A veces ocurren cosas

Empiezan a ocurrir cosas. Ocurren cosas continuamente y yo soy incapaz de impedirlo. El botones del hotel, apostado en el dintel de la puerta de entrada, levanta de repente la vista para vernos pasar. Y yo soy incapaz de impedirlo. Ocurre y ya está. Caminamos como Jesucristo sobre las aguas. Zapatitos maison dior. Little black dress. Es tan delicado como el equilibrio entre la verdad y nuestra verdad, entre la realidad y nuestra realidad. Y yo no logro hacer como si nada. El taxista espera. Observa, sopesa, mira, escucha. Escucha a Bruce Springsteen. Mira unos postit con números de teléfono. Quizá de alguna amante. Quizá el nuevo teléfono de su madre. La vida trepita ahí afuera. Él también lo sabe y sopesa el camino más largo para conducirnos al restaurante que he elegido. A ratos observa de soslayo a través del espejo retrovisor tus brillantes gemelos de Bulgari. Te aburres. Todo el tiempo estás aburrido. El mar es de un gris imposible pero… tú te aburres. Y yo no logro hacer como si nada. Bailo en la cuerda floja. Como la protagonista del cuadro de Kees Van Dongen, me deslizo sobre el delgado canto de la tarjeta de crédito que nos une. Tan fino como mis dior de aguja. Y mi corazón bom(bom)bea y salta y trepita y se estampa contra el suelo como el coyote de los dibujos, levantando una polvareda tremenda que ciega los ojos de todos los comensales. De un tiempo a esta parte, ando peligrosamente excitada por ahí. Pero son las dos de la tarde. La hora del arrepentimiento. Soy una señorita exquisitamente vestida. Sé disculparme sin sentir ninguna clase de remordimiento. Ocurren cosas continuamente y yo soy incapaz de impedirlo. Ya eres la foto de un hombre más en mi coleccionable de tipos que me han llevado a restaurantes caros. Y lo que es más divertido… de tipos que nunca me lo perdonarán.
Feliz 2010

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