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los elegidos

Porque hasta el peor boxeador del mundo consigue lanzar un buen golpe alguna vez y ese día la que se monta, ¿verdad? Alguien en algún lado se hace rico de repente y otro, a pocos asientos, se arruina de forma irremediable en las apuestas.

Y quizás no haya nadie esperando cuando vuelves a casa, o aparezcan tipos trajeados con nudillos de acero empeñados en recordarte que ese no era el trato. Pero, qué importa, al menos una vez alguien dijo tu nombre levantando el brazo en alto. Por un breve instante dejaste de ser ese alguien pequeño e insignificante que vive y muere aterrado en su madriguera.

Quizás haya sido en el boxeo, o porque has mirado a la chica equivocada o, como el caso que nos ocupa, por una pequeña discrepancia en los libros de contabilidad. El problema de pasarse de listo es que puedes acabar en el lugar equivocado junto a la peor compañía posible.

Sostengo el arma con cansancio y recorro la escena que llevamos dos horas componiendo: el fulano atado a la silla convertido a golpes en una pulpa sanguinolenta que habla a duras penas, el gorila situado justo detrás que se mira los nudillos doloridos y a un lado, entre la penumbra, el tipo de la pistola.

Los tres componentes de este claroscuro sabemos que el fulano de la silla esta muerto, ha llegado a ese peaje definitivo donde ya no queda nada por negociar excepto como será esa muerte. Por eso ahora mismo el tipo ondea su cuerpo como una bandera de rendición e intenta darnos motivos para lograr algo rápido. Lo he visto tantas veces que no me pilla por sorpresa, pero no deja de resultar fascinante.

Lo reconozco, el haberle desnudado quizás ha sido un poco excesivo, pero a los jefes les encantan esos detalles.

Le miro y me agacho a su lado en un último esfuerzo por intentar entender las palabras que brotan de su boca destrozada entre borbotones de sangre, jirones de carne y trozos de la dentadura. Aunque ya poco importa lo que tenga que decirnos, se trataba de mandar un mensaje: el tipo era nuestro lienzo y el gorila que le mira con gesto torcido es, contra todas las apuestas, nuestro artista principal.

Mi amigo homínido no es hombre de muchas palabras, es lo que la gente que nos contrata llama un músculo, y aunque costo horrores que hiciese bien su trabajo y no los dejase totalmente idos con el primer golpe, ha demostrado ser una gran inversión.

Yo lo vi boxear hace unos quince años, siempre en lugares de tercera y sin ningún estilo, pero con un sentido innato para hacer daño. Aguantaba los golpes casi sin inmutarse, no devolvía ninguno hasta haber localizado antiguas lesiones en el contrincante, un hombro que se moviese algo más lento o alguna vieja sutura en la cara a la que poder golpear hasta dejar al contrincante sangrando en la lona.

Ahora me mira extrañado por encima de la silla, nervioso como un perrillo que ha traído la pelota y espera que se la lancen de nuevo. Desplazo la corredera del arma hacia atrás y la suelto para introducir un nuevo proyectil en la recámara.

Hemos terminado el trabajo.


Llenamos la vida de diminutos rituales, ceremonias y gestos que hacemos casi sin pensar. El nuestro es acabar en un bar del centro después de cada trabajo donde siempre nos tomamos unas cervezas, negras, amargas y casi en completo silencio. Mi colega por sus propias limitaciones con el lenguaje hablado y yo, quiero pensar, como una muestra de respeto hacia el cadáver prematuro que hemos dejado atrás.

Hace un rato que el gorila se ha despedido de mi lado con un gruñido, y una chica rubia, menuda, no demasiado guapa, pero con esa falta de estilo que resulta encantadora, se acerca a mi lado tras muchas maniobras preparatorias. Ha debido confundir al armario de dos cuerpos que me acompañaba con un guardaespaldas y a mi con un importante hombre de negocios.

O quizás me haya vuelto guapo de repente.

Hablamos un rato de un montón de cosas recién sacadas del armario de las banalidades. En algún momento comienza a tontear sin pausa y yo sonrío, le pago las copas e intento seguir el ir venir en que ha convertido su vida desde que abandono su lugar natal, un pueblo lleno de campos de cereales y tipos con una dentadura horrible. Apenas hago preguntas, pero ya me siento parte de su vida e incluso culpable de sus problemas.

Poco a poco voy perdiendo el hilo y me centro en la cerveza que tengo delante hasta convertir su voz en un murmullo distante. Al fondo del vaso, entre la espuma, puedo ver al tipo que hemos dejado atado a la silla. Su rostro se junta con otras muecas suplicantes. Muchas caras, demasiadas supongo, pero conozco el nombre detrás de cada una de ellas.

Siempre hay un punto del proceso donde te intentan convencer de que ellos no deberían estar ahí sentados. Ellos tenían grandes planes, una mujer y unos hijos a los que han descubierto lo mucho que querían, algunas páginas a medio escribir o una gran historia que contar. Siempre hay algún motivo para quedarse, para posponer lo que ya es inevitable.

Todos sabemos que ese momento nos llegará sin avisarnos, pero preferimos actuar cada día como si lo hubiésemos olvidado y la muerte nunca fuese a llamar a nuestra puerta. Y al final, al otro lado del arma, soy yo el guardián de sus súplicas, el testaferro de todos sus sueños incumplidos. Les veo casi a diario, me despierto en su compañía y me persiguen durante el día con un mudo reproche.

Oye, interrumpo a la chica que tengo a mi lado, ¿sabes lo que sería despertarte todas las mañanas al lado de un asesino en serie?

7 Comments

  • Beauseant

    Siempre pienso en hacer historias más largas, GGM, pero no creo que este medio (ni mis letras) den tanto de sí 🙂

    Era bonito, y me daba pena dejarlo así, Vanessa. Nunca sé si decir esas cosas porque no todo el mundo se lo toma bien (a mi me encanta que me lo digan)

    Me gusta mucho la forma de contar y enlazar las historias que tiene el lenguaje cinematográfico, virgi Mi única relación son las horas que he pasado analizando y viendo el porqué algunas escenas me dejaban frío y otras las recordaba años después. Me alegra que algo haya logrado, vanessa.

    Siempre intento abrir y cerrar de forma contundente las historias, Ohdiosa No siempre sale, claro 😉

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