el último poema

Su casa había sido ocupada por dos ejércitos distintos en dos guerras diferentes. Otros uniformes, colores y formas, pero idénticos soldados de rostros cetrinos y sin vida. Parecían ensamblados en las mismas cadenas de montaje de las que habían salido los carros acorazados y los relucientes fusiles que portaban entre las manos.

Ni tan siquiera parecéis humanos, les escupió antes de caer al suelo entre una lluvia de golpes.

En esta segunda ocasión no tuvo tanta suerte. Lo invadieron todo derribando la puerta y quemaron los libros, esas fieras tan peligrosas a las que cogían con cuidado por las tapas, temerosos de sus mordiscos, y arrojaban a una enorme fogata que habían hecho con los pocos muebles que quedaban.

Después lo postraron de rodillas para que contemplase aquella destrucción y comenzaron a golpearlo sin ganas. Eran los vencedores y estaban cansados, ya habían bebido violencia suficiente para llenar dos vidas y ahora sólo querían terminar con aquello, retirarse a algún párrafo sangriento de los libros de historia que resumiría aquella locura.

Cuando acabaron con el protocolo del miedo, fue entregado al atardecer de una fría tarde de Noviembre. Lo dejaron un momento sentado ante la nieve y sintió algo parecido a la felicidad al contemplar los árboles desnudos que alzaban sus brazos hacia el cielo como filas de prisioneros y los últimos rayos de sol formando sombras y figuras extrañas que se retorcían en el suelo helado.

Todo sonaba en su cabeza como el inicio de un poema que ya nunca escribiría.

Antes de fusilarlo, el soldado que dirigía el pelotón intentó leerle los cargos que llevaba escritos en una libreta de tapas verdes y doradas como las insignias de su uniforme, pero las últimas lluvias habían destrozado las hojas y todo el texto formaba un borrón ilegible. Pasaba las hojas atrás y adelante y sólo encontraba manchas de tinta azul entre las que alguna palabra suelta había sobrevivido. Conspiración, órdenes, gobierno, sentencia…

El soldado, resignado, le miró como pidiendo disculpas y en sus ojos creyó ver los ojos de su hijo. No se dejó engañar, desde hacía dos años veía los ojos de su hijo en los ojos de cualquiera.

El soldado cerró la libreta con un chasquido de disgusto, se encogió de hombros y los fusiles ladraron con rabia.

El bosque quedo en silencio, la casa permaneció hueca. La historia, ajena a todo, siguió su curso, fabricando nuevos ejércitos y diseñando futuras guerras.

En el aniversario de su muerte, una flor brotó solitaria de la vieja máquina de escribir que había sobrevivido en su despacho.

Para los pocos que aún seguíamos sus letras y guardábamos su recuerdo, ese fue su último y más hermoso poema.

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