leer,  mirar

hic sunt dracones

Estaban en la parada del autobús y era imposible no fijarse en ellos. Llevaban una pizza y un par de latas de refresco, la oferta de los viernes, y estaban abrazados, más bien apoyados, sosteniéndose mutuamente con ternura. Deduje sin ningún motivo que aún les quedaba un largo camino de vuelta a casa.

Me demoré un rato contando las monedas del bolsillos para dejarles pasar delante y logré sentarme justo detrás de ellos en un autobús medio vacío. Seguían entrelazados en ese medio abrazo con las pizzas en precario equilibrio entre ellos y hablaban en susurros, como si todo lo que dijesen fuese demasiado importante o demasiado absurdo para compartirlo con el desconocido que les espiaba a pocos centímetros.

Por una feliz coincidencia los dos jóvenes se habían quedado sin la vigilancia de sus progenitores durante todo el fin de semana. Desde mi posición podía ver su ropas, sus gestos… eran unos chicos normales, metidos en sus mundos y con esa mirada un tanto fiera que te dan los pocos años y los pocos golpes recibidos. Pero formales, de esos que cumplen con sus estudios y asumen demasiado pronto todo lo que la vida adulta les tiene reservado.

Quizás por eso mismo sus padres habían decidido fiarse de ellos y hacer sus propios planes… o quizás no, me corrijo, a veces ser padre consiste en saber que tus hijos te mentirán y aún así dejarles avanzar mientras cruzas los dedos para que de todas las opciones que se les pondrán por delante en la vida sabrán tomar la decisión correcta. Cómo si fuese posible saber tal cosa.

Con los padres fuera de la ecuación, dos casas desiertas y todo el fin de semana luciendo luminoso en el horizonte, los dos retoños habían decidido dar un paso importante en sus vidas que, por las metáforas empleadas y las sonrisas cruzadas entre ellos, era fácil deducir que no se trataba de la firma de una hipoteca a plazo fijo sino de algo más prosaico, divertido e infinitamente más breve.

El chico intentaba asumir su rol y fingía tenerlo todo controlado aunque era fácil ver que estaba pálido, asustado y completamente acojonado. Se enfrentaba a una montaña y estaba empezando a dudar de sus propias fuerzas sin haber salido del campamento base.

Ella sonreía tímida, hierática como una estatua de mármol y acompañaba cada frase lanzada por el chico con un leve apretón de manos sobre su brazo como intentando transmitirle ánimos. Ella no se había dejado engañar en ningún momento por la falsa seguridad de su acompañante y se limitaba a mirarle con unos ojos demasiado negros. Unos ojos en los que podías ahogarte si los mirabas demasiado tiempo. Unos ojos, en resumen, destinados a hundir muchos barcos, empezando por los de aquel chico que ya nunca llegarían  a puerto.

Ya estás proyectando, me digo, volcando tus neuras y tus fracasos sobre la vida de otras personas. Por supuesto, me respondo porque ya estoy cansado de aguantarme en silencio. Claro que estoy proyectando. En la vida rara vez nos pasan dos cosas idénticas en forma y contenido, por eso usamos la experiencia, como el bastón de un ciego con el que tantear el futuro. A golpes y en la más completa oscuridad, así avanzamos por la vida y si te digo que esos ojos son así no es gratuito, lo digo porque los tengo marcados junto a las señales de los arrecifes y los acantilados en todos mis mapas vitales. Justo encima de un cartel de letras góticas que reza hic sunt dracones.

Y ahora déjame seguir escuchando.

El chico quería estudiar algo relacionado con la informática, después harían un interrail y en esa enorme recta final que había dibujado nadie les impediría seguir juntos. Y ella ahí, con sus ojos insondables y a su lado, sin decir nada y apretando el brazo del chico intentando dibujar señales en morse que él no sabía descifrar.

No hay planes que sobrevivan a esos ojos, le digo en silencio al chico antes de bajarme en mi parada. Le miro e impulso ese pensamiento en su dirección como una barquita telepática en medio de la tormenta.

Me gusta la gente que hace planes. Cuando todo vuela por los aires, salen entre los escombros y las cenizas con un papelito entre las manos y te aseguran que las cosas no deberían haber salido así, que eso no es lo que ellos habían apuntado, acotado y bosquejado. Cómo si eso de verdad supusiese alguna diferencia y al universo le importase lo que nos empeñamos en creer que son nuestras vidas.

El chico me mira al pasar a su lado, le devuelvo la mirada y salgo a la noche donde una lluvia persistente venida de muy lejos golpea sin piedad a los peatones desprevenidos.

Señales, todo son señales con las que llenar nuestros mapas. Y así es como avanzamos en la vida, de naufragio en naufragio y anotando a ciegas cosas en nuestros mapas que nunca sirven para nada.

11 Comments

  • Toro Salvaje

    Si pudiéramos regalar la experiencia de nuestros fracasos… pero no, no se puede, nadie la acepta…
    Ahora cuando miro atrás y recuerdo la cantidad de errores cometidos me da pena… si hubiera escuchado más, si hubiera hecho caso… pero claro, eso no tiene sentido, entonces yo era otro, el más listo, el más sabio… y me temo que el más ciego del mundo.

    Saludos.

  • Alma

    A veces me he detenido a pensar ¿qué haría si pudiese hablarle a mi yo de los 17? …podría decirle no te apures, no tengas prisa, vive más, disfruta …pero luego pienso también que de ser así me hubiese perdido -tal vez- lo más maravilloso de mi vida; que seguramente no sería la que soy hoy y que si bien hubieron lágrimas, también hubo muchas risas …por lo que estoy en paz, con errores y aciertos …y lo único que le digo a ese par de ojos negros donde quien sea pierde el rumbo “carpe diem… sigue lo que dicte tu alma…”

    Un beso.

  • La Mujer de Negro

    La importancia de los errores, el aprendizaje de los mismos, la experiencia que deja y se queda con nosotros. A veces me gustaría haberme equivocado más y no vivir una vida tan controlada, tan perfecta.

    💋

  • Mento

    Leyendo he pensado en mi Lucy. Yo no soy la típica madre amiga. Soy más moderna y liberal que mi hija, pero su madre. La veo joven, inexperta y tan llena de vida… que a veces añoro quien fuí, semejante a ella, y otras temo lo que le queda que experimentar como individuo. Observo desde detrás, viendo con antemano los porrazos que está a punto de dar. Vivir es lo que tiene. Lo que se aprende no se olvida. Se repita o no. Las experiencias de la vida son única e intransferibles, marcan nuestro mapa personal de experiencias… Pienso que somos el cómputo y resultado de todos esos estados. Independientemente de que sirva para algo más que ir navegando por un número de días sin fecha exacta de destino.
    Saludos.

    • Anonymous

      A mí esa pareja me ha dado ternura.

      Lo bueno de esa edad es que tienes mucho tiempo por delante para corregir los errores.
      Después ya…después ya solo queda aceptarlos y seguir viviendo con ellos a cuestas.

      Ya sabemos lo que hace la vida con nuestros planes, ellos no lo saben todavía. Me gusta esa inocencia.

  • Beauséant

    Así es, Toro Salvaje, sólo aprendemos de lo que nos toca de cerca.. y a veces ni aún así.. Pensar en volver al pasado haciendo cosas diferentes suena bien, pero es cierto que las personas que somos, lo somos en parte por esos errores. Claro, que lo mismo no queremos ser la persona que somos, ahí sí veo un problema 🙁 Como bien ha dicho Alma, y quizás el chico de esa historia, a pesar de los barcos hundidos pueda sentir que no todo fue en vano.

    Mi vida, Mujer de negro, no tuvo mucho de eso, ni fue controlada ni fue perfecta, pero sí hubo momentos, pasos que se quedaron al alcance de los dedos, que hubiese sido mejor cometerlos, por mucho que fuesen un error. Nos vamos llenado de malas decisiones, María Dorada, y junto a esas malas decisiones las buenas y las que ni una cosa ni otra y, como bien dices, todo eso nos convierte en lo que somos. Una proporción diferente y seríamos alguien completamente distintos, así es.

    No tengo mucha experiencia en lo que comentas, Mento, pero sí tengo muy claro que intentar vivir la vida que no viviste en la vida de tus hijos es un tremendo error. Haces bien en dejarla tropezar, en buscar a ciegas ese camino. Tus consejos, el hombro donde llorar siempre deben estar ahí, pero no debe llenarse de obligaciones y prohibiciones. Es un error que he visto muchas veces y siempre ha acabado mal.

  • .+**+.Kadannek.+**+.

    Yo creo que hay señales realmente muy útiles que vale la pena tener presentes, y permitir que se activen como alarmas o recordatorios.

    Es casi inevitable proyectarnos los unos en los otros, así es como tanteamos y medio comprendemos un poco al mundo, los ecosistemas y a la especie. Sólo no hay que obligarnos a que eso nos cuarte o limite y a la vez no cuartar o limitar al otro. Cada uno es libre de repetir (o no) patrones inconscientes. Hay que tener en cuenta que somos un colectivo y gracias a la memoria podemos movernos con cierto conocimiento en la vida.
    Es interesante, curioso y entretenido, eso sí, observar e intentar descifrar conversaciones ajenas, momentos tan humanos e íntimos que no tenemos nada que pintar ahí. Es curioso cómo la mayoría queremos que esa pareja se divierta, que experimente y que aprenda.. Es curioso, realmente, todo lo que puede revelarse de uno mismo con la sola observación del otro…

  • Beauséant

    Tranquila, Paloma, en cuanto veo un anonimo ya sé que es tuyo 😉 Me alegra que te haya producido ternura porque era mi intención, que ellos diesen ternura y el narrado que pareciese un cínico… Es bueno tener un poco de inocencia, y más aún no perderla.

    En parte, como dice .+**+.KADANNEK.+**+., conviene conservar esa inocencia porque sobrevivimos, como personas y como colectivo, a través de la memoria. Los libros, la propia historia nos han dicho muchas veces lo que pasa cuando olvidamos. Me apetecía leer los comentarios de esta historia por eso que cuentas,porque sospechaba que nos posicionarimos al lado de esa pareja….

  • Ángeles

    Creo que si desde adolescentes fuésemos conscientes de que hay dragones por todas partes, y de que los mapas siempre están incompletos, no nos atreveríamos a dar un paso y no viviríamos.

    Por eso es buena esa inconsciencia, esa inocente temeridad, que, como el caso de tu estupendo relato, nos provoca ternura y ganas de proteger a quienes están en esa etapa. Pero si no es a coscorrones no aprendemos, así que hemos de aceptar que ése es nuestro sino, vivir en un aprendizaje continuo y alegrarnos de que sea así.

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