cuando hayamos ganado la guerra

Los kamikazes duermen arrullados por la suave estática que brota a trompicones de los altavoces mientras, acurrucados en sus crisálidas de tela no dejan de soñar con cielos infinitos sin una sola nube de tormenta a la vista.

En algún momento la tenue música se detendrá y un locutor con voz cansada susurrará, “las amapolas ya no florecen en otoño”. Esa frase, grabada a fuego en sus subconscientes durante eternas sesiones de entrenamiento provocará espasmos en las articulaciones dormidas: se levantarán como autómatas asustados y romperán los sobres lacrados que han dejado a los pies de las camas, justo al lado de las botas negras y relucientes listas para la revista.

En el interior de los sobres aguardan los mapas con los puntos donde deben atacar señalados en círculos rojos. Son lugares extraños, al otro lado del océano. Lugares en los que nunca han estado y donde viven diabólicos seres de rostros enjutos que amenazan todo aquello en lo que alguna vez han creído, ¿de verdad creyeron alguna vez en algo? Ya no lo sabremos, nunca les preguntaron.

Nadie espera que vuelvan de sus misiones, esa es la verdad. Se despidieron de sus familias, esposas e hijos. Con grandes y emotivas palabras, honor, gloria y patria envolvieron los cálidos abrazos y entre fanfarrias de trompetas los vieron marchar, hieráticos, congelados en ámbar y esforzándose por no llorar.

Nadie llora cuando se dispone a cumplir un destino sagrado, les recordó el Emperador mientras oficiaba los funerales de estado ante un puñado de generales. Los cubrieron de medallas al valor y desfilaron frente a las lápidas con sus nombres que habían brotado en un precioso camposanto frente al mar.

Aquellas tumbas, que quedarían por siempre vacías, completaban el recordatorio de lo que se esperaba de ellos. No volváis de vuestras misiones, era el mensaje grabado en las losas junto a sus nombres. Sois unos héroes, pero vuestro heroísmo sólo tiene sentido con la muerte, nadie quiere un héroe vivo. Sólo necesitamos vuestro recuerdo, algo que podamos manipular.

El Emperador sabía que un buen funeral es la mejor forma de evitar que los muertos vuelvan para saldar sus cuentas con los vivos y es que el Emperador lo conocía todo sobre el mundo de los muertos: llevaba veinte años fabricándolos sin descanso.

Nada les faltará a vuestros huérfanos ni a vuestras viudas, tronó como despedida el Emperador ante la multitud, después hizo una pausa, apenas tres segundos y añadió en un susurro somnoliento, cuando hayamos ganado la guerra.

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