el tipo al que iban a fusilar

el tipo al que iban a fusilar

El tipo al que iban a fusilar se paso la noche en vela sin decir una palabra. Lo encontraron vencida la madrugada en la misma posición que al ser encerrado: con la mirada fija en un punto imaginario y fumando un cigarrillo tras otro que sacaba de un hatillo que le habían dado y que iba prendiendo con el pucho del anterior.

No era algo inusual. Muchos gritan, otros lloran en silencio. Algunos incluso logran dormir, pero la mayoría se refugian muy adentro de si mismos y no hay forma de sacarlos de ahí hasta que oyen el cerrojo de los fusiles frente al pelotón.

¿Recuerda si le dijo algo?

Sí, al ir a sacarlo nos quedamos mirando como apagaba la colilla con el pulso desbocado y él, muy gallardo y con un amago de sonrisa me dijo: no se haga ilusiones, si me tiembla el pulso es por hambre, no porque les tenga miedo alguno.

¿Algo más? Todos ustedes sabían quién era, ¿verdad?

Le llamaban el profesor, es lo único que recuerdo. Algunos decían que era porque había dado clases antes de la guerra, otros que era alguien importante, un intelectual, vamos. Intenta sonar despectivo en ese tono que ha escuchado miles de veces a sus compañeros. Pero la pausa es innecesariamente larga, dubitativa, y se gana una mirada inquisidora desde el otro lado del escritorio.

¿No recuerda nada más?

No, señor. Pura rutina, ya le digo.

Sin embargo, me han dicho que vieron como le entregaba un paquete.

El soldado mira a su superior y sus labios tiemblan intentando articular la respuesta que muere antes de nacer.

¿No los habrá leído? Le lanza antes de poder decir nada.

El soldado logra darse cuenta a tiempo que una repuesta a esa pregunta en cualquier dirección supondría una confesión. En realidad, concluye, no hay respuesta posible y se queda petrificado ante su superior con la mirada fija en algún punto situado por encima de su cabeza hasta que le ordenan retirarse.

El soldado, convertido en apenas un guiñapo tembloroso, apenas puede articular un ahogado ¡sí señor!, y cuadrarse en una pose levemente marcial antes de salir de la habitación.

Los pocos pasos que recorrió hasta la esquina del edificio fueron el esfuerzo más grande que habría de hacer en toda su vida. Se apoyó sobre la pared advirtiendo, casi al borde las lágrimas, como unas gotas de orina se escapaban bajando por sus piernas. Así de cerca ha estado de perder el control.

Sabe que su vida en el ejército, o al menos esa vida que tanto esfuerzo le había costado reunir, siempre servil, siempre obediente, siempre lejos del peligro, ha terminado.

En la zona de talleres, detrás de un puñado de bidones vacíos, ha envuelto en un trozo de tela esas o hojas por las que le preguntaban. Él, que no ha ido más lejos del libro de instrucción a lo largo de toda una vida, ha pasado dos noches en vela descifrando las líneas febriles de un hombre destinado a morir.

La verdad, esa tan glosada por poetas y filósofos, nada tiene que ver con la soñada libertad. La verdad ata y encadena como la droga más dura, te hace responsable de tus actos y te impide volver a cerrar los ojos. Una vez descubierta, comprueba con espanto, de nada vale fingir. Ya no es capaz de hablar con sus compañeros sin sentirlos extraños. Las órdenes, que antes se ejecutaban sin pensar, ahora requieren el esfuerzo de su comprensión. Un segundo de retraso, una respuesta dubitativa y todos se vuelven a mirarle con el ceño fruncido y una pregunta bailando en los labios.

Casi ha enfermado en el esfuerzo de no hundirse en la última semana. Apenas puede explicar lo que ha leído ni lo que le ha llevado a esconderlo lo mejor posible. Sí sabe que eso es algo mucho más grande que su propia vida, algo que no merecía desaparecer sepultado en una tumba anónima.

Su única obsesión ahora es saber cómo sacar esas hojas de allí antes de que ocurra lo que ya le parece inevitable. Antes de verse en una de esas celdas o camino de la vanguardia, directo a la primera línea de frente que ahora, con la guerra casi perdida, se ha convertido en una máquina inexorable de administrar muerte y miseria. Un dios cargado de venganza al que cada semana le entregan armas y cuerpos y sólo devuelve fantasmas de vista nublada y ropa hecha jirones que caminan al lado de serenos y nada heroicos cadáveres postrados en carros arrastrados por famélicos caballos.

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