¡cava!

Había días, quizás demasiados, en los que se despertaba llorando sin motivo y le costaba un mundo realizar las tareas más sencillas como hacerse un café y no digamos ducharse o afeitarse. Esos pequeños gestos requerían el empleo de toda su fuerza de voluntad y provocaban que quedase agotado, totalmente vacío, para el resto del día.

Aún así se negaba a pensar que pudiese estar deprimido. Si alguien hubiese pronunciado esa palabra en su presencia habría respondido con una carcajada que habría sonado rota, hueca a los oídos de cualquiera que escuchase con atención.

Por suerte la gente nunca escucha, se limitan a emitir palabras sin esperar respuesta. Simplemente llenan el vacío con el ruido de sus palabras porque les reconforta escucharse, posicionarse, tener una opinión ante el mundo.

Para salir de esos días sólo conocía una manera: cavar y cavar. Apoyado sobre las patas traseras y arañando con las delanteras, ciego, a oscuras y masticando toneladas de tierra. Exactamente como había visto hacerlo a un topo bastante feo en un documental sobre Australia, Canadá o algún sitio de esos a los que nunca iría y que bien podían ser lugares imaginarios, creados únicamente para rellenar horas de programación en la franja de los insomnes.

El problema es que él era un topo muy pequeño y encima suyo existían capas y capas de mierda, de dudas y de resignaciones a las que no sabía si podría enfrentarse en la estrechez de su galería.

A veces, sobre todo en esos días, creía que no podría. Que todo eso sería demasiado para un topo tan pequeño y que todo se le vendría encima en cuanto pensase demasiado en ello.

Cavar y cavar, no quedaba otro remedio, ¿verdad?

Mientras te vean cavar nadie pensará que estás deprimido, ese es el truco.

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