todos los problemas de este mundo

Tengo todos los problemas de este mundo pegados a mis talones, me dijo la noche en que nos conocimos. También me dijo que se había casado, dos veces. Todos tenemos un mal día ¿verdad?, pues yo tuve dos. Esto último enmarcado por una sonrisa cansada y un vodka en precario equilibrio sobre la mano derecha. Pero sigo siendo guapa ¿verdad?  Yo asentí con la cabeza porque  es incorrecto mentir a una mujer triste y porque tampoco hay mucho que hacer un sábado por la noche, cuando ya casi has cerrado y te entretienes limpiando un suelo demasiado gastado. Todo el mundo, los clientes habituales del café de por la mañana y los borrachos insomnes de madrugada, emigran cada sábado cegados por la luz de la ciudad para volver el lunes, avergonzados,  al mismo rincón donde les vemos perder día tras día.

Algún día Dios se acordará de mi existencia y encontrará mi justo castigo. Lo siento por quien esté a mi lado entonces. Eso me lo dijo mucho después, cuando amanecimos en mi pequeño cuarto que lleva dos años siendo un lugar de paso.  Ella hablaba, hablaba todo el rato, incluso mientras se movía por el pequeño espacio,  llevando los trozos de ropa desperdigados por la habitación al lugar correspondiente en su menudo cuerpo. Tenía prisa, decía,  mientras inventaba historias sobre la marcha y evitaba mirarme a los ojos.  Horas antes, desnuda en la cama con una luna creciendo en sus pupilas, era una persona distinta, menos obligada a defenderse, alguien que llamaba a puertas cerradas sabiendo que nunca se abrirán pero sin poder dejar de hacerlo. Con cada trozo de tela puesto en el lugar correcto iba recuperando un poco de esa mujer que habla todo el rato para no pensar demasiado.

La vi marcharse desde mi ventana en un viejo Honda de color rojo lleno de abollones y el maletero cubierto de pegatinas con los nombres de todos los sitios en los que había probado suerte, mañana habrá una nueva con mi nombre.  Detrás le seguirán, incansables como perros de presa, todos sus problemas. Ella aún no lo sabe, pero la cacería no tendrá fin mientras viva.

Hay algo hermoso en veros caer y levantaros cada vez componiendo una gran sonrisa, como si nada hubiese pasado, como si esa caída fuese algo asumido y conocido dentro del gran orden del universo. Sé bien que cuando el barco se hunda con todos nosotros dentro nadie te oirá suplicar por tu vida. En eso consiste el valor suicida de quien se sabe demasiado pequeño para dejar de ser valiente.

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