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el champán de los viejos tiempos

El país se enfrentaba a su mayor crisis del último siglo. Las empresas cerraban al ritmo marcado por inversores devenidos en adivinos, las deudas sólo valían el papel en el que se habían impreso y nadie se fiaba de los balances presentados en bonitas carpetas de alegres colores.

Era el caos, la voladura sistemática de un sistema nacido para ser eterno. Así lo creían, eterno, de verdad lo hacían. Pobres necios.

En la bolsa, cada mañana un puñado de ejecutivos trajeados rechinaban sus dientes. Miraban aterrorizados las gráficas en caída libre y no dejaban de discurrir estrategias y planes para reanimar aquel cachalote varado en la playa y herido de muerte.

Parecía sencillo, la última vez que se enfrentaron a un problema semejante los chamanes y adivinos invocaron con sus tambores a los viejos dioses de la guerra y estos vinieron en su ayuda para eliminar de la ecuación y de la faz de la tierra a un ejército de desempleados. Como por arte de magia, qué otra cosa podría ser, los números negros comenzaron a brotar en los balances.

Aquello había sido en los viejos tiempos, cuando el mundo era sencillo y se regía por sencillas reglas. Unas reglas que ya no servían: los dioses de la guerra se habían vuelto demasiado colosales, incontrolables, tanto que podían destruir a aquellos que osasen invocarlos. El mundo era un lugar demasiado grande, un tablero sin fronteras en el que todas las piezas parecían colocadas una tras la siguiente. Era imposible tirar una sin arriesgarte a tirarlas todas.

Ellos lo sabían, los ministros, asesores y el propio presidente. Sobre todo el presidente con sus ojos desbocados y la corbata convertida en un guiñapo con forma de signo de interrogación. Por eso estaban allí, reunidos con los que de verdad gobernaban en aquel país: banqueros, empresarios y tipos desconocidos, sin rostro, que se encargaban de lanzar sus mágicos dados y, zas, movían miles de millones en apenas un chasquido de sus dedos, ajenos a las leyes de los hombres y la geografía.

Estaban alrededor de la mesa de nogal de las grandes celebraciones que siempre acababan encharcadas en el mejor champán. Todos de pie, observando atónitos a un tipo sentado en la cabecera que, ajeno a cualquier regla de cortesía, daba pequeños sorbos a una taza de té y roía unas galletitas que empezaba mordiendo desde el exterior y con sus dientes de conejo la iba reduciendo a un diminuto círculo que se metía en la boca con un deleite cercano al acto sexual.

Aquel hombre, sentado e indiferente al poder reunido en la sala era el motivo de la reunión. Un tipo anodino con un traje gris y anticuado que no parecía de su talla, calvo y con una generosa mata de pelo hirsuto brotando de sus orejas, era ahora la persona más importante del país.

El hombrecito no pareció inmutarse ante la presencia de los prohombres de la patria. Levantó la cabeza y poso sus ojos de un leve tono amarillento en un recorrido circular por todos los presentes antes de invitarles a tomar asiento con un gesto,como si todo aquello le perteneciese. Ante cada una de las sillas había una carpeta cerrada de color rojo y con el nombre de cada persona escrita a mano en una etiqueta.

El presidente del país, un tipo dócil y flexible ante el poder, fue el primero en intuir el cambio de energía en la sala, asintió con la cabeza y se apresuró a sentarse en el sitio que le correspondía y abrir la carpeta.

Banderas, el contenido de las carpetas era eso, fotos con la bandera del país en varios diseños y formas. Los autores habían incluso recuperado el viejo león rampante que cerraba la bandera cuando se creyeron un imperio. Las últimas páginas correspondían a montajes de las plazas y edificios más importantes en las que habían añadido esas mismas banderas ondeando gloriosas contra cielos de un azul impoluto.

Banderas, graznó el presidente al borde del llanto. Eso es todo lo que has traído.

Exacto, el hombrecito había decidido levantarse y todos comprobaron con sorpresa que era mucho más alto de lo que parecía. Banderas, llenen el país de banderas. Recuperen cualquier acontecimiento del pasado glorioso y hagan fiestas y homenajes como si hubiese sucedido ayer. Si no tienen nada épico que contar, no importa, tienen a sueldo a muchos historiadores deseosos de componer una bonita historia. Al decir esto clavó sus ojos ambarinos sobre el presidente de la mayor compañía automovilística del país que afirmaba haber sido piloto de rallies en su juventud.

¿Y después?

Después, lloren por ese pasado perdido, afirmen que quieren recuperarlo y culpen a los de fuera, a todos los que piensen otra cosa, por no lograrlo. Recuperen los viejos rituales y tradiciones, hagan desfiles por todo el país sin olvidar llevar la bandera a todas partes…y roben, arrasen con todo lo que queda aún en pie en el país. Llénense los bolsillos hasta la extenuación y fínjanse pasmados cuando todo se derrumbe. Ya se les ocurrirá un culpable.

Sus palabras cayeron en la sala como copos de nieve en medio de un bosque al atardecer. Todos miraban a sus carpetas y parecían buscar como locos palabras en los bolsillos de sus trajes.

No hizo falta, el presidente del país se levantó de su silla y comenzó a aplaudir en dirección al tipo del traje gris y anticuado con una gran sonrisa, tras tantas semanas ausente, dibujada en su rostro.

Al poco rato toda la sala estaba unida a ese aplauso y alguien pedía con gestos urgentes al ujier que fuese a buscar el champán de los viejos tiempos.

12 Comments

  • Alma

    Te iba leyendo y una sonrisa irónica se me dibujaba en el rostro… tal cual como lo dices, y hasta tal vez peor… la realidad supera de mucho a la ficción.

    Hace tiempo que no pasaba por aquí, y es un placer volver a hacerlo. Un beso.

  • Anonymous

    La bandera como excusa para mangonear como siempre y los de siempre.

    Muy buena la descripción de cómo se come las galletitas, ufffff, ¡qué grima!

    ¿Te puedes creer que el domingo vi a algunos abanderados brindando con champán?

  • Beauséant

    Siempre me ha producido curiosidad, Alma, las conversaciones que tendrán cuando están seguros de que nadie les graba, cómo se pactan se hacen y se deshacen las cosas… he pensado al escribirlo que quizás estaba exagerando, pero al terminarlo ya no lo tengo tan claro, la verdad.

    Todos queremos creer en algo, Toro Salvaje, algunos buscan dioses, otros medicinas alternativas que nunca te curan.. y, bueno, hay gente que usa las banderas. Nada de eso es malo hasta que quieres imponer tus tonterías sobre las tonterías del resto… mundo loco, sí.

    El texto estaba escrito de antes, Paloma, pero es cierto que el empujón final para publicarlo tuvo algo que ver con eso que mencionas. No sé, cada día entiendo menos cosas, esa es la verdad.

    No me hagas mucho caso, Carmen Troncoso, pero creo que la bandera de la paz tiene copyright a nombre de un fondo inversor con sede en las Bahamas. No puedes usarla sin su permiso.

    Muchas gracias, Carmen, no quería ocupar mucho con las descripciones, pero en el caso de ese personaje decidí estirar un poco el texto porque según lo iba escribiendo más manía me daba 🙂

  • Ángeles

    Unos y otros peleándose a banderazos, y los del champán frotándose las manos y llenándose los bolsillos. La vieja historia del mundo.

    Un texto excelente, y me ha encantado la imagen de los prohombres “buscando palabras en los bolsillos de sus trajes”.

  • .+**+.Kadannek.+**+.

    Como mensaje me parece fuerte y claro lo que intentas transmitir en tu relato. Duele, encoleriza, da una sensación de tragi-comedia, sobre todo porque pareciera que ni entendieran lo que hacen. Que se inventan las estrategias que ni son estrategias dignas, sino salidas a la loca.
    A nivel narrativo está bien, pero bajo mi gusto muy personal, las historias con tintes políticos no me atrapan, de hecho, me aburren un poco. Me gustó esa pincelada ancestral que le diste al principio y me quedé esperando un acto mágico, ese “algo” que usualmente me deja taciturna o divertida. No está mal, entiendo que estos son temas o alegatos que hay que desahogar tarde o temprano, así que lo que quiero lo buscaré en otros de tus posts.

    Saludos.

  • Beauséant

    A mi me encanta, Mucha, cuando me entregas los comentarios en forma de poesía.. mis sueños son pequeñitos, pero siempre queda sitio.

    Muchas gracias, Ángeles, es una historia muy vieja, como dices, pero de vez en cuando vuelve y siempre parece la misma, cuesta creer que algunos sigan creyendo en ella…

    Lo malo, Jo, es que mientras la mayoría nos movemos en esa incertidumbre, otros lo tengan muy claro, demasiado claro, y sepan los hilos que tienen que mover para que nos movamos sin hacer preguntas.

    A pesar de la autoría, .+**+.KADANNEK.+**+., estoy de acuerdo con lo que dices. Casi nunca escribo sobre política por eso, porque es volcar la rabia sin llegar a parte alguna.. pero es lo que dices, a veces tienes cosas y necesitas decirlas, y el empacho de banderas que estamos teniendo en los últimos meses por toda Europa acabó por atragantarse. Y sí, mi idea era ir por otros derroteros con la historia, pero…
    Te agradezco mucho la crítica, se aprende y se avanza.

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