la cena más triste del mundo

El tipo que tengo delante compra la cena más triste del mundo: dos hamburguesas listas para ser calentadas dentro del microondas, un par de yogures desnatados, un bote de cerveza sin marca y otro de kétchup con una etiqueta azul. La lechuga asoma con desgana por los bordes como una bandera de rendición y tiene toda la gama de verdes imaginable. Ni todo el kétchup del mundo hará que eso tenga buen aspecto.

Lleva una gorra de un equipo de alguna ciudad americana que seguramente no sepa situar en ningún mapa y toda su ropa parece haber tenido mil vidas anteriores.

Todas mejores que esta.

Su cuerpo y sus gestos dejan claro que el tipo se mueve en el siguiente escalón al puro cansancio, ese punto en el que ya has dejado de pensar en que momento se torcieron las cosas y te has convertido en un autómata lleno de gestos sin explicación. Si se quitase la gorra veríamos el cartel de la derrota absoluta y sin concesiones escrita con luces de neón en lo alto de su frente.

Cuando sale del hiper nos cruzamos en un aparcamiento inmenso lleno de coches abandonados. Las luces del centro comercial dibujan sombras caprichosas en nuestros rostros y es posible vislumbrar, un poco más lejos, el resplandor dorado de la ciudad.

Me saluda con un gesto de la cabeza al pasar a mi lado. Veo que hemos comprado la misma marca de hamburguesas, me dice con algo parecido a una sonrisa.

Al final, todos nosotros hemos aprendido a reconocernos. A leer en nuestros gestos con la fiabilidad de un contador Geiger soviético.

Ya no engañamos a nadie cuando fingimos que llevamos una vida normal, atrapados en un lugar normal y haciendo algo tan normal como el dedicarnos a sobrevivir sin querer ver las fisuras de nuestra rutina.

Somos las aristas del sistema, los hijos bastardos de algo para lo que nunca pidieron nuestra opinión, y sólo cuando nos reconocemos en aparcamientos desiertos anclados en medio de ninguna parte podemos sentirnos parte de algo mucho más grande que nuestras propias y solitarias vidas. No hay nada de normal en ello.

El vagabundo que veo siempre alrededor de la estación de entrada número seis me dijo que habían retirado los controles de ADN, que ya nadie se acordaba de nosotros. Eramos pasado, y como tales podíamos ir y venir a nuestro libre albedrío. Al tipo le faltaba una pierna y tenía un ojo destrozado, pero insistía que entraba y salía todos los días.

Es verdad, repite, y me enseña un puñado de monedas gastadas como prueba. Las miro, pero no logro reconocer la cara de los presidentes grabadas en el metal.

Cuando regreso a casa las luces de la ciudad siguen brillando en la distancia con un pulso que he aprendido a sincronizar con el mio.

Ya he dejado de soñar que ese dorado resplandor son las luces de una civilización en llamas.

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