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la muerte de un hombre vencido

Los últimos años lejos de nosotras, mi padre se dedico a escribir sus memorias, y lo hizo de la forma obvia para alguien que paso los últimos treinta años de su vida alisando, levantando y pintando paredes: escribiendo en ellas sus pequeñas capsulas de Apocalipsis.

Hoy he visto la verdad más dura, rezaba el dintel de la cocina… Los hijos de vuestros hijos se arrancarán sus ojos y mirarán con cuencas vacías el futuro que les hemos preparado, dormitorio… Los engranajes de la historia aplastarán a todo aquel que ose llevarle la contraria, en el baño… O un simple !corred¡ apuntando hacia el balcón, como una invitación, casi casi una obligación, a saltar por la ventana.

Nos dieron la llave en la notaría. Un tipo gordo de ojos tristes que siempre parecía a punto de decir algo pero nunca reunía fuerzas suficientes para hacerlo. Tanto tiempo encerrado en aquel despacho le habían contagiado algo de la inmutabilidad de sus papeles. Unos años más encerrado allí, y nadie podrá saber donde comienza el hombre y donde la mesa.

El último refugio de mi padre en la tierra estaba en un barrio color ceniza a las afueras de la ciudad lleno de aceras que parecían no llevar a ningún lado, y prostitutas apoyadas con desgana bajo los letreros de neón. Una barriada de tantas, con sus obreros, su silencio y sus cielos de hormigón, era el testigo de la última y definitiva caída de mi padre. Y allí fuimos convocadas aquel día por una fuerza superior a nuestros deseos o esperanzas.

Nada más abrir la puerta vinieron hacia nosotras todas aquellas palabras, firmes e implacables como un ejercito en desfile luciendo sus mejores galas, sin que pudiesemos hacer nada más que permanecer clavadas en la puerta, mirándolas en un silencio de funeral. Mi madre lanzó su mano al vacío en busca de apoyo, y pude ver como sus ojos se llenaron de lágrimas al pasar por aquellas paredes. Un llanto honesto y silencioso que intentaba en vano hacerla escapar de su pesadilla. La muerte de un hombre vencido, de quien nunca ha sido nada y, justo al final, descubre el vacío aterrador ante sus pies descalzos.

Mi padre había visto el apocalipsis en las esquinas más muertas de esta cuidad, y nos había dejado su visión como legado. La verdad más dura, la enfermedad que ya entonces corroía sus entrañas, todo estaba escrito allí como lo había estado en sus actos y sus gestos. Sólo faltaba un lector, nosotras, pero mi madre rechazó el papel; con un simple gesto conjuró de un portazo todas las pequeñas maldiciones de la familia y nunca más volvió a poner un pie en aquella casa que, con el correr de los años, se convirtió en uno de tantos fantasmas dispuestos a ensombrecer su rostro cuando alguien le hablaba de venderla.

Yo si volví varias veces a recorrer sus estancias, buscando una excusa tras mi cámara y el bloc de notas que llevaba  siempre conmigo. Intentado, supongo, buscar a mi padre en aquellos rincones, en sus últimas palabras. Todo aquello que me fue negado desde mi infancia debía tener algún reflejo en aquellas paredes, pero nunca pude encontrarlo. Al final, harta de no encontrar respuestas decidí matar las preguntas, quizás sin llegar a ser consciente de ello. Un viernes por la noche, algunas copas de más, el vacío aterrador de una vida a la que no encuentras sentido susurrando su canción cerca del oído o, quién sabe, si una mezcla de todo eso, me impulsó a cruzar el umbral con fría determinación.

Pase toda la noche danzando entre los vapores del alcohol y la pintura haciendo desaparecer con trazos gruesos de color blanco el último testimonio de mi padre, sus palabras, el vacío de mi vida. Con cada trazo sobre la pared sentía que mi vida se abría, nueva y esperanzadora, ante mi. Como si pudiese escapar de todo… como si alguien hubiese puesto a cero el contador de mi existencia.

La mañana me encontró desnuda y tirada en medio del salón, mirando con ojos alucinados como las letras habían vuelto a salir al secarse la pintura que con tanto ahínco había extendido durante la noche. Más fuertes, más brillantes, bailando sobre mi con la mueca burlona de quien se sabe invencible a los artilugios humanos.

No pude pensar nada, sólo una risa demente y ajena a mi escapó de mis labios. El viejo, mi padre, el escritor fracasado, ese marido que nunca estaba o el tipo que hizo lo que pudo, había logrado hacerse inmortal a su manera. Enhorabuena, cabrón, al final lo lograste.

8 Comments

  • Ybris

    Impresionante. Perfecto.
    ¡Resumir las memorias de una vida con cápsulas de Apocalipsis escritas en paredes!
    Quizás la única salida para quien se consideraba vencido, anulado y abocado al final al vacío.
    No es extraño que dejara su inmortalidad en palabras imborrables.
    Quizás su única y definitiva victoria.

    Mi enhorabuena por esta entrada.
    Te sigo leyendo y comentando aunque ande callado.
    Estoy en el mismo sitio aunque haya perdido todos los contactos tras una avería en el equipo.

    Un abrazo.

  • FILOABPUERTO

    Un relato inquietante.

    Desde luego entran ganas de coger un aerosol y liarse a hacer pintadas-protesta; un padre así, tan “apocalíptico” quema los brotes antes de que nazcan.

    Saludillos

  • Beauseant

    Las paredes hablan, Ele de Lauk las noches son eternas y los días muy fríos.. pequeñas lecciones que tardamos toda una vida en apre(h)ender y, un día, ves que la vida se acaba, que todo morirá contigo y vomitas sobre el primer sitio que encuentras.. Es cierto, Ybris, es una victoria pequeña y casi nula, pero es algo a lo que agarrarse…

    En mi caso Cosechadel66 con frases que voy escribiendo y otras que voy pidiendo prestadas de otros, sólo espero unirlas y ver que sale…

    Muchas veces, FILOABPUERTO los padres ni tan siquiera saben lo que hacen con sus hijos, los miedos, las limitaciones que imponen.. A veces se convierten en padres cuando ni tan siquiera saben que quieren hacer con sus vidas, y crían sus hijos igual que viven, a trompicones, saliendo para adelante un poco por instinto un poco por suerte, cruzando los dedos por no vernos cometer sus mismos errores…

    Jop Athe eso es algo muy fuerte 🙂 Es un texto que he retocado muchas veces y, es cierto, le he cogido algo de cariño, me alegra saber que ha cumplido su cometido.. gracias virgi.. me gustan las historias tristes porque soy de esos que sólo aprenden de las cosas tristes, no de las bonitas (un defecto como otro cualquiera).

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