ni en Tohio ni en ninguna parte porque es ¡alucinante cómo escribes! – ya puedes buscar editor para esto – .. vaaaaale! ya lo dejo … es que estoy impactada de lo maravillosamente bien que está escrito.

    Me he visto – no, me he sentido- en la piel de ella/tú … pero occidentalizando la historia. Imagina lo mismo en la sauna de un gimnasio … solo que cuando yo abrí los ojos no fui capaz de ponerme en pie … y los volví a cerrar. Aparecí en una cama de hospital. Tengo la tensión por los suelos siempre, peso poco ; )

    Un beso graande y de corazón…
    ENORABUENA!

    .. nos vemos en el siguiente capítulo ; )

  • Jo

    un día podria ir ahi, sólo que quizá como observadora que soy no podría decir tantas cosas de manera genial y descriptiva de mi visita
    japón supongo que me contagiaria a un más de soledad.

    no lo se de cierto, pero lo supongo.

  • Beauséant

    Pasa con las personas, con los países y hasta con la vida, Toro Salvaje, es mejor hacer demasiadas preguntas porque puedes encontrar respuestas 😉

    Un placer, Anonymous, siempre nos dicen que debemos tener la mente abierta y todas esas cosas, pero a veces sólo apetece refugiarse en las ideas preconcebidas y no salir de casa… Totalmente de acuerdo.

    Qué grande, María, te acabas de marcar todo un onsen verbal . me has alegrado la tarde 🙂 … Y tienes razón, puede parecer extraño, pero seguro que nosotros hacemos cosas parecidas que, por la costumbre, nos parecen normales. Como cuando le dices a un americano que nosotros comemos lo que para ellos es una mascota (conejo) Muchas gracias por tus palabras y tus (múltiples) comentarios.

    En realidad sabes la respuesta, Jo, la única forma de saberlo es ponerse a ello.. he pasado media vida intentando estar preparada para ciertas cosas y, nada, al final la vida y las circunstancias marcan su propio ritmo. Hasta que no te pasa algo nunca sabes cual será la reacción.. al menos en mi caso, soy de improvisar, ya ves..

  • Beauséant

    Muchas gracias, Isaac, humor y profundidad, me gusta.. lo pondré en mis tarjetas (cuando tenga de eso) 🙂

    Ni todo el café del mundo virgi te permite superar ciertas cosas 🙂

  • kadannek

    No sé qué canciones serán esas, pero ya los títulos me hacen sentir aturdida.
    Sin duda fue buena idea venir hoy a leerte con calma. Ni si quiera he ido a preparar mi almuerzo y siento ya la presión del vacío estomacal (xD), pero quiero continuar.
    Sabes lo que noto de este personaje? es que no sé si se ha percatado que esta viviendo una aventura única, incluso la desaprobación y miradas ajenas cuentan algo. Está obteniendo una experiencia que no muchos podremos sentir ni tener. Con todo y las dificultades hay algo divertido en cada evento descrito. Quizás me emociono más de la cuenta, pero me agrada.

    Lo único que me exaspera es el misterio de H. No me gusta no saber quién es, qué le ha hecho o qué dejó de hacer.

  • Beauseant

    No te preocupes, kadannek, a nadie debería preocuparle H 🙂 En el fondo de cualquier caso se extraen lecciones, ¿verdad? Antes me agobiaba el no saber las cosas, el estar perdida en sitios extraños, era como un pesadilla… Al final comprendes que eso es lo hace divertido …

Leave a Reply

Your email address will not be published.