un trato justo

¿Lo ves?, cada vez que los barbas dan un golpe de estado el pueblo se queda sin papel higiénico. Es una regla de la naturaleza inexorable.

Estamos en la terraza del bar mirando la cola inmóvil establecida a las puertas del economato. La gente sostiene sus tarjetas de racionamiento e intercambian cupones como cartas en un casino aunque ninguno parece llevar la mano ganadora. Mi amigo ha puesto todo su empeño en no llegar sobrio al final del da y como siempre que bebe demasiado vuelca su frustración contra los imposibles que nos rodean.

Alternativas. A eso se reducía todo, nos habíamos quedado sin alternativas. Los tipos barbudos habían dado el décimo golpe de estado del último siglo en aquel diminuto país y ahora estaban en todas las televisiones entonando himnos revolucionarios con el puño en alto.

Abandonados, esa era la conclusión. Nos habían dejado abandonados. Las empresas extranjeras eran el enemigo natural de la revolución según el manual de los barbudos y la nuestra había desalojado todas sus instalaciones y nos había dejado varados como únicos guardianes del imperio en aquel valle lleno de campesinos analfabetos.

El viejo que nos acompañaba miraba cada mañana al horizonte y entre todas aquellas vacas y la niebla de primera hora de la mañana veía desplegarse nuestro futuro: de aquí sólo os podrán sacar con helicóptero. Por esa mierda de carretera no pasara un coche hasta la llegada del verano.

¡Esa mierda de carretera os la hicimos nosotros, desgraciado! Antes de eso sólo había un camino de cabras, imbécil.

Mi compañero esta borracho y enfadado. En los últimos días ha descubierto la especialidad local, un brebaje oscuro que extraen del único árbol que parece crecer en abundancia en la zona y que usan para todo. Con sus hojas tapan sus míseras chozas, de sus raíces sacan ese zumo de alto octanaje y con sus ramas se azotan en las absurdas ceremonias paganas en las que queman a sus muertos. Es algo más que un árbol, es parte de su historia y de su vidas.

El viejo mira a mi compañero y recibe los insultos sin articular una palabra, por algo son el pueblo más pacífico del mundo. Tienen el cerebro carcomido por estar mascando todo el día el fruto tierno de eso árboles mágicos y sus días transcurren en beatífica tranquilidad con el cerebro nublado y soltando regueros verdosos por la boca.

Nos mira con ojos aborregados y vuelve de nuevo a la carretera: nadie pasará por esa carretera. Estáis atrapados. Y escape al suelo un gargajo semoviente para sellar su predicción.

Mi compañero se aleja haciendo aspavientos y me deja a solas con el viejo que no le quita ojo a la carretera.

Mi compañero esta harto. Harto de los niños medios desnudos que nos cobran precios desorbitados por cualquier cosa que necesitemos. Harto de los viejos tronados. Harto del único prostíbulo, situado a treinta kilómetros por carreteras de montaña y habitado por las putas más viejas de todo el continente.

A mi todo esto me parece increíblemente gracioso. Una escenografía de realismo mágico representada en exclusiva para nosotros. Cada mañana desayuno en el mismo bar en el que comeré horas más tarde y paso el día levantado el puño en alto y gritando viva la revolución cada vez que pasa un barbudo por mi lado.

El resto del día transcurre jugando a las cartas y mirando la pantalla de un viejo ordenador portátil con conexión satélite. Esperamos noticias que nunca llegan y que nos hace sospechar que nuestra civilización ha desaparecido y somos los únicos descendientes de nuestra raza.

Si eso fuese así, concluye mi compañero, tendríamos que elegir entre reproducirnos con las putas de la zona o con esas vacas de ahí afuera. Yo lo tendría claro, concluye poniendo los pies encima de la mesa.

Guardianes. Somos los sagrados guardianes de los designios de la compañía. Y es que nuestra compañía es La Compañía. Sedes en cualquier país que se os pueda ocurrir y dinero, montañas de dinero, siempre en continúo movimiento, siempre fugaz y etéreo.

Hemos pasado los dos últimos años horadando esta tierra infame para obtener preciados minerales y a cambio les hemos construido la puñetera carretera y los dos únicos edificios de ladrillo de toda la aldea: un dispensario médico y un economato sólo para empleados.

Esos edificios y un salario de miseria es lo que han obtenido a cambio de su tierra. Para nuestros jefes eso es lo que se llama un trato justo.

La compañía es La Compañía y los barbas nos la quieren joder. Mientras se pone en marcha la maquinaria y se tuercen voluntades a cambio de maletines llenos de dinero, debemos vigilar y defender toda la explotación. Incluso nos dieron un par de preciosos rifles que arrojamos a la sima más profunda que encontramos en cuanto tuvimos ocasión.

Lo cierto es que como guardianes estamos resultando bastante decepcionantes.

Mi compañero gruñe en sueños y manotea contra fantasmas. Me suelo despertar al amanecer con el valle envuelto en una niebla espesa entre cuyos jirones se dejan ver un puñado de vacas que no parecen muy felices.

Es en esta hora del amanecer cuando me ensueño con la idea de arrojar el ordenador por la ventana para quedarnos atrapados para siempre en este valle.

Es una idea breve, fugaz, un chispazo en la conciencia. Pero es una idea que se queda flotando en ella durante todo el día.

un trato justo

6 thoughts on “un trato justo

  1. Casi un alegato.
    Ojalá se expandan las conciencias para mejorar el Planeta, desterrar la ambición inescrupulosa que vuelve despiadados a los hombres… y lograr unidad y paz en nuestra bendita Tierra.
    Un fuerte abrazo estimado amigo.

  2. Intento no hacer alegatos, Adriana Alba, porque mis propias palabras me parecen huecas, una más entre millones… Pero a veces, a veces no puedo evitarlo 😉 Ambición, una terrible palabras con la que justificamos cualquier miseria.

    Torito, en este caso esta totalmente justificado.. y bien hermosas que son esas vacas 😉 Por cierto, he intentando dejar mis ilustres perlas de sabiduría en su santa casa y ha sido imposible. Dice que no soy miembro del equipo. Nunca he sido miembro de equipo alguno, así que no tengo claro a quién debo dirigir mis quejas. ¿Puede usted hacer algo al respecto?

  3. Hola querida
    Hoy te siento como mujer.No por el escrito sino por la manera que contestas…
    me tenés intrigada …eso del anonimato me da dolor de cabeza
    Un abrazo inmenso desde una muy fria Miami

  4. Pero el anonimato no es malo, Mucha, nos permite explorar partes de nuestra personalidad que de otra forma no saldrían a la luz 🙂 Simplemente no te tomes en serio ninguna de las personalidades 😉

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