historia, memoria,  leer

el pequeño Martín

El cura que se encuentra a los mandos del oficio por el alma del pequeño Martín ha empezado a preguntarse ahora, unos minutos antes de iniciar el funeral, si la violación que tuvo lugar en la pequeña rectoría no habría tenido algo que ver con su repentino y trágico final. Un final que entre todos, padres, autoridades e iglesia, han intentado convertir en un desgraciado accidente.

Esa palabra, violación, ha llegado de repente para quedarse revoloteando un rato sobre su conciencia. No sabe de dónde ha podido salir porque él, un hombre instruido que ha pasado toda una vida rodeado de libros, jamás habría calificado como violación aquel desafortunado incidente. Es verdad, tiene que reconocerlo, que sujetarle la cabeza entre sus piernas justo al final forzó un poco las cosas. Pero la puerta del despacho estaba cerrada sin llave, el pequeño podía haber salido en cualquier momento a jugar con el resto de sus compañeros que golpeaban la pared con una gastada pelota de fútbol.

Lo cierto, concluye, es que los dos estaban allí ese día por su propia voluntad por más que el cuerpo despeñado del pequeño Martín, roto y casi irreconocible al fondo de aquella sima, parecía empeñado en imponer otra realidad más sucia sobre lo ocurrido aquel día. No puedes discutir con los muertos, no puedes preguntarles nada. Su sola presencia anula todas las demás posibilidades.

La iglesia se va llenando poco a poco. El párroco conoce a casi todos los presentes. Rostros cetrinos, embrutecidos por las tareas infinitas que recaen sobre sus hombros hasta adquirir ellos mismos la consistencia y el color del polvo que se asienta en los caminos. Cómo no iba a fijarse en el pequeño Martín, piensa, tan inmaculado, tan lleno de luz y que fue su única alegría en los últimos años desterrado en aquel sucio lugar perdido en las montañas.

El pequeño Martín tuvo suerte, el cura está convencido de ello. Murió antes de ser absorbido por aquella tierra y desgastado por el sol inclemente que los ata a aquella tierra seca y maldita.

Pero la duda sigue ahí, ¿verdad? Trazando pequeñas galerías en el subconsciente. Violación, esa palabra.

Como hace cada vez que siente su fe tambalearse, el cura eleva los ojos al cristo doliente que corona el altar. Una figura hierática, casi aburrida que no parece dispuesta a fulminarle con un rayo divino ni, mucho menos, a resucitar al pequeño Martín para que pueda señalarle con dedo acusador. El rostro del cristo es una máscara de total pasividad, bastante tengo con lo mio, parece querer decirle.

En realidad, concluye el cura, lo mismo daría elevar los rezos a una piedra o, mejor aún, a una nube.

Las últimas semanas las ha pasado observando las nubes. En ellas hay mensajes escritos, lo sabe con seguridad. Señales que sólo él puede ver y que han sido grabadas por el mismísimo Dios sin intermediarios tallados en piedra. El poder comunicarse con Dios, aunque sea en una única dirección, es algo que le hace vibrar de emoción y de puro gozo. ¿Acaso existe una mayor prueba de santidad que el poder comunicarse con el altísimo en el idioma mismo de la naturaleza?

Un coro disonante de voces le hace bajar dolorosamente de la nube en la que se había refugiado. Aquel puñado de insolentes que se agolpa en la iglesia parecen tener prisa por abandonar la luz divina y volver a sus grises existencias.

Ya os enseñaré yo a tener paciencia, murmura. Quita el marcador de donde lo tenía preparado y avanza al azar por el enorme libro litúrgico de lomos dorados en busca del texto más largo y denso que pueda encontrar. Había preparado una sencilla elegía, liviana y hermosa como el alma del pequeño Martin, pero el grupo de cretinos que tosía y murmuraba a sus pies como un rebaño de acémilas nunca lo habría entendido.

Qué suerte, vuelve a pensar, tuvo el pequeño Martín de reunirse con su creador cuando su vida era aún algo único y luminoso como esas nubes que brillan con el sol justo después de la tormenta.

3 Comments

  • Alma

    Admito que siempre me ha producido admiración el individuo que logra tener fé en un dios, cualquiera éste sea, ante situaciones de este tipo. Quien no cede al instinto más primordial que sería inflingir el mismo sufrimiento, la más absoluta venganza. Yo seguro no lo soy. No porque sea una “descreída”, una agnóstica o cualquier otra etiqueta quieran ponerme, sino al contrario, creo en el equilibrio, en saber lo que es justo y no lo es; en promover el bien y combatir el mal… este último con cualquier medio, porque a veces, “la palabra” no basta.

    Un beso.

  • Toro Salvaje

    Voy a intentar controlarme con el comentario y que la ira no se apropie de mis palabras.
    El tema de la pederastia, especialmente en la iglesia católica, me subleva.
    No entiendo, dado el número casi infinito de violaciones y abusos sexuales perpetrados contra niños, por miembros (nunca mejor dicho) de la iglesia católica no ha llevado ya a la disolución de esa organización criminal.
    Por muchos menos delitos se han ilegalizado otras bandas criminales.
    Y ahí siguen, violando, robando y gozando de mil privilegios gracias al cuento ese lleno de seres imaginarios que predican desde hace siglos.
    Sinceramente, ya estoy cansado de controlar la ira, les deseo lo peor, cárcel, dolor y una muerte horrorosa.

    Saludos.

Leave a Reply

Your email address will not be published.