Barcelona, a 12 de junio de 2011

Barcelona no me quiere. Tú lo sabes pero insistes. Y yo, que tengo el cuerpo de sábado, me dejo persuadir. Sucumbimos un once de junio. Ciudad condal. Restaurante Lasarte. La culpa no es mía. Es del vino de 300 euros que he elegido. Botella por barba y dando tumbos hasta la puerta para echarme un cigarro y resistir. Resistir con dignidad tus largos largos largos mítines sobre los grandes problemas de la HUMANIDAD. Humanidad así, con grandiosas mayúsculas. Sumiller, una copa de champán. Y de pronto, cuando la fiesta está a punto de terminar, te escucho diciendo cual Jesucristo en la última cena… en esta mesa, alguien me traicionará esta noche … y el sumiller, pálido como él solo, huye a la voz de marica el último. Y sólo quedo yo. Yo, que miro la copa fijamente. Yo, que me la bebo de un trago y que sea lo que dios quiera. Lo que dios quiera, porque Barcelona no me quiere. Dios no me quiere. Y creo que tú tampoco. Tú tampoco porque al día siguiente, yo con ojos de domingo de resaca y tú con cara de pocos amigos, te empeñas en que subamos al Tibidabo. Y a mi el nombre ya me da vértigo en el estómago y una pereza inaudita. Pero tú insistes y yo me dejo persuadir. Qué putada. Porque tú lo sabes. Sabes que me enamoro cada vez. Cada día. Sabes que podrás presumir de visa platino pero que, de valiente, tienes lo que yo de lagarterana. Y aquel funicular era tremendo. Tremendamente cochambroso. Y hacía calor. Y el vino rugía en mi cerebro todavía. Y mil niños vestidos de comunión. Y aquellos tres ciclistas de nuestro vagón. Qué putada. Tú lo sabes. Sabes que me enamoro cada vez. Cada día. Me enamoré del ciclista-perroflauta del sur. Y ellos rememorando un accidente en ese viejo tren. Y de cómo no encontraron ni la foto del carnet de algunos pasajeros. Y yo, que te conozco como si te hubiese parido, percibo como propia la gota de sudor frío que desciende por tu espalda. Percibo tu tensión muscular. Y sonrío. Pero sólo un poco. Porque la puta idea del funicular un domingo de resaca fue tuya. De modo que ahora os jodéis tú, tu miedo y tus ganas de arrancarle de cuajo la cabeza a los ciclistas. Que me miran. Y les miras. Y son tus ojos los que les gritan que te estás acordando de su puta madre. Que otra cosa puede que no pero, en aquel colegio suizo, hace ya como quince años, nos enseñaron a cagarnos en la puta madre de quien haga falta de la manera más educada posible. Barcelona no me quiere. Creo que tú tampoco. Pero el ciclista sureño-perroflauta puede que sí. Y a mi me encantaría que os batieseis en duelo por mi. También me conformaría con que os dieseis de hostias. Pero tú no estás por la labor, y el ciclista perrofllauta es del sur, y los del sur solucionamos este tipo de cosas pimplándonos una botella de vino, o mirando hacia otro lado hasta que el problema se aburra y se largue. Barcelona no me quiere. Lo sé. Y es una pena. Habríamos dado tanto juego…

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