invierno / otoño / 09

De pequeño creía que las hojas caídas en otoño eran estrellas expulsadas de los cielos y condenadas a expiar sus crímenes en la tierra. Que peor condena para una estrella, pensaba, que verse atrapada en la rutina de nuestras vidas terrestres.

En ese mundo imaginario de mi infancia, las estrellas volverían algún día a su lugar y brillarían con fuerza en los cielos para mi, el chico que se dedicaba a recogerlas y secarlas entre hojas de periódicos ante la mirada extrañada de sus padres. Sólo guardaba las más hermosas, aquellas que me llamaban en susurros desde la suciedad de la acera.

El diagnóstico, joven, es muy sencillo: De pequeño era usted mucho más estúpido, ingenuo si lo prefiere… Cierto, pero era, a la vez si eso es posible, o quizás sólo sea posible así, extrañamente feliz. Como si todo ese ABC de la supervivencia, esa macana del orden y la geometría de las vidas perfectas sólo sirviesen al final para eso, para dejar de soñar con estrellas y no ver otra cosa que hojas sucias aplastadas en el asfalto.

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