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Juggernaut

Se les podía ver cada mañana a lo largo de la autopista mientras los coches pasaban a su lado enfurecidos. Caminaban sin rumbo aparente y con la cabeza gacha, vencida bajo el peso de las enormes mochilas cargadas a sus espalda y que iban llenado de objetos imposibles recogidos por el camino.

A veces, víctimas del cansancio o de alguna epifanía, se deshacían de parte de ese peso, y dejaban por el camino un reguero de cachivaches que morían de forma definitiva a miles de kilómetros del lugar donde fueron recogidos por vez primera.

Nunca se detenían, iban en pos de algo, una idea, una misión sagrada que les obligaba a roturar con pasos cansados el polvo del camino hasta que ellos, sus ropas, sus caras y seguramente sus pensamientos, adquirían el tono ceniciento y mortecino de las cunetas que transitaban sin descanso.

Al anochecer se desviaban hasta los enormes desguaces engendrados al pie de las carreteras, y allí intentaban encontrar descanso entre los caparazones sin alma de los automóviles que en otro tiempo fueron el sueño y el desvelo de sus propietarios. Apoyaban sus cabezas cansadas en los lugares que tantas historias acumulaban, y a través de los muelles vencidos de la tapicería entretejían y formaban parte de la vida de aquellos vehículos, ya inútil y vencida.

Morían y engendraban vástagos del color de la tierra al pie de aquellos caminos, pero apenas se detenían un instante. Nunca miraban el paisaje, jamás medían la distancia recorrida; iban en pos de un norte que se encontraba más allá de cualquier consideración geográfica. Cuando se reconocían en el camino se saludaban con un indistinguible movimiento de cabeza y seguían su rumbo. Sabían sin necesidad de palabras que pronto se reunirían en algún lado, un sitio que ellos ni tan siquiera podían aún intuir, pero al que habían sido congregados.

Cada uno de ellos acumulaba una historia a sus espaldas. Desde los que abandonaron sus trabajos en medio de la jornada, a los que volvieron a casa y dejaron a sus familias sin apenas una palabra porque la carretera los reclamaba con su canto primitivo… Todos y cada uno de ellos habían entregado sus vidas a ese algo que estaba por encima de sus ideas o de sus necesidades, y nada ni nadie, salvo quizás la muerte inevitable que a veces salía puntual a su encuentro, podría detenerles en su lento caminar.

9 Comments

  • NaDu

    (Son muy pocas las estrellas que vienen en la valoración del texto)
    Me encantó. Un saludo cachivache de algo interesante que me encontré por ahí.

  • I

    Genial.
    Estoy leyendo “El camino hambriento” y este texto me ha recordado al libro. Por nada en concreto, pero por la forma de contarlo, por la crudeza… Por ese polvo del camino.
    Saludos.

  • Vanessa

    Lo importante es saber elegir el camino que te importa y seguir adelante a pesar de los obstáculos, y aunque no siempre sea el camino más cómodo pero será tu propio camino.
    Besoss

  • GGM

    Curiosos esos Ulises distópicos. Más curioso sería tropezar en el camino de alguno, preguntarle, observarle al menos… en su mirada habremos de encontrar mundos enteros, maravillosos o desgarradores.

  • virgi

    Un imán que los atrae sin remedio, quizá están hechos de metal y necesitan el contacto con las chatarrerías, el óxido de lo cotidiano y el perfume de las máquinas.
    Besos

  • Beauseant

    Gracias, Nadu, es un placer escuchar algo tan bonito 🙂

    Supongo I que el contar las cosas un poco en tercera perdona, un poco alejados, es casi casi una forma de contar, un estilo, vamos.. A mi me atrae mucho, porque da mucho juego, aunque es complicado hacer escritos largos así, para mi, claro.

    Vuelves a estar muy cerca, Wanda, quise hacer un nexo de unión entre las dos historias, pero era muy rebuscado y, lo peor, insufriblemente largo, así que decidí dividirlo en dos, que para este formato funciona un poco mejor. En ambos casos quería contar, como dice GGM la historia de unos Ulises un tanto distópicos. La realidad de unas personas que, de una forma u otra, se han situado lejos de nuestra realidad.

    Siempre he creído eso, Vanessa, que aún equivocándote mil veces debes buscar tu propio norte. Escribir quizás sea una forma de intentar hacer un mapa, ya sabes.

    Oye, Virgi, pues no sería mal giro el convertirlo en automátas que buscan piezas de repuesto 🙂

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