Sálvame

Miradme, por favor, observad el espanto grabado a fuego en mi cara. Yo antes era uno de vosotros. Es verdad, yo he conocido los restaurantes caros y las ropas de marca. Yo he estado a vuestro lado cruzando esos mundos mágicos de la publicidad y el diseño, yo me he cubierto de esas colonias caras que no lograron nunca ocultar toda nuestra miseria y podredumbre.

Su voz parece a punto de quebrarse, y sus ojos se llenan de lluvia mientras intenta arrancar las palabras que su garganta retiene. Sin embargo nadie gasta un segundo en mirarle. Siguen apresurados su camino apretando los dientes sin dejar de mirar al frente. Llevan las gruesas líneas del miedo dibujadas en el rostro.

Todos saben que el nunca se atrevería a tocarles, pero aún así tienen miedo. Saben que si se detienen un instante siquiera a mirarle podrían llegar a entenderle, y eso, el entenderlos, es el primer paso para convertirse en uno de ellos.

Ella lo sabe, es algo repetido mil veces por su madre cada día. Forma parte de la rutina de las mañanas, cuando arrastra su mochila llena de libros rumbo al colegio. Un beso en la frente, una bolsa con comida, y la misma frase: no te detengas, no les mires nunca…

Sin embargo hoy su vida cambiará para siempre, y lo hace con esos pequeños gestos que definen sin saberlo nuestras pequeñas historias personales. Un tropezón, algo así de sencillo, es la bolita que lo engendra todo, una caída tonta en un camino mil veces repetido. Cuando se incorpora sus ojos se clavan con la mirada más hermosa que su pequeña mente haya logrado nunca imaginar. En ese instante comprende que se encuentra perdida.

Es uno de ellos.

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