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los cazadores de sueños (1)

Los cazadores de sueños recogen lentamente sus redes con la captura del amanecer, y ella intenta aferrarse a sus últimos vestigios retorciéndose insomne entre las sábanas. Desde mi posición, recostado a su lado, veo sus diminutos pechos recortados entre la penumbra subiendo y bajando al ritmo de la respiración. Recorro su cuerpo semidesnudo invocando una erección de adolescente que brota desde mis rodillas. Es una sensación extraña, casi olvidada, que me hace sentir un poco más viejo y un poco más estúpido.

Ella siempre sueña con huidas, con estar rumbo a otra parte donde las cosas no hubiesen sido ni mejores ni peores. Bastaría con que fuesen distintas, me decía con esa sonrisa suya tan rota y tan bonita. Por eso soy siempre el primero en despertarme: soy el guardián de la luz, el encargado de decirle cada mañana que todo sigue igual.

Que no tenga prisa en despertar.

Ella tenía una voz rasgada y antigua, era preciosa y sólo soñaba con escapar de aquí. Miraba las imágenes que el satélite nos traía desde rincones del mundo que no sabíamos ni situar en el mapa, y aprendía con determinación los bailes y las poses de sus actrices favoritas. Ella iba a ser la próxima estrella.

Todos lo sabíamos.

Pongo los pies sobre el suelo helado y rebusco mis zapatillas entre los restos del naufragio, recordando en el último instante sacudirlas contra el suelo para espantar a las cucarachas y pequeños insectos que hayan podido buscar su refugio durante la noche.

Allí fuera el día se destiñe lentamente tras el plástico roto que hace de ventana, y toda la habitación se va cubriendo de una luz amarillenta y tenue. El mismo paisaje de restos industriales y tierra yerma que nos recibe cada mañana, y en el que es casi imposible reconocer los recuerdos de nuestra niñez. Los días lejanos cuando todo el horizonte era abarcado por campos de cereales creciendo alrededor del río donde se alzaban las mitológicas fábricas. En algún momento de todo aquello llegaron las Grandes Guerras, la Doctrina Final, las lluvias ácidas y las nubes radioactivas. Cabalgando como jinetes malditos sobre un paisaje que fue muriendo lentamente: casi sin darnos cuenta desapareció la vegetación, y la lluvia, sin raíces que la sujetasen, empezó a transformar todo en un barrizal ocre donde se ahogaba la vida.

[…] Continuará (siempre quise decir eso)…

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