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la esfinge

la esfinge

Cuando un perro mira a un humano no ve un pobre bípedo que se esta quedando calvo y arrastra una preocupante miopía. No, ve un ser superior, una fuerza incompresible proveedora de caricias juegos y alimentos, si te han repartido buenas cartas, o de castigos y violencia cuando te has equivocado de garito y te han tocado las cartas del perdedor.

Una deidad del antiguo o del nuevo testamento, no importa. Algo que se acepta con la imperturbable estupidez con que ves la lluvia alimentar tus cosechas o al huracán llevarse todo lo que posees.

Todo lo contrario ocurre cuando cruzas tu mirada con un gato. En esa mirada hay una gran dosis de curiosidad y puñados de encantador desdén hacia el pobre tipo que es incapaz de llevar su vida y la malgasta corriendo sin orden ni dirección.

Algunos ilusos creen que, con mucho esfuerzo y dedicación, podrán domesticar a un gato siguiendo el viejo juego de los castigos y las recompensas. No comprenden que a base de miradas y de gestos es el micho el que acaba doblegando al humano hasta convertirlo en un adlátere dedicado a satisfacer sus deseos y caprichos.

Si los chuchos observasen ese proceso de domesticación involuntario lo sentirían en sus diminutos cerebros con algo parecido a la vergüenza. Se arrepentirían con dolor por haber entregado su libertad a un Yahvé tan de baratillo y elegirían sin dudar a los gatos como sus nuevos amos.

Los perros son así, no pueden vivir sin un amo. Necesitan la correa sobre su cuello, las ordenes breves y concisas y una vida planificada desde la cuna a la tumba.

En el fondo no se diferencian mucho de esos humanos a los que tanto dignifican, pero sus cerebros EstímuloRespuesta no les dejan procesar esa información. Por eso nunca, desde que renegaron de la libertad de los hermanos lobos y entregaron sus vidas a los humanos, han dejado de vernos como deidades.

Deidades de baratillo, claro.

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