la cuenta de los días

la cuenta de los días

En los tiempos del dictador era imposible saber cuántos días duraría el año.

Cuando mi abuela arrojaba alguna de esas frases en medio de las reuniones familiares todos en la habitación componían sus mejores gestos de disgusto y, de forma apenas perceptible, empezaban a caminar hacia atrás hasta que alcanzaban la puerta y me dejaban a solas con esas historias en las que era imposible saber dónde se encontraba la separación entre lo real y lo imaginario.

Las ocupaciones principales del dictador, enumeraba mi abuela, eran la caza, asistir a misa y firmar órdenes de ejecución contra los innumerables enemigos de la patria. Enemigos reales al principio, una vez acabada la guerra, pero cada vez más difusos y perdidos entre la bruma de un régimen que necesitaba justificar su existencia en contra del tiempo y de la lógica.

Cuando se cansaba de sostener sobre sus hombros el peso de aquel país anclado en el pasado, el dictador se marchaba a Europa a tener tórridos romances con viejas glorias de la nobleza europea que aún encontraban exótico aquel país perdido en los mapas y firme guardián de las más vetustas tradiciones. La mayoría de ellas, añadía mi abuela con una sonrisa picara, habían sido auténticos bellezones en el pasado, pero ya habían dejado muy lejos su mejor momento y ansiaban recuperar algo de aquella gloria pasada donde la gente les hacia reverencias al pasar y vivían en lujosos palacios que no olían a humedad y derribo.

Al volver de aquellos viajes el patricio lo hacía hastiado de la vida, cruelmente atrapado en la trampa de su propia übermensch y necesitado de algún impulso que le permitiese seguir al frente de su menguante imperio. Reunía entonces a sus ministros, edecanes y chambelanes y anunciaba que era el momento de empezar un nuevo año. No importaba el día exacto, era la palabra de un elegido por Dios contra la que no cabía discusión alguna.

A las pocas horas los ministros, obispos y hasta el último frailecito recorrían las aldeas y pueblos comunicando la buena nueva. En apenas una semana el país entero se vestía con sus mejores galas y esperaba impaciente el discurso del dictador en todas las emisoras anunciando las festividades y desgranando los grandes éxitos cosechados durante el año anterior.

A veces el fin de año se celebraba en pleno verano bajo un calor asfixiante, otras tenían que abandonar sus cosechas y animales para poder acudir a las misas y festejos. No había forma de saber cuando tocaría, pero no había excusa alguna para no estar presente. Hasta los muertos quedaban atrapados en sus pútridos cuerpos hasta el fin de las conmemoraciones; el cielo era un paréntesis eterno que podía esperar.

Algunos años, recordaba mi abuela, los años habían tenido poco menos de seis meses, otros incluso llegaron a coincidir en plenas aventuras amorosas del prócer y se alargaron durante casi tres años. No había forma de saberlo, añadía moviendo la cabeza con pesadumbre, porque entonces los calendarios estaban prohibidos y los que llevaban la cuenta de los días se jugaban la vida. Aunque al parecer siempre había formas de escaparse a la censura: unas rayas pintadas en el granero, un montoncito de piedras en la alacena… Puede parecerte una estupidez jugarte la vida por semejante tontería, me clava sus ojos glaucos mientras me lo dice, pero necesitábamos creer que al menos nuestro tiempo nos pertenecía.

En elArtistaDelAlambre (c) tenemos a nuestro propio GV, Gobernante Vitalicio, que con su gran benevolencia decide lo que es bueno y justo para nosotros y, de forma parecida al dictador que describía mi abuela, cuando se cansa del inabarcable paso del tiempo nos reúne en su enorme despacho, nos pide juntar todos los textos y reencuadrar las fotos para aunarlo todo en un libro que, con gran tino, llama resumen anual, aunque rara vez abarque doce meses.

El resumen de este año lo he dejado en la trastienda.

Si lo prefieren en formato PDF, aquí, y en formato “libro” en este otro aquí.

Que lo disfruten.

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