nuevos dioses

En las iglesias erigidas al Dios del capital han situado un reloj en el centro del altar. Son relojes sencillos sin ornamentos de plata ni oro. Sólo un plástico barato y dos pilas alimentando su negro corazón

Sirven de recordatorio, esa es su única misión, no son una invitación al recogimiento o la oración. El tiempo es dinero, cantan las manecillas, cada minuto que pasas aquí es un minuto en el que no consumes, en el que no produces… en el que no eres nadie.

Sus acólitos visten trajes grises y hablan todo el rato con siglas en inglés que sólo entienden los iniciados. Sus ojos son dos ascuas apagadas en lo más profundo del cráneo que sólo brillan con el fuego de tiempos pasados cuando hablan de beneficios, de retornos de inversión… de toda la magia de trileros que llevan demasiado tiempo fijando las reglas del juego.

Si te acercas demasiado a ellos los trajes se mostrarán sucios y gastados, sus sonrisas de vencedores pura desesperación, esos rostros risueños nada más que maquillaje. Por eso los elegidos sólo se muestran en la distancia, nadie puede acercarse a ellos. Es la única forma de poder seguir creyendo en la magia.

Ellos no reparten el pan ni se dan la paz, comparten enemigos porque es el odio los que les une. Cuando hayan acabado con sus enemigos, se destrozarán entre ellos. Es lo único que saben hacer

Su doctrina es simple: saben que cada paso que dan, cada decisión que toman en los consejos de administración, condena a la civilización a su inevitable final. Pero afirman que todo irá bien, que la salvación será suya si por un breve instante logran dar dos décimas más de beneficio a sus accionistas antes de la junta anual.

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