nunca llueve así en Madrid

nunca llueve así en Madrid

Nunca llueve así en Madrid.

Era una lluvia de tiempos mucho más antiguos. Un vendaval extraviado que había cubierto Madrid de unas nubes insondables que atronaban y descargaban con furia puñados de agua contra los cristales de los coches y amenazaba con arrancar del suelo a los peatones parapetados tras paraguas vencidos.

Nunca llueve así en Madrid.

Tu conducías y fingías sentirte seguro pero notaba tu nerviosismo como un pequeño arco eléctrico establecido entre los dos. Movías la cabeza a un lado y al contrario buscando resquicios entre los limpiaparabrisas que no daban a basto y manoteabas entre los mandos del salpicadero intentando encontrar las luces antinieblas.

Sólo las luces traseras, añadiste con aire docto, son las únicas obligatorias porque se trata de ser visto, no de ver.

Lo recuerdo, eras incapaz de no dar detalles. Siempre te gustaba añadir, corregir, desplegar tu pequeña sabiduría. Era tu forma desesperada de enfrentarte al mundo: buscarle una explicación a todas las piezas que pasaban por tus manos. Creías, seguro que aún lo haces, que las palabras podrían salvarnos. Palabras negras, amontonadas unas encima de otras armando una barrera contra todas las cosas que no tenían solución. Palabras que explican, palabras que condenan, palabras que salvan. Las palabras lo eran todo para ti.

Al final nos rendimos. La carretera estaba llena de vehículos aparcados en espera del Apocalipsis y por encima de nuestras cabezas veíamos vibrar las señales metálicas de la autopista entonando una vieja canción que hablaba de lo poca cosa que eran nuestras vidas ante aquella fuerza que se había desplegado.

Deberíamos tomar la siguiente salida y esperar a que amaine un poco. Fueron tus palabras, pero no pude estar más de acuerdo.

Allí, parados en el arcén, las luces de los coches reflejadas contra los charcos daban a nuestras sombras extraños colores y formas, como si una presencia sólida se hubiese sentado entre nosotros. Nos quedamos en silencio, las respiraciones acompasadas y sin nada que decir ante el ruido metálico de la lluvia golpeando contra la chapa del coche y esas gotas, gordas y perezosas, que componían caras monstruosas llenas de dolor al deslizarse por los cristales. La naturaleza trataba de decirnos algo, pero lo hacía en un idioma que ya habíamos olvidado cuando el mundo aún era joven.

Han pasado los años. Hicimos promesas tan rápido como aprendimos a romperlas. Nos fuimos y volvimos, nos hicimos daño y de alguna forma construimos algo que no he vuelto a encontrar… que no he querido volver a encontrar.

Aquello duró casi toda una vida.

Y de todos esos momentos pasados juntos, de todas aquellas idas y venidas de ningún lado a ninguna parte, lo único que recuerdo con la perfecta nitidez de una gota de agua fue aquel día de lluvia en Madrid.

nunca llueve así en Madrid

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