el día más triste en la vida de mi jefe

El día más triste en la vida de mi jefe ha ocurrido esta misma mañana, cuando descubrió aterrado que todos y cada uno de sus empleados trabaja en esta oficina sólo por el sucio dinero que brota en nuestras cuentas bancarias el primero de cada mes.

Eso quiere decir, balbuceaba el pobre hombre entre lágrimas, que si os pagasen más dinero en otro lado, ¿os irías de aquí sin dudarlo un instante?

Esas palabras produjeron sobre nosotros uno de esos silencios atronadores que caen como una bomba y sirven de respuesta sin necesidad de añadir nada. Todos bajamos la cabeza ante tamaña obviedad intentando seguir con nuestros quehaceres.

El dinero entonces. ¿Esa es vuestra única motivación? Esto lo ha dicho levantando un dedo al aire y elevándose un poco sobre los talones, con un tono y una dicción perfecta. Debió ser un hacha mi jefe en el club de debate del colegio privado donde paso casi toda su adolescencia.

Al seguir sin encontrar respuestas en nuestro silencio, nos dio la espalda derrotado y lleva desde ese momento encerrado en su enorme despacho lleno de escenas de caza y trofeos de deportes que no hemos practicado en la vida.

Nos llegan en ráfagas sonidos y gritos ahogados desde el interior. A mi, grita entre sollozos a quién quiera escuchar, todo este tiempo luchando para mantener esta empresa que con tanto esfuerzo heredé de mi padre y con la que puntualmente he dado de comer a vosotros y a vuestras familias. Hienas, eso es lo que sois todos y cada uno de vosotros… Unas sucias hienas.

La oficina se encuentra dividida en dos facciones irreconciliables. Se enfrentan, por un lado, los que opinan que sería mejor salir a tomar unas cañas y volver en unas horas para ver si ha cumplido todas sus promesas de suicidio. Y por el otro, los que abogan por marcharse a casa y disfrutar de un día libre. Total, pase lo que pase ya se encargaran las de la limpieza de dar explicaciones a la policía y de limpiar el desastre.

También hemos aprovechado para cruzar apuestas sobre el método elegido por nuestro amado jefe para dejar este valle de lágrimas. La mayoría han optado por el siempre socorrido sistema de lanzarse ventana abajo. Pero otros, mucho más duchos en el arte de las apuestas, han optado por abrirse las venas con un abrecartas o la ingestión del vino que venía en la cesta de navidad.

Un monumento, eso es lo que se merece mi jefe.

edmtelvdmij

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