leer

El jardín de la duermevela

En la parte trasera de la casa de mis abuelos había un jardín que en otros tiempos debió ser un huerto, pero que en mi infancia sólo era un recinto cercado por un muro precario e irregular con un par de árboles frutales y muchos tipos de hierba, recta y espigada, que cuando era niño casi me tapaba por completo.

Aquel enorme mar me aterraba, el viento lo movía y todo el verdor respondía como un ser vivo a su llamada. En cuanto ponías un pie para adentrarte en la espesura notabas cientos de pequeñas formas de vida escabulléndose entre tus pies. Para alguien que sólo veía asfalto el resto del año aquella inmensidad era demasiado inabarcable.

Mi abuelo se reía de mi, me daba una sonora colleja y cogía una guadaña, negra y afilada como sus palabras para empezar a segar aquella hierba que se comerían los pocos animales domésticos que aún conservaban.

Ris, ras, la guadaña iba cortando en arcos la hierba y yo observaba atemorizado desde la puerta de la casa. Mi abuelo, cruel como aquella tierra, me retaba a acercarme para ayudarlo y al ver mi negativa se burlaba de los chicos de la ciudad. De vez en cuando me arrojaba pequeños topos y ratones de campo que pisoteaba sin piedad. Caían a mis pies como una lluvia de tonos ocres y grises y el rojo y verde de sus vísceras despanzurradas. El color recurrente de mis pesadillas.

Una mañana ocurrió aquello que sólo yo esperaba: vi, quizás intuí, un movimiento en un extremo del huerto y antes de poder asimilarlo se convirtió en una estela de puro movimiento que agitaba la hierba con forma de una flecha que apuntaba directamente a mi abuelo. Creo que no llego a verlo, soltó un alarido de sorpresa y dolor y fue devorado por aquel verdor.

Tras una eternidad mi garganta logró conjugar un grito de terror que, una vez en el exterior, alcanzo el tono de un llanto histérico.

Cuando lograron arrastrar a mi abuelo hasta la cama había perdido la consciencia. Un médico acabado que esperaba pasar sus últimos años en aquel pueblo sin muchas complicaciones miraba al moribundo en la cama y nos miraba a nosotros con ojos vidriosos. Su voz temblorosa renegaba de aquella profesión para fiar todo a las manos de Dios omnipotente que por un instante había dejado de escucharnos.

Nadie en el pueblo lograba explicar de que ser vivo provenía esa mordedura con tres puntas afiladas que se afianzaban justo encima de la rodilla y dejaban un rastro de venas negras que llegaban hasta la ingle.

Mi abuelo logró volver a caminar pero le quedo una visible cojera y una pierna mucho más pequeña, raquítica, que la otra. La pierna de una momia, todo hueso y pellejo.

Una mañana me sorprendió observando aquellas horribles cicatrices y algo que llevaba tiempo creciendo en su cabeza debió explotar. Se levantó y empezó a golpearme con el bastón que llevaba en la mano. Yo intentaba cubrirme y suplicaba para detener aquella golpiza, pero mi abuelo seguía implacable su lluvia de golpes. Un reguero de sangre me cubría las cejas y empapaba el suelo mientras intentaba ponerme en pie. Forcejeábamos en completo silencio con algunos gruñidos mientras intentaba alcanzar su cuello, sus ojos para acabar con aquello. Componíamos un cuadro de Goya que aquella tierra, oscura y miserable, llevaba siglos dibujando a nuestras espaldas.

Aquel día comprendí que mi abuelo era un hombre acabado y que nunca jamás volvería a pisar aquella tierra que desterré al lugar de mis duermevelas.

7 Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published.