historia, memoria,  leer

sólo los muertos

..ahí quedan los muertos, perdidos ya en ese instante sus nombres, todas sus historias desaparecidas de la memoria de los vivos que pronto convertirán en polvo cada uno de sus recuerdos…

…brazos amontonados en desorden, cuerpos rotos en posturas imposibles. Desmadejados como piezas desechadas en el juego de algún Dios…

…y ese olor flotando en el aire. El olor dulzón de la carne muerta y rasgada pegado al paladar de los hombres que dirigen sus ojos vacíos a la fosa abierta ante sus pies…

…y, por encima de todo, flota el silencio. El silencio de una naturaleza que ante el ruido de los fusiles calla cobarde y suspende sus actividades durante un instante, sin entender nada de los hombres ni sus batallas.

Todos bajan las armas y permanecen firmes en sus puestos sin atreverse a realizar movimiento alguno. Incómodos en sus posiciones mientras miran de reojo a la figura que ha dirigido el pelotón hace unos segundos, y que ahora es apenas un borrón grisáceo entre la bruma del amanecer. Mira hacia el frente, hacia la fosa común, ignorando las prisas de sus hombres que ven crecer un amago de sonrisa en sus ojos. Se pone a la altura de los muertos y lentamente se baja los pantalones, mostrando ante ellos una verga pequeña y deslucida que sujeta con mano firme.

Los hombres vuelven rápidamente la vista al frente y cuadran sus figuras hasta adoptar un aire de desfile marcial. Recurren a la férrea disciplina para intentar sacar de sus mentes la imagen de su superior, masturbándose ritmicamente ante un puñado de cadáveres que nada pueden hacer para impedirlo.

El pequeño hombre se esfuerza en la tarea, gruesas gotas de sudor perlan su frente haciéndole lanzar chorros de vapor por la boca entreabierta. Jadea con fuerza; sus pulmones, rotos por el aire helado de la mañana, empujan con fuerza un grito desgarrador que acompaña a su simiente, apenas un escupitajo, en un viaje hacia una tierra que no llega a mancillar: es recogida por la mano tinta en sangre de un cadáver que mira al cielo a través de unos ojos incrédulos.

Su superior se sacude el miembro satisfecho, y lo devuelve al oscuro cúbil de sus pantalones. Con un último vistazo alrededor se gira y grita: dejadlos sin enterrar y vayámonos de aquí.

Presenciar ese acto había sido, para no alargar más la historia, lo que le había llevado a dimitir de todo aquello. Una idea que, quizás, llevaba tiempo navegando a la deriva en su cabeza, y que en ese instante encontró donde tomar tierra firme y crecer cada vez más con más fuerza hasta dejar de ser algo abstracto.

Pero, como le informó con tono de homilía y cierta brusquedad el Jefe de escuadra, no es posible dimitir cuando es la madre patria quien te impone la misión. Lo dijo paseando arriba y abajo de la pequeña sala de la escuela para, finalmente, detenerse ante él y señalarle un párrafo de un gastado ejemplar del código de justicia militar, título XV Capítulo II artículo 860… las sentencias dictadas en estos juicios podrán ejecutarse sin dilación y sin necesidad del trámite de comunicación al Gobierno y recepción del enterado, incluso tratándose de la pena de muerte

Le habían cogido a los dos días de ocultarse en el monte, sin otro plan que seguir huyendo lejos de todo aquello, exhausto y hambriento, pero al menos libre. Le golpearon un poco, le arrancaron el arma y el uniforme, y le pusieron junto a un puñado de miserables que no conocía de nada, justo enfrente de sus antiguos compañeros ocultos tras los fusiles hambrientos. Todo dentro del reglamento, dos fusiles ante cada uno de los desgraciados de la larga fila de condenados, que le miran extrañados al no reconocerle.

…los jóvenes mirando desafiantes al frente con una valentía que es evidente no sienten. Los más viejos, en cambio, con esa resignación aprendida de tomar las cosas según vienen, sin hacer muchas preguntas…

… el baja la cabeza intentando que ni unos ni otros le vean llorar, no quiere arrebatarse ese último gesto de dignidad, lo último que se llevará consigo…

… preparados… apunten… fuego

… y de nuevo el silencio. El silencio cobarde y cómplice de una tumba anónima.

.. por cierto, estas líneas crecen a la sombra de estas otras….

8 Comments

  • Ybris

    Tras los soldados los muertos.
    Tras las patrias los muertos.
    Tras las guerras los muertos.
    Cuando a tanto horror se le une el desprecio a los vencidos la única dignidad posible es el marcharse.

    Terrible belleza tu relato, amigo. Digna continuación del del abuelo mal soldado y excelente persona.

    Para descubrirse.
    Un fuerte abrazo.

  • Tumulario

    Trascribo las palabras de alguien que me fué muy querido.
    “No hay mayor mentira que la patria, no hay mayor error que el deber, si la tierra debería ser de todos, pues a todos nos acogerá en su seno, ¿como pelear por algo que no es nuestro?. ¿Deber de que?, ¿de morir (o de matar si acaso) por algo que no es nuestro?, por las ideas me direis, pero ¿si las ideas son buenas, es necesario morir (o matar si acaso) por ellas?”

    Un abrazo desde mi túmulo

  • la chica triste de la parada de autobús

    Me uno a Marvel Girl: se me ha puesto la carne de gallina. Y últimamente no es fácil conseguir que yo me emocione con un texto. Gracias una vez más.

  • laluz

    Silencio.

    Eso es lo que queda siempre después del horror. Sólo silencio. De los muertos, de las patrias, de los vivos. De la tierra.

    Nosotros que podemos, debemos empezar a gritar.

    Como siempre, fantástico.

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