la viuda

El curilla lleva media hora mirando con el pulso acelerado las flores dejadas ante el altar por una de las feligresas. Un ramo grande y colorido que luce como un incendio en medio de la negrura de la pequeña parroquia.

Esas flores, tan abiertas, tan jugosas frescas y carnosas como ofreciéndose llenas de vida, le recuerdan demasiado al aparato reproductor femenino que vio hace muchos años, aunque el tiempo no ha difuminado el recuerdo, en un libro de biología robado de la biblioteca cuyas páginas acabaron casi transparentes de tantas veces como volvió a ellas en sus momentos de dudas.

Se afloja el alzacuellos y lo deja abandonado sobre una repisa. Siente sofocos, un ahogarse continuo del que no puede escaparse mirando a las vírgenes y los santos que le tienen rodeado y que ahora parecen mirarle llenos de lujuria con sus ojos vacíos y sus manos alzadas en éxtasis hacia los cielos. Intenta refugiarse en la oración, la vieja fórmula para ahogar el deseo repitiendo mil veces frases sin sentido que anulen el pensamiento. Pero es imposible porque entre sus piernas crece un hormigueo que creía ya olvidado.

Sabe quien es la feligresa de las flores. No, no lo sabe, pero lo sospecha. Una de esas viudas recientes que sin esperar plazos para el luto y el decoro se pasea casi liberada de un gran peso con sus piernas robustas y bien torneadas alrededor de unas medias negras que mueren en el abismo de la falda. Siempre lleva falda, lo recuerda a la perfección, de colores chillones como esas malditas flores, siempre unos dedos por encima del recato y bien ajustadas, insinuando un túnel oscuro ahí arriba… casi una promesa de algo más al alcance de los dedos.

De manera inconsciente el párroco mira a la tercera fila, el lugar habitual desde el cual ella domina todo el territorio de la pequeña iglesia, casi siempre vacía.

Y esas flores, esas malditas flores no son una casualidad. Son algo más, una señal, una invitación. Esas flores son la serpiente señalando el camino hacia la manzana.

Se acerca a las flores y sostiene el barato jarrón de plástico sobre su cabeza, dispuesto a lanzarlas al cubo de la basura cuando una puerta se abre a sus espaldas y el código en morse de unos tacones se acerca hasta el altar.

Veo que le han gustado las flores que he puesto esta mañana. ¿Verdad que son muy alegres? Dice una voz cantarina y melosa a sus espaldas.

El curilla mira desesperado al rincón donde yace el alzacuellos y que ahora le parece un objeto lejano y tan absurdo como un flotador en medio del desierto. Un salvavidas para alguien empeñado en ahogarse.

Se queda quieto, aún con las flores en alto y se gira lentamente. En ese instante le parece ver que el cristo del altar le guiña un ojo de complicidad.

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