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árboles de sangre

Nadie pudo explicar lo ocurrido porque nadie encontró el valor para enfrentarse a ello.

Los ruidos, todos oyeron ruidos, algo que se arrastraba, sin duda. No, algo que se levantaba… unos golpes secos como de una puerta que se cierra, o de alguien que cava su propia tumba entre el aleteo feroz de las lechuzas interrumpidas en su meditación. Gritos, sí, un coro desesperado que venía del caserón de las afueras. No, un único grito y después, eso era lo peor de todo, un silencio que pareció envolverlo todo.

Y, tras el ruido, una presencia, algo que no era humano, algo que era demasiado humano, algo que no era. Porque siempre es peor lo que imaginamos que aquello a lo que finalmente nos enfrentamos.

Las mujeres se encerraron en las cocinas con las manos ocupadas en desgranar rosarios que no rezaban a nadie en concreto. Los hombres midieron la casa a pasos, de pared a pared, ensayando un valor que se les deshacía en la garganta, esperando en secreto que alguien —cualquiera— les impidiese salir por la puerta a demostrar una valentía que no sentían.

La luz de la mañana disipó sus miedos, un manto de vergüenza pareció cubrir sus actos. Salieron entonces al exterior, asomados a sus casas como un grupo de supervivientes que se palpan la ropa y sonrien sorprendidos de seguir vivos. Una mañana de primavera aguardaba, un sol radiante sin una pizca de maldad. Caminaron hasta el caserón, una presencia sólida que aguardaba en silencio.

No había nadie en su interior.

La mesa, con la cena sin tocar, aguardaba unos invitados que ya nunca llegarían. Las sillas colocadas en orden, los cubiertos en formación, un tosco jarrón con unas flores silvestres que aún resistían, con incongruencia, a cualquier interrogatorio.

Los intrusos se lanzaron miradas por encima de la mesa y, antes de poder convertirlas en palabras, un reloj de pared que parecía llevar toda la noche aguardando su momento, regurgitó las horas acumuladas en una cascada de carillones. Todos dieron un respingo y comprendieron que no eran bien recibidos allí. La casa latía todavía, en alguna parte, y las sombras engendraban espectros donde debería haber personas. Dejaron el caserón como estaba. Hombres y mujeres empezaron a retroceder de manera inconsciente y cerraron las puertas para no volver a poner un pie allí.

A la primavera siguiente, entre las raíces tejidas de nudos que intentaban en vano abrazarse a sí mismas de los árboles que marcaban el camino, vieron brotar sangre de la tierra. Una sangre oscura y vieja, tan vieja como el silencio que la había cubierto.


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11 Comments

  • Joselu

    Relato donde el verdadero monstruo no aparece, sino que se instala en la conciencia colectiva. El caserón funciona como un espejo moral: nadie entra por valentía, todos salen por vergüenza. El miedo se oye antes de existir y, cuando podría concretarse, se disuelve en un vacío más inquietante. La prosa juega con negaciones que erosionan la certeza —“no era humano, no era”—, construyendo una ontología del temblor. El final, con esa sangre que brota tarde, sugiere que lo reprimido siempre encuentra fisura. No hubo crimen visible, pero sí una comunidad cómplice de su propia imaginación, que acaba sangrando también hoy.

  • ConejoOdiaGuordpres

    Me gusta más su versión de Cloverfield, si se anima a hacer un corto sobre eso aquí me tiene de espectador en primera fila con palomitas, chocolates y sodas gays sin azucar.

  • Cabrónidas

    Toda una pequeña comunidad de cobardes pecadores. Quizá creen que si no hablan de ello no ocurrió realmente. Pero nadie silencia el pasado. Siempre está justo detrás de nosotros.

  • Eva

    Un miedo de los antiguos, cuando el misterio era suficiente, algo indefinible pero que hiela la sangre. Una casa, un gemido, el silencio.
    No hace falta más ¿verdad? Sobrecogedor relato, Beauseant, un lujo leerte.

  • BDEB

    Nos acobardamos y escondemos a la espera de que todo pase y cuando creemos que ya ha sido así, salimos como si no hubiera pasado nada, pero sí ha pasado y algo o alguien se encarga de recordárnoslo.

    No me gustan los relatos de miedo pero este me ha encantado.
    La imagen me encanta!!

    Un abrazo enorme Beauseant.

  • José A. García

    Más interesante que muchas de las películas de moda de “folkhorror” y similares.
    No le vendas los derechos a netflix (o sí, no sé, lo que mejor te parezca).

    Saludos,
    J.

  • Beauséant

    Muchas gracias por tu lectura, Joselu, siempre logras meterte en mi cabeza 🙂 Reflejar el ambiento opresivo que se da en los pueblos, en las sociedades cerradas. Donde puede más la vergüenza que la valentía, sentimientos reprimidos, historias que van pasando entre generaciones y, en cada salto, se desvirtúan se convierten en algo diferente. Ese odio, esos miedos, soterrados durante generaciones que acaban brotando de una tierra enquistada.

    No tenía muy claro a que Coverfield te referías, ConejoOdiaGuordpres, así que he ido a buscar en internet y parece que hay varias opciones 🙂 Pero, oye, si hay palomitas, chocolates y sodas (del tipo que sean), me apunto 🙂

    Muchas gracias, Mónica Frau, el terror funciona mejor cuando lo tenemos en la cabeza, ¿verdad? Muchas películas pierden toda su gracia, precisamente, cuando te muestran al monstruo. Me gusta esa palabra, truculencias, porque creo que define muy bien las raíces del árbol que aparece en la foto.

    Una historia de silencio, Cabrónidas, así es, muchos pueblos en España, supongo que en cualquier parte del mundo, tienen un acontecimiento vergonzoso que ha sido enterrado, de lo que nadie quiere hablar. Pero el pasado brota de las raíces, lo llena todo con silencios opresivos, ha sido enterrado en una tumba muy poco profunda.

    Creo, Eva, que los elementos del miedo se basan en esas pequeñas cosas, tienes razón. Cuando intentas explicarlo demasiado, cuando empiezas a justificarlo, de alguna manera, lo estropeas por completo. Siempre da más miedo lo que imaginamos, porque cada uno refleja en ello lo que de verdad le aterroriza.

    Esa actitud, BDEB, la política del avestruz, la aplicamos mucho los humanos, ¿verdad? Creo que es un mecanismo de supervivencia, cuando no podemos asimilar la culpa, cuando el horror nos supera, simplemente cerramos esa puerta, la atrancamos y fingimos que no existe. Pasamos cada día ante ella y decimos que no hay puerta, que ahí nunca ha pasado nada. ¿Durante cuánto tiempo, cuántas generaciones, es posible hacerlo?

    Muchas gracias 🙂

    Lo triste, José A. García, no es que me encuentre en venta, todos estamos en venta, lo triste es lo barato que me vendo 😉

  • tyerik

    Por momentos pensé que iba a aparecer el príncipe Prospero tras las campanadas del reloj de ébano. Y bueno ya puestos la ‘Muerte roja’.

  • Alfred Comerma Prat

    Es mejor meter el miedo de las buenas costumbres en los habitantes y así tener un pueblo adormecido.

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