ya no inventamos nada

ya no inventamos nada

Puse el trípode en tierra sintiéndome un poco más importante de lo que soy. Hay algo de volverse un explorador, de tomar posesión del territorio, en el simple acto de posar las patas de aluminio en la tierra. O quizás es que nos hemos vuelto muy pequeños y ya nos vale cualquier pequeña victoria.

Medí la luz con cuidado e incluso cambié dos veces el ángulo y la altura hasta que sol se puso en el ángulo exacto, buscaba un esquivo reflejo en el agua que no terminaba por presentarse. Mi primera idea era el blanco y negro, tras el visor de la cámara empecé a verla en color….

Al terminar todas las operaciones y recoger los utensilios tropecé con un asiático cargado de paciencia y una cámara enorme. Sé que era una cámara porque he visto muchas, pero posada en aquellas manos tan pequeñas y con tantos accesorios acoplados parecía un artefacto diseñado para derribar aviones. No parecía enfadado por la espera, los japoneses siempre sonríen incluso cuando no deberían. Eso es lo que les hace tan siniestros.

El tipo esperaba tras de mi para hacer la misma foto. No, no una foto parecida, la misma foto. Una ofensa, fue mi primer pensamiento. Una tontería, fue lo segundo que me vino a la cabeza. Aquel lugar estaba marcado con una X enorme en todas las guías turísticas y por allí pasaríamos al cabo del día unas mil personas que, con mayor o menor acierto, con mejor o peor equipo, haríamos exactamente la misma foto.

En el fondo no inventamos nada. Tocamos de oído una melodía que escuchamos en alguna parte… Repetimos patrones, buscamos la mágica chispa que nos haga un poco mejores, que nos eleve por encima de unas vidas que ya desde el principio parecían condenadas a la mediocridad. Pero al final todo se reduce a recorrer caminos marcados, ideas masticadas y vomitadas hasta dejarlas agotadas por completo.

Incluso esa líneas de ahí arriba no son nada originales…

No inventamos nada, creemos inventar cuando en realidad nos limitamos a balbucear la lección, los restos de unos deberes escolares aprendidos y olvidados, la vida sin lágrimas tal y como la lloramos. Y a la mierda… Samuel Beckett

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