historia, memoria,  leer

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En aquella época él estaba en una lista. Aunque eso no era extraño, casi todos los estábamos. Bastaba una denuncia anónima de quien te hubiese visto entrar en un sitio a cierta hora, de alguien que se hubiese declarado tu enemigo o, simplemente, que envidiase algo tuyo. Nunca sabías quien te había puesto en una y, si eras un tipo afortunado, ni tan siquiera llegarías a saber que tu nombre estaba en alguna. Sólo cuando decidían que era el momento de dar un escarmiento, o cuando notaban que estaban siendo blandos o, para que engañarnos, por pura diversión, sacaban una de esas listas y se lanzaban a por ti.

Nos balearon a la salida del bar. Era un grupo de chavales, casi unos niños, que debían estar de prácticas porque no se molestaron en cubrir las ventanas del baño por las que logramos escapar. Yo corría al lado de Luisa, y él nos cerraba el paso. Le oí gruñir por encima de la balacera mientras se sujetaba el brazo y seguía corriendo con la camisa empapada en sangre.

Yo te sujetaba la cabeza y mojaba tu cara con un líquido dulzón que aquel médico acabado llamaba éter etílico, pero que sólo lograba hacerte delirar y gritar como un animal mientras aquel pobre hombre, con el miedo pintado en la cara, hurgaba en tu carne con unas pinzas ennegrecidas. Ella me miraba sin mirarme, y lloraba en silencio mientras sujetaba un candil que daba un aire de Caravaggio a nuestra conjura.

Él no moriría esa noche, lo sabíamos. Los problemas vendrían después, cuando comprendes que no tienes medios para desaparecer y te toca volver a tu vida normal, con tus padres y tu trabajo. Fingiendo que nada ha pasado y cruzando los dedos porque tus compañeros no te delaten.

Los que salieron vivos, claro, porque para bien o para mal los muertos no suelen hablar de los vivos.

Tardaron dos días en ir a buscarle. De noche, siempre era de noche, porque la noche nos da miedo, y nos hace querer estar en nuestras casas al abrigo de los nuestros. Dos uniformes y un traje con cara curtida y un cigarrillo ladeado entre los labios, casi un disfraz, una parodia de lo que debe ser un policía de la secreta.

Veinte años en total, sin juicios ni preguntas. Veinte años arrebatados de la memoria. Casi toda una vida.

Tardamos casi diez en poder verte, porque al principio ir a verte era como reconocernos cómplices de esos delitos que nunca supimos. Por aquel entonces, ya lo sabes, Luisa y yo hicimos un pacto y vivíamos juntos en un diminuto apartamento del centro. Ella trabajaba traduciendo manuales de las lavadoras y planchas americanas que iban llegando al país, y yo componía páginas en una imprenta de folletines oficiales. Era algo parecido al lento transcurrir de una vida. Una vida más bien triste, sometida a un montón de ceremonias que nos obligábamos a cumplir para intentar ese anhelo llamado normalidad. Follábamos, salíamos y fingíamos que éramos una pareja ante el resto del mundo, pero a veces la veía llorar en la cocina y sabía que una parte de ella estaba allí, en el módulo 4, contigo. Por eso aquel día cogí prestado el coche de mi padre y fuimos a la prisión.

Dos visitas anuales, una en la semana de navidad, y otra para celebrar la gloriosa victoria de nuestro general. Sólo podía pasar uno de los dos, y al final era ella quien pasaba siempre y yo esperaba en el coche consumiendo cigarrillo tras cigarrillo mientras los guardias se burlaban de mí: cargaban sus armas y simulaban disparar sobre el coche haciendo el ruido del disparo con la boca.

Veinte años sin abrazos, lejos de los tuyos, casi muerto para todos, con una vida robada y un puñado de sueños encarcelados. Y aquel día ella se planto ante la puerta del dormitorio con la maleta hecha. No me hizo falta mirar el calendario, era la última visita y debía cumplir mi parte del trato que pactamos hacía veinte años. Me gustaría decir que lo cumplí a la con dignidad, pero es mentira: supliqué ante ella, dije que no sería capaz de hacerlo, incluso exigí, qué imbécil soy, algún tipo de derecho que, ambos lo sabíamos, no tenía. Ella me beso, seco mis lágrimas y acuno mi cabeza entre sus pechos.

No me quede para verte convertido en un hombre libre. En mi egoísmo quise soñarte muerto, construyendo una vida sobre tu tumba. Le di a Luisa las llaves del coche y me marche lejos de allí.

Es mezquino, es idiota y es absurdo, pero a veces pienso que hubiese pagado con esos veinte años de mi vida el haber estado con ella para siempre. Qué tontería, ¿verdad? No hay nada para siempre.

11 Comments

  • Ybris

    Terribles recuerdos de experiencias formidablemente bien escritas.
    Entremezclas muy bien el terror de las dictaduras militares con el amor sobrevenido y con la amargura de veinte años -toda una vida- perdidos.
    Nada es para siempre, es cierto.
    Pero quizás haya que hacer una excepción con ciertos recuerdos.

    Un abrazo.

  • Adolfo-DENAVEGANTES

    Hay mujeres y hombres que en tiempo de paz no saben esperar, son prácticos, falsos, solo piensan en comer y en follar, algo a lo que llaman vivir, pero que en nada se asemejan a los/las que un día amaron y esperaron inútilmente. Los conejos ya se sabe solo viven para reproducirse.Eso si son conejos ilustrados.

  • Beauseant

    Sólo a veces?, Tristancio

    Siempre he pensado, Ybris que la vida con sus pequeños rituales crece y sobrevive en medio de las circunstancias más adversas, me alegra haber logrado plasmarlo 😉

    No sé Adolfo-DENAVEGANTES creo que es un poco lo que decía ahí arriba, una cuestión de supervivencia. Si nos quedamos parados esperando siempre algo que no llega, si no fuésemos capaces de fingir que todo esta bien aunque sepamos que no es así, no sé, supongo que no podríamos vivir.. ¿no?

    Gracias, Athe

    ¿Si?, yo también tenía ganas de volver por aquí, Salomé, pero bueno, ya sabes, la vida…

    Si se perdiesen todas las vidas tristes, Cosechadel66 y sólo se quedasen las alegres, entonces no tendríamos forma de saber que son alegres 😉

  • Vanessa

    Vaya historia tan bonita! Digamos q disfrutaste 20 años de la “casi” felicidad y ahora le toca al otro disfrutar de la felicidad. Ahora te toca a tí tener los sueños encarcelados.
    Besos.

  • virgi

    Me has dejado k.o.
    El amor tiene tantas posibilidades que nunca podremos entenderlas todas. Veinte años amando a quien ama a otro durante veinte años…un círculo que a pesar del amor, el dolor no deja que se cierre.
    Sufrir por no pensar igual que los otros.

  • Beauseant

    Visto así, Vanessa hasta parece un trato justo 🙂 Y es cierto, Virgi el amor tiene unas reglas que no siempre podemos entender, quizás porque estamos demasiado dentro para hacerlo…

    Gracias doctorvitamorte, siempre tengo problemas para poner nombres a las mujeres de los relatos, aunque supongo que eso es problema para un psicólogo no para un doctor…

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