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El primer recuerdo de su infancia, lo más lejos que llegaba su memoria, era el ver a su padre sentado en el otro extremo de la mesa de la cocina sin decir una palabra. Midiéndose ambos en completo silencio desde cada punta de la mesa y casi oliéndose, intentando descifrar en los gestos del adversario una señal de amistad o algo que precipitase la huida.

Y así había sido siempre, dos extraños observándose con recelo desde distancias insalbables.

Aquella noche en que se reencontraron su padre era un desconocido que había pasado los últimos tres años, casi toda su vida, en un agujero de cemento y al que sólo habían dejado salir para hacerse cargo de una mocosa a la que apenas había visto seis veces a través de los cristales blindados de la prisión.

Si le preguntas algo más sobre aquella época ella te hablaría de los hombros vencidos de su padre, sus ojos que intentaban decir cosas que nunca lograban salir por la boca y todo el cansancio supurando por cada poro de su piel. Pero, por encima de todo te hablaría del miedo que perseguía incansable a su padre. Un miedo espeso y tan palpable que era casi una sombra pegada a los talones: miedo a no estar a la altura, a fracasar otra vez como lo había hecho en todas y cada una de las cosas que había intentando en su vida.

Contra todo pronostico su padre lo había logrado: apenas se le había vuelto a ver bebido y bajaba la cabeza cuando aceptaba cualquier empleo de mierda que le permitiese llevar algo de dinero a casa. Había luchado contra todos sus demonios y los había encadenado en lo más profundo de su alma. Si eso no lo convertía en un buen padre nada lo haría, era lo que decía todo el mundo.

Pero para ella toda esa lucha no había sido suficiente.

La noche en que supimos que ella se marchaba, mi hermano la paso haciendo y deshaciendo un millón de veces la maleta. Soñaba con ese milagro que ocurre en los cines: un plano perfecto de él pegado al equipaje y corriendo por un pasillo lleno de gente hasta llegar al vestíbulo de la estación donde estaría ella, de espaldas y con el pelo convertido en una cascada multicolor gracias a la luz que brota desde un millar de espejos distintos. Un plano cenital, un beso largo apasionado y un “the end” brotando en la pantalla.

Mi hermano era un cobarde, como todos nosotros. Había algo insano en este pueblo, en el propio aire que respirábamos, que nos hacía ser así. Un lugar donde los pasaportes caducan sin un sólo sello entre sus hojas y todos nosotros acabamos muriendo a pocos metros del lugar donde nos nacieron.

Hasta donde abarca la vista todo es un puñado de tierra marrón en donde sólo puedes encontrar algo de consuelo en los predicadores y sus tramposos discursos de redención durante la misa de los Domingos. Con los jóvenes apoyados con desgana en la última fila y sintiéndose fuera de lugar, pero al poco avanzando según se hacen mayores hasta formar parte de la masa informe de las primeras filas donde los ancianos siguen el discurso del cura con cadencia de metrónomo.

Una vida tranquila, os dirán, un fosa pagada a los cuarenta años, las deudas saldadas y las carreteras llenas de polvo que no invitan a llegar a ningún lado. Viendo pasar la vida desde una mecedora al borde del camino mientras una radio desportillada escarba el éter en busca de vida y la cafetera se oxida en un rincón.

Nadie quiso a ver como subía a ese autobús. Mi hermano se quedo en la tienda con mi padre y yo subí en bicicleta hasta la gasolinera de las afueras para verlo pasar en la última curva. Había tanta valentía en aquel pequeño gesto, resultaba tan inconcebible que alguien pudiese escapar de aquel lugar que desde ese día todos olvidaron pronunciar su nombre.

He recibido un puñado de cartas suyas escondidas bajo sobres de publicidad. Casi no hay letras, sólo fotos de avenidas desiertas y paisajes industriales. He visitado las ciudades más aburridas del país, decía en una de ellas, y todas me siguen pareciendo increíblemente hermosas al lado del lugar donde nos nacieron.

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