leer

la tormenta

Últimamente veo la muerte en todas partes, irremediablemente cercana en cada acto, en cada palabra. Quizás cercana no sea la palabra adecuada, es algo liminal, como un recordatorio de que no tenemos todo el tiempo del mundo. Un aviso en brillante nEóN sobre un cielo nocturno para decirme que debería dejar de soñar con una segunda oportunidad y hacer algo, pero el qué.

No hay respuesta.

Mi vecina tiene un perro colosal, una bestia peluda y estúpida con un corazón enorme que vive aterrada. Camina encogida con el rabo pegado a los cuartos traseros y mira con pavor a su alrededor hasta que, a veces, se detiene incapaz de dar un paso más y te mira con unos ojos enormes y abisales. Cuando te agachas a su altura notas el corazón palpitando a toda velocidad y enseguida busca tu olor y se refugia bajo los brazos intentando no ver lo que hay alrededor. Es imposible saber lo que pasa por su cabezota, que pudo ocurrir para que en su vida sólo hubiese lugar para ese miedo que todo lo empuja y no deja espacio para nada más.

Mi vecina tiene a ese perro, un divorcio y un trabajo que le hace viajar por todo al país. Ahora el perro y yo dormimos muchas noches juntos; el se refugia bajo la manta en el suelo y se pone a temblar hasta que doy dos golpecitos sobre el colchón y se sube corriendo para poner el hocico sobre mis tobillos.

En las noches de tormenta gime y tirita hasta que sale corriendo con la manta enrollada al cuerpo y se sube sobre la mesa para ver la tormenta arrasando la calle. No para de ladrar hasta que me despierto y me pongo a su lado, y así pasamos la noche: sumidos cada uno en sus pensamientos y soñando despiertos con que una tormenta nos lleve lejos de todos nuestros miedos. Sin creer, pero sin dejar de hacerlo, en los pequeños milagros que salvan una historia antes de que alguien, posiblemente Dios, escriba un “The End” en la pantalla con unas enormes letras de escolar aplicado.

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