Humani Corporis Fabrica

La brea, abisal y asfixiante, se extiende calle arriba como una culebra arrancada de las entrañas del infierno. Se retuerce entre vapores mientras dos negros de torso desnudo elevan al cielo sus herramientas primitivas intentando domarla según va saliendo del camión sucio y renqueante. Sudan como condenados, pero aún así se ríen mostrándonos unos dientes enormes y blancos. Cada pocos metros se paran, se estiran y beben tragos largos de los botellines de cerveza que van dejando a su paso como los restos de un ejercito vencido.

Dos viejos observan el trabajo de asfaltado tirados en sus precarias mecedoras sin que parezcan estar muy conformes con el resultado; algo en sus caras denota que ellos sabrían asfaltar la calle mucho mejor que los dos atlantes que ya casi han desaparecido de nuestra vista.

Al lado de los ancianos un perro decide unirse a nuestra pequeña troupe ladrando en medio de la calle a un fantasma que habita en algún lugar de su cabeza. Aúlla y gime girando poseído en un remolino infernal con la vana esperanza de escapar de las voces. Pobre, no sabe que eso no sirve de nada.

Son los cuarenta grados a la sombra de esta ciudad desierta y abandonada a su suerte los que nos vuelven un poco locos.

Me retiro de la ventana y veo la huella sangrienta dejada por mi mano. Es extraño, suelo ser bastante cuidadoso. Limpio mi rastro con un trapo y algo de lejía encontrada bajo el fregadero, y vuelvo a ponerme los guantes para terminar un trabajo que, aunque imprevisto, quiero hacer bien. Ella no debería estar muerta, y ahora que he acabado con su vida debo honrarla como se merece.

Ella muerta, yo en su casa, el perro invocando a sus fantasmas… Todos somos hijos de un azar cruel e incompresible. El azar de tener un padre muerto y estar en casa un martes por la mañana preparándote para el funeral, el azar de un extraño entrando en tu casa, la lucha, el forcejeo, su garganta entre mis manos… todo, incluso esas cosas horribles que hago, son fruto del azar. Ese susurro que brota de mis entrañas y me impulsa a ello es algo para la que ya he dejado de buscar una explicación. Y esa es mi defensa, mi única y última defensa: la paz que alcanzo cuando todo acaba y cada pieza de mi existencia encaja en un mándala cósmico imposible de explicar.

Ya casi he terminado el trabajo, y me alejo para contemplar toda su colección de peluches alrededor del cuerpo destrozado. Sólo queda colocar en la parte derecha, un poco alejado del resto, un oso amoroso grande y estúpido con el cuchillo ensangrentado en la mano. Exactamente como si fuese el mismísimo Doctor Nicolaes Tulp dando una lección magistral de anatomía. Hay que dejar un sello, una huella, me digo, porque en caso contrario esta pobre chica habrá muerto para nada.

Lo sé, no puedo pretender que la policía entienda nada de eso. Sólo son funcionarios que al día siguiente de obtener la placa olvidaron todo aquello que juraron defender. No nos engañemos, estamos solos. Vosotros, honrados ciudadanos, a un lado de la línea, y yo, al otro, por encima de vuestras vidas y vuestros miedos.

Ya os lo he dicho. Es este calor que nos vuelve un poco locos.

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