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    Septiembre

    Mi apartamento huele a café. Desde aquí, puedo oír a alguien tocando la flauta. Una melodía entrecortada que sobrevuela los tejados hasta llegar a mi casa y convertirse en la curiosa banda sonora de una tarde de domingo de finales de septiembre. Siempre me ha parecido que el único comienzo posible del año ha de ocurrir en septiembre. No hay otra. Septiembre. Si algo ha de comenzar otra vez, que sea después del dilatado letargo estival. Algo así como una nueva oportunidad. Una vuelta a la casilla de salida. Un “venga, chaval, inténtalo otra vez”. Mudar la piel, literalmente, y empezar algo nuevo. Tal vez incluso bello. Suena bien. Y…

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    pequeños tristes milagros

    El destino la tiene amarrada a una silla de ruedas desde hace años y no quiere liberarla. Quizás no sea el destino, quizás sea mala suerte. Hay vidas que parecen una deuda pendiente que nunca se termina de pagar. Apenas parece un ser vivo cuando la mujer dominicana que se encarga de ella tres días por semana empuja por la acera el artefacto metálico. Casi no se mueve, y cuando lo hace se diría que lo hace mecida por el propio viento porque no parece quedar un soplo de vida en sus pulmones ni una gota de sangre en los labios blancos y llenos de heridas. Pero no siempre es…

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    las paredes en Glasgow

    Glasgow, como toda ciudad moderna y orgullosa de serlo, pone a disposición del viajero un buen número de callejones sórdidos y oscuros donde el turista despistado puede ser apuñalado con saña con el único fin de robarle su preciado equipo fotográfico. Vas caminando por la calle principal, Buchanan Street o alguna de nombre parecido, con sus japoneses, sus ruidos llenos de olores y sus escaparates de sueños imposibles y, casi sin remedio, no puedes evitar reparar en un estrecho callejón lleno de porquería, suciedad y turbias miradas que lo mismo acaban con tus huesos en la cama de algún hostal de mala muerte que en la de un hospital donde…

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    trenes a los que nunca subimos

    Todos nuestros sueños eran pequeños y manejables. Como si ya entonces nos diese miedo pedir demasiado a una vida que, incluso desde nuestra recién terminada adolescencia, era fácil sospechar que no sería gran cosa. Como casi todas las vidas, cierto, pero eso es algo que lleva mucho tiempo admitir. Toda una vida en concreto. Y esa vida se nos fue llenado de trenes a los que nunca subimos. Los vimos pasar desde el andén y les dijimos adiós con el pañuelo mientras no dejábamos de soñar en cómo habría sido estar en ellos. Vendrían otros trenes, nos decíamos para darnos ánimos, para no tener que pensar, para… Qué huecas y…

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    nuestras vidas

    Nuestras vidas, hermano, son un breve viaje por las tripas de Dios. Pronto nos cagarán. Aquellas colinas no son colinas, sino almorranas divinas, y el mundo es una masa de caca sagrada en la que al final nos hundiremos. Copérnico. John Banville,

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    coleccionista de momentos

    El trípode se encontraba en un equilibrio precario sobre el terreno, aún húmedo y resbaladizo por las últimas lluvias. El hombre había intentando colocarlo varias veces afianzando con fuerza las patas a la tierra, pero en cuanto se alejaba un paso se vencía hacia un lado o el contrario amenazando con estrellar la cámara contra el suelo. Creo que estaba a punto de rendirse cuando le ofrecí mi ayuda. Él no hablaba mi idioma ni yo el suyo, pero logramos encontrar una lengua koiné con la que poder establecer algo parecido a una comunicación que completamos con aspavientos y movimientos de cabeza y que era casi tan precaria como su…

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    nunca llueve así en Madrid

    Nunca llueve así en Madrid. Era una lluvia de tiempos mucho más antiguos. Un vendaval extraviado que había cubierto Madrid de unas nubes insondables que atronaban y descargaban con furia puñados de agua contra los cristales de los coches y amenazaba con arrancar del suelo a los peatones parapetados tras paraguas vencidos. Nunca llueve así en Madrid. Tu conducías y fingías sentirte seguro pero notaba tu nerviosismo como un pequeño arco eléctrico establecido entre los dos. Movías la cabeza a un lado y al contrario buscando resquicios entre los limpiaparabrisas que no daban a basto y manoteabas entre los mandos del salpicadero intentando encontrar las luces antinieblas. Sólo las luces…

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    una teta que lee

    Una teta instruida, una teta que lee, es una criatura extraordinaria y peligrosa. Una teta lectora es una teta que, por escribirlo de alguna forma, ha ido y ha vuelto de sitios que le estaban vetados. Y lo más importante, ha logrado regresar de esa odisea con algo atrapado entre las manos mientras el resto de sus congéneres, como buenas criaturas pasivas que son, permanecían impasibles en sus asientos esperando las respuestas que otros fabricaron. Estamos solos, ellas bien lo saben, y peleamos nuestras vidas en medio de esa sucia soledad, atrapados, cegados en un barro en el que nosotros mismos nos hemos enterrado y del que sólo se puede…

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    siempre nos quedará California

    Percibo esa energía extraña nada más llegar a la oficina. Una fuerza telúrica cuyo epicentro, una solida mezcla de sudor, cansancio y comida rancia, parece emerger del cuadrado ocupado por la mesa de mi compañero. Tras ella se apoya exultante el orgulloso dueño de una calva que brilla intermitente bajo la luz del flexo y un cuerpo regordete del que sobresalen unas extremidades que parecen haber brotado por accidente. Se encuentra feliz allí, ese es su refugio, su zona de seguridad que ha minado con un montón de cartulinas desperdigadas y filas y filas de hojas de cálculo evisceradas sobre la superficie. Como buen gestor, mi compañero busca con ahínco…