un hombre desnudo

un hombre desnudo

Parecía un naufrago, allí varado ante aquella inmensidad azul rota por un pequeño velero en la lejanía al que despide con tristeza. Me recordaba a los desdichados protagonistas que aparecían en las novelas de Salgari que iluminaron mi infancia.

Quizás por eso hice la foto. Por eso o por el hombre desnudo.

No hay nada más extraño que un hombre desnudo. Hay algo que no soy capaz de encajar en el conjunto. Como si fuesen partes distintas, la de arriba y la de abajo, dos trozos pertenecientes a especies diferentes. Con ese apéndice colgando ahí abajo que parece tener vida propia, que incluso envejece a otro ritmo. Un ser consciente y autónomo.

Las voces rudas, los olores a sudor y cerveza que siempre asocio con los primeros y torpes compases de mi adolescencia. Esas miradas, sobre todo esas miradas que retan, evalúan y analizan sin descanso, que siempre parecen querer pedirte algo y nunca se atreven a hacerlo.

Aún no había descubierto el mundo en toda su terrible soledad y ya entonces me parecieron un puñado de mamíferos torpes y extraños. Siempre a un paso de producir ternura mientras se abren camino a golpes en un mundo que apenas eran capaces de balbucear.

No les culpo, para las mujeres es mucho más sencillo. Desde el primer momento nos dejan claro lo que se espera de nosotras si queremos ser aceptadas. Nuestras vidas discurren como esos juegos infantiles donde te presentan el dibujo de una muñeca en casta ropa interior y debes colocarle el vestido adecuado para la ocasión. La amante infiel, la esposa firme y estoica, la madre… en realidad la madre es una figura solitaria, sin adjetivos. Una vez que se es madre el resto de roles son engullidos. Desde ese momento sólo serás la madre de alguien.

Ellos no, a los chicos les arrojan en un mundo sin reglas y los pobres creen que podrán hacerlas a su medida. Cuando descubren la inevitable verdad, que el mundo no les pertenece y las reglas ya las hicieron los de arriba, vuelven a ser esos niños frustrados que contemplan un rompecabezas sin sentido.

Era una niña, o al menos así me recuerdo cuando vi mi primer hombre desnudo. Un accidente provocado y nada inocente, como siempre sucede en estos casos. El primer cuerpo que causa extrañeza es el propio, luego vienen los cuerpos ajenos, el buscar tu lugar un poco a ciegas, el intentar entender algo de un mecanismo tan antiguo como el mundo y que nunca deja de resultarnos un extraño. El misterio de nuestros propios cuerpos.

Ya entonces, ante mi primer hombre desnudo, atrape una certeza que me ha acompañado firme desde entonces, y es la de que nunca lograría entender nada del universo masculino.

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