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Llámame

Llámame en febrero. Allá cuando todos los agostos sean uno solo y muy lejano, y el frío haya lijado los vértices de mis huesos, y mis ojos azules se hayan tornado del color del agua sucia. Llámame entonces. Felicítame. Porque seré más viejo que el tiempo, más esquivo que el olvido, más sutil que el silencio. Envíame flores de plástico con un abrazo escrito en letras mayúsculas y un tehechodemenos pequeño y con faltas de ortografía… Hazlo, anda, llámame, felicítame por todo eso… Porque olvidar me costó menos que recordar y más que morirme, porque volví a propósito para decirte que me iba, para recordarte que, durante un rato, te quise más que a nada y quitarme de la boca el sabor amargo de no habértelo dicho nunca, para dar el último trago a la cicuta del recuerdo, para jugar contigo otra vez a lo que quisieses, y dejarme perder, claro, y convertirte en la destinataria de todos los mensajes de falsas condolencias de esos amigos que repetían insistentemente “si ya te dijimos que era un mal tipo”… Que no me importa, que asumo con dignidad el papel de cabrón y no me importa… tú llámame en febrero y felicítame por haber vuelto a perder venciendo

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