leer,  mirar

las estatuas de la galería

Todas las estatuas de la galería reposaban sin cabeza sobre columnas llenas de filigranas. Buscó las extremidades desaparecidas en el patio, en los cientos de corredores y en la sala capitular. No estaban en parte alguna, aquellas estatuas parecían haber sido talladas con un hueco en el lugar que correspondía a la cabeza.

No pudo evitar una risa histérica al comprender lo que representaban: eran como las figuras que danzaban en sus pesadillas.

Había llegado a las ruinas de aquel monasterio en busca de un refugio y un olvido que no creía merecer y allí, entre los muros de piedra, aguardaban todos sus fantasmas atrapados en una muerte sin el descanso prometido. Él estaba vivo y todos ellos muertos, entendía su enfado, el tampoco quería seguir con vida.

Decidió que fuese el tiempo quién dejase alguna explicación en la orilla de su subconsciente. Pasaron los días sin tregua y en el cuarto amanecer la fiebre cubrió de niebla cada uno de sus pensamientos, perdió el norte, el sur y no le quedo nada entre las manos a lo que aferrarse. Apenas había comido ni dormido en las últimas semanas y los fantasmas decidieron, por fin, mostrarse ante él.

No quedaba mucho de ellos, algunos trozos de carne que sobresalían entre unos huesos amarillentos que levantaban para señalarle con dedos putrefactos. No podían hablar pero no hacía falta, sabía lo que querían decirle. Tú nos traicionaste a todos, aún seguimos esperando que vuelvas. Es eso, ¿verdad?, les grito. No hubo respuesta.

Aún no había visto al peor de ellos, aguardaba inmóvil en el fondo de la sala. Un esqueleto casi sin ropa, unos huesos pequeños y frágiles de gorrión y los brazos y piernas rotos en posiciones extrañas que dolía sólo de verlos. Lo reconoció al instante y supo que ya nunca encontraría el perdón ni el descanso: aquel fantasma sería el último recuerdo que tendría de la mujer que había amado, un recuerdo que le perseguiría por el resto de sus días.

No pudo seguir mirando.

Escribió todos y cada uno de sus pecados con ceniza en las paredes del refectorio. Bailó desnudo y llamó a la muerte en todas las lenguas que conocía. Cuando nada de eso funcionó, defecó con rabia sobre los libros sagrados y prendió fuego al cristo petrificado de la sacristía.

La muerte pasó a su lado sin apenas mirarle.

Al séptimo día comenzó a cavar las tumbas. Una por cada aparición, una por cada historia que ya nunca sería contada. La última, la suya, en la que esperaba encontrar el descanso justo al lado de la destinada a la mujer de los brazos rotos. Al otro extremo dos tumbas más pequeñas, mucho más pequeñas.

La muerte, impasible, aguardaba paciente a que finalizase el trabajo. Tenía los brazos cruzados y lo miraba con desprecio. No tenía ninguna prisa, ya sabía como terminaba aquella historia.

15 Comments

  • Alma

    No sé si lo he comprendido bien, a veces leer(te) a estas horas no es aconsejable… pero me pregunto ¿por qué? …como dije las otras veces, no soy quién para juzgar a un otro sobre la propia vida o muerte, no estoy del todo convencida que como dicen muchos, el suicidio sea un acto de cobardía ante la vida… pero si ésta es una decisión o elección respetable, no creo lo sea el llevarse a algún otro, por más amor que se pueda profesar. El acto de amor más grande es dar la vida… el quitarla todo lo contrario.

    Un beso y disculpa si he comprendido todo mal…😕

  • torosalvaje

    La muerte no tiene prisa.
    Nos mira desde pequeños con ojos impasibles ante nuestros desvaríos que van cambiando con los años… y un día se nos lleva.

    El relato es estremecedor.

  • Beauséant

    Los fantasmas siempre tienen nombres, MENTO, eso es cierto, incluso de aquellos que nunca nos dijeron el suyo, acaban por tener un nombre al recordarlos.

    Todas las historias tienen un cierre, MARÍA DORADA, no siempre lo escriben los mismos, a veces el cierre lo ponen otros en nuestro lugar.

    Tiene sentido lo que dices, ALMA, aunque en este caso pensaba alejarme más de la idea del suicidio y centrarme más en como la muerte conoce nuestros inicios y nuestros finales, sabe cada paso que daremos y en el fondo no le importamos nada porque sabe que nos acabará encontrando… Pero tu vertiente me gusta mucho y de alguna forma lo complementa, así que gracias por compartirla 🙂

    La muerte, TOROSALVAJE, ya nos ha visto caer, soñar, mentir y gritar, en el fondo no le interesamos nada, le parecemos pequeños, fatuos y profundamente estúpidos… deberíamos tener ese claro cada día que nos levantamos, ¿verdad?

    Supongo, MYRIAM, que en el fondo debemos hacerle gracia, sí. Con nuestra solemnidad, nuestros grandes gestos y, ya ves, no somos nada …

  • Carmen

    El final acentúa el escalofrío.
    La mujer de los brazos rotos y las dos tumbas pequeñas…encogen el corazón…mientras la Muerte se ríe de nosotros.

    Besos.

  • Beauséant

    Sospecho, MANUELA FERNÁNDEZ, que no es que espere, es que esta en un lado y en el otro, en el futuro y en el presente, a la vez, viéndolo todo. Observando como tropezamos una y mil veces con las mismas piedras….

    Gracias, MUCHA, nunca es tarde para dejar de crecer, creo que eso es algo que debería hacerse toda la vida 😉

    Una mezcla, CARMEN, de burla y de desdén, tras tantos años viéndonos enrededados en las mismas cosas supongo que debe estar un poco cansada de la humanidad, ¿no?

  • Ángeles

    Me ha encantado el relato. Las estatuas me fascinan de una forma que no sé explicar, así que sólo con la foto y la primera frase has captado toda mi atención. Luego me ha interesado el tema y me ha gustado mucho la atmósfera que has logrado.
    Saludos.

  • Paloma

    Lo que me gustaría saber es si murió en paz, si se perdonó y sintió que los otros le habían perdonado a su vez.

    Tenemos un final y nos asusta pero creo que la inmortalidad sería mucho peor, además de imposible desde el punto de vista práctico.

    Buen relato y muy bonita imagen, con esos reflejos de la vidriera en la piedra.

  • Beauséant

    A mi me resultan muy curiosas las estatuas en general, ÁNGELES, implican mucho trabajo y tienen siempre una finalidad que, con el paso de los siglos muchas veces se pierde. En este caso estaban sin cabeza debido a que las usaron para hacer tiro al blanco durante la guerra, ya ves…

    Me gusto mucho la combinación de la sombra con la estatua, PALOMA, aunque en la foto original no se vea tan clara esa sombra 😉 El tema de la inmortalidad es algo muy recurrente en la ciencia ficción y la fantasía y la conclusión suele ser esa, que no merece la pena… Supongo que vale más irse en paz,…

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