cosas que debí decirte

Estuvimos casados cincuenta años y creo que nunca llegué a conocer a tu padre. Era como pelar una cebolla. A cada persona, en cada situación le mostraba una capa distinta, la que deseaban ver.

Ese era él, un empleado serio y abnegado que siempre se ofrecía para los peores turnos, el padre ausente que regresaba con nuevas historias y regalos antes de volver a desaparecer. No, nunca supimos quién era, siempre parecía estar con nosotros, entregado en cuerpo y alma, pero nunca lo estaba.

Incluso contigo tenía otro trato, no lo niegues. Creía que eras especial, tenías otra sensibilidad, decía, distinta a la de tus hermanos. Os pasabais horas sentados sin decir una palabra y al terminar os mirabais con una sonrisa como si hubieseis intercambiado algo secreto y muy valioso por telepatía.

Eres como él, lo sabes. A veces me das miedo, nunca te lo he dicho pero ya da lo mismo. Sé que te esfuerzas, que por fuera te vemos llevar una vida normal, llena de proyectos y metas, pero no engañas a nadie. Es un esfuerzo inútil.

Eso les pasa a todas esas chicas que nos presentas, ¿verdad?. Llevo la cuenta, cada tres años desaparecen de tu vida y no volvemos a saber nada de ellas. Creo que es lo que tardan en conocerte, ¿verdad?

Yo sí, las recuerdo. Todas con esa mirada alelada, deseando creerte, formar parte de una vida en la que sólo dejabas espacio para ti. Las recuerdo, ya lo creo, las arrastrabas a esas celebraciones familiares que tanto odias, las dejabas en la mesa con nosotros y desaparecías de la conversación. Te refugiabas en tu mundo, en esa zona oscura. Nos escuchabas parlotear sobre banalidades y sonreías como un titiritero que observa lleno de orgullo como sus pobres y estúpidas marionetas han cobrado vida.

La gente hacemos eso, lo necesitamos aunque no puedas entenderlo. Hablamos de banalidades para no dejarnos atrapar por todas las cosas aterradoras que nos rodean. Tú no, tú lo único que quieres es alejarte de todos. Lo sé, ahora lo sé, por fin lo he entendido, eres como tu padre. A los tres años yo también debería haberlo comprendido y huir de su vida, pero era otra época, las mujeres no podíamos hacer esas cosas. Estaba atrapada en esa maldita casa, con vosotros, entre vuestros silencios.


Me resulta increíble que mi madre, que ha pasado los últimos cinco días en el hospital con una insuficiencia respiratoria aguda, haya podido hilvanar un monólogo tan largo en el breve espacio de tiempo que va desde el ascensor hasta su nueva habitación en la residencia.

La enfermera, una mujer pequeña y de piel tostada que proviene de algún lugar de América del Sur, es una profesional que mueve la silla de ruedas sin apenas esfuerzo y con la vista fija al frente, como si fuese incapaz de escuchar la conversación. Son como autómatas bien entrenados que sólo se activan al escuchar su nombre; entonces giran la cabeza y la ladean asintiendo con una sonrisa que demuestra lo importantes que son tus palabras, lo mucho que las necesitaban para justificar su existencia.

Es una gran residencia, sé que mamá me lo acabará agradeciendo. Necesita algo de tranquilidad tras tres años viviendo conmigo en esa vieja casa después de la muerte de mi padre.

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