Abril

Me he mantenido inmóvil mientras tu mundo se ha mantenido derrotado. Inerte. Fría como el acero. Muerta como el hierro. Triste como el silencio. Como mi silencio. Se me han oxidado las cuerdas vocales, ya no sé hacerlas gritar. Ni quiero. Ahora ya no.

Te he vuelto a mirar, como siempre, o como nunca, mientras dormías, y como quien augura que los minutos están contados, te he vuelto a imaginar hace muchos años, y me he maldecido por no haberte conocido ayer, cuando tú todavía eras un travieso niño rubio y yo todavía no había puesto el punto final a mi vacío, cuando nuestros ayeres aún no habían anulado nuestros presentes.

Lástima que estés dormido ahora que yo rompo mi quietud, ahora que por fin me decido a no seguir manteniendo el equilibrio en semejante postura.
Pero no te voy a despertar por una estupidez, claro, porque así, dormido, me pareces menos anónimo, menos desconocido, y yo, al fin y al cabo, sigo huérfana de palabras para explicarte cosas que no merecen mejor suerte que la llama del olvido, cosas que la vida nunca debió consentir que se recordaran.

Tú sonríes en sueños, sólo en sueños. Yo me río por no llorar, y afuera sigue soplando el viento. Cierro, suave, la puerta. Empiezo a correr. Hasta la lluvia que ha empezado a caer guarda silencio… La volatilidad de las nubes ya nos advirtió hace siglos de la futilidad de ciertas pasiones…

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