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Un puñado de mierda

Teníamos un plan. Un buen plan. O lo parecía. Procedía de un lugar y un tiempo distantes. Un residuo espectral de aquellos maravillosos tiempos revolucionarios en que cuantos anhelaban el cambio de una manera programática, ingenua, alocada, imperdonable, subestimaban cómo el político de turno o, en el peor de los casos, la humanidad al completo, destrozaría sus ideas más nobles y las convertiría en una farsa trágica. Como si la artería, la debilidad, la estupidez y la corrupción humanas no tuvieran una sola posibilidad contra lo colectivo, contra el poder de la gente que, unida, con espíritu de equipo, se esforzaba por renovar sus vidas y abolir la injusticia.

Y es curioso porque, tampoco ha sido necesario el transcurrir de un siglo para que muchos hayamos comprendido ya que todo lo que nos incitaba a seguir adelante era un accidente. Como si nunca hubiese habido un plan o como si hubiésemos tenido una altura espiritual o ética o moral inadecuada para el lugar en el que nos encontrábamos. No ha transcurrido un siglo, no. Apenas unos meses, unas semanas, quizás, para adivinar cuál era la hoja de ruta oficial y dar fe de que, efectivamente, más que un instrumento de la historia para rectificar los errores de la sociedad, o, más explícito, de la inefable clase política que nos parasita, hemos sido un instrumento de los de siempre, de ellos, de los que se creen los amos del mundo aunque no lo sean, porque los amos seguimos siendo nosotros, para que sus deseos se ejecuten como desde el minuto uno estaba previsto. Por ello, tal vez, la comprensión ya no es el fundamento sólido de nuestras decisiones, más bien la desesperación y la capitulación. La desesperación de subirse a un autobús que, quien lo fleta, quien lo trae hasta nuestra puerta como haciéndonos el favor, como si de su propio bolsillo hubiese salido la pasta que un macroautobús (¿aquí todo es macro?) debe costar, dice que va a un lugar pero, vete tú a saber, igual miente otra vez y va al mismísimo infierno que, como todo el mundo sabe, ese sí es el lugar idóneo para capitular o, como diría mi amigo Joan, para hacerle el caldo gordo a quien la grandeza de la democracia permitió dirigir la orquesta.

Por eso he decidido que no me subo. Porque teníamos un plan. Un buen plan. Importante y lleno de sentido. Y en él, claro, nadie dijo que tuviésemos que ser cómplices de la estupidez y la corrupción de otros.

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One Comment

  • virgi

    Teníamos un plan.
    En efecto.
    Pero lo que no sabíamos, en nuestra reciente ingenuidad, es que los poderosos siempre tienen un contraplan.
    Y ahí nos han cogido.
    Ahora estamos en el altrocontraplan.
    Besitos

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