• leer,  mirar

    la caída de Roma

    Lo dijeron las vísceras abiertas de los corderos y lo confirmó la ruta trazada por las estrellas sobre la bóveda celeste: cuando los cuervos abandonen el Coliseo, caerá Roma y cuando caiga Roma, caerá el mundo. Qué hay que ser idiota, me dice, para no acertar a distinguir un cuervo de una gaviota. No parece ofendida, se atusa las plumas con indiferencia y continúa con su desahogo. Los cuervos son unos presumidos que no saben nada del trabajo duro. Somos nosotras, las gaviotas, las que vigilamos este puñetero montón de piedras y hacemos que todo funcione. Pero, oye, si tu dices que son cuervos, ¿qué sabré yo de cómo hacer…

  • leer,  mirar

    la chica del pelo lila

    Hace meses que no escribo. Quiero, pero no puedo. O quizá es que no quiero, yo qué sé. Pero, hilvano todo el tiempo historias en mi cabeza. Ayer, por ejemplo, estuve diez minutos en la cocina, contemplando el bodegón que formaban sobre la mesa la taza del café, el paquete de tabaco y el teléfono móvil. Disparo un flash mental y busco, sin querer,  un pie de foto. Esta mañana ha venido al despacho donde trabajo una chica con el pelo lila, ligeramente desteñido ya. Se ha sentado en la mesa que ocupa mi compañero y han estado un rato gestionando asuntos, supongo. No le he prestado más atención que…

  • leer

    un millón de muertos

    Madrid es una ciudad de más de un millón de muertos, según las últimas estadísticas. Pero la muerte poco puede hacer contra una de las muchas inevitabilidades que han hecho de este Madrid su hogar: la burocracia. Todos esos muertos han fallecido pero aún no lo saben. Nadie les ha comunicado su deceso debido a un sempiterno problema en los sistemas informáticos y así, esos millones de cadáveres que alimentan las estadísticas día a día, continúan sus tristes vidas ya acabadas como si nada hubiese ocurrido. Cumplen a la perfección sus papeles. Acuden puntuales a trabajos que odian, tienen multitud de amigos que no conocen en las redes sociales y se…

  • leer,  mirar

    highway 61

    Dios llegaba tarde, si tal adverbio puede aplicarse a un ser que vive ajeno por completo al tiempo y al espacio. Seamos pues sinceros, Dios había decidido llegar tarde porque le gusta hacer sufrir a los mortales. Esas creaciones tan llenas de miedos y dudas, tan frágiles y tan estúpidas. Cuando eres omnipotente acabas despreciando todo lo que has creado, es inevitable. Un día desaparece el orgullo y sólo deseas aplastarlos con el dedo, disfrutar viendo como corren aterrados en círculos mientras con ojos llorosos no dejan de preguntarse,  ¿qué hemos hecho mal, oh gran Señor?, ¿acaso te has ofendido por ese estúpido becerro de oro, por esa pequeña infidelidad?…