Sin noticias de Koyasan

Ya llevaba varios días en Tokyo cuando de manera, aparentemente repentina e inconsciente, se me ocurrió que Japón es muy grande y los destinos de su línea ferroviaria, inescrutables. Mi final, el final, podía encontrarlo en cualquier otro lugar del islote. Una mañana de esas en las que el puto sol naciente se empeñaba en hacerme abrir los ojos a las 6 a.m., decidí tomar un tren a cualquier otra parte. Me subí al primer Shinkansen para el que encontré billete (los bárbaros occidentales lo llamamos tren bala, no por su velocidad sino porque… lo carga el diablo. Eso también lo supe después). Viajé dos horas y media hasta Kyoto, al lado de una señora, la única, parece ser, que no miraba obstinadamente su teléfono móvil o que no se dormía sin reparos sobre el hombro del ocupante del asiento de al lado, que es lo más habitual en trenes y metros , y que se empecinaba en practicar conmigo su oxidado inglés. Luego, ya en Kyoto, cogí un metro seguido de otro tren hacia el sur, dirección Koyasan. Lo cierto es que, más que por mi interés en el lugar, uno de los principales centros budistas del país, tomé aquel tren porque estaba allí en el momento en que yo llegué y me gustó el nombre de la línea: loop line. También porque un montón de bárbaros occidentales se subían a él, cargados con sus enormes maletas y mochilas. A veces, casi siempre, el destino tiene que dar muchas vueltas para llegar a cualquier parte.

Los asientos de este tren se disponían exactamente igual que los de cualquier metro de cualquier ciudad del mundo: unos frente a otros. La maquinaria se puso en marcha y comenzó una ascensión a través de un paisaje rural, montañoso. No habría transcurrido ni media hora cuando, en unas de las paradas, subió una pareja un tanto peculiar. Ella tendría sesenta o setenta años y él, al que yo endosé el papel de hijo, unos cuarenta o cuarenta y cinco. Se sentaron frente a mi y, automáticamente dejé de prestar atención al paisaje para centrarme en ellos. Que eran del Japón rural, estaba claro por su aspecto. Que venían de hacer un par de compras, también. Que ella llevaba los pantalones en casa, meridiano. La media sonrisa de él era sobrecogedora, quizá aún más al quedar enmarcada en el conjunto del rostro de un tipo entre dos y tres veces más grande que la media de japoneses con los que yo me había encontrado. Una media sonrisa entre la bondad más delirante y la estupidez más absoluta. Una media sonrisa que mostraba tímida e ininterrumpidamente una dentadura que pedía, desde hacía años, una ortodoncia urgente. Pero eso sí, hipnótica como un incendio en mitad de una noche de diciembre. En un momento dado, una señora se sentó al lado del chico y, no recuerdo cómo, entabló conversación con la que yo estaba convencida que era su madre. Él quedó en medio de ambas, sonriendo, en silencio, mirando el reloj cada cinco segundos y asintiendo acusada y sistemáticamente a cada una de las frases que pronunciaba su madre. Era como el hombre orquesta. Hacía todo eso al mismo tiempo. Mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé, perpleja, que asentía de la misma manera a las instrucciones y los avisos que emitía la megafonía del tren, o a las variaciones del paisaje o a los buenos días de un nuevo pasajero o a una mosca que pasaba frente a él. A este señor todo le parece bien, pensé. Este nunca se va a suicidar. O sí. Cuando se agote de sonreír y asentir. Me acordé de H., en la otra parte del mundo. Tan distinto y tan parecido. Los bobos se reparten, decía mi madre. ..así, el mundo se equilibra y no se cae.

Ellos bajaron. Yo continué con mi viaje a Koyasan una hora más. La gente subía y bajaba. La mía era la última parada. O eso creía yo. Al cabo de tres horas, el tren llegó a destino. Me apeé con ganas de estirar las piernas y de adentrarme en el recogimiento de aquel lugar tan místico. Bajé, me enfundé las gafas de sol, miré a derecha e izquierda y comprobé, estupefacta, que me encontraba en el mismo lugar en el que tres horas antes había tomado aquella maldita línea circular. Su puta madre. Permanecí inmóvil unos segundos, al cabo de los cuales, una media sonrisa, a caballo entre la condescendencia (hacia mi misma) y la estupidez más absoluta, se dibujó en mis labios. Y asentí, claro. Loop line. Recuerda ese nombre, me dije. Cuando uno mete la pata, lo menos que puede hacer es recordarlo siempre. Para repetir el mismo error las veces que haga falta.

 

 

sin noticas de Koyasan

16 thoughts on “Sin noticias de Koyasan

  1. son tan complejos tus textos
    como es lo que comentas.
    Lo siento nunca te entiendo
    y te cuento la vida
    no es un azar la vida es lo que vos solos vos
    creas con ella
    saludos
    Y cuando me ponga mas inteligente vendré a visitarte de nuevo chau

    1. Beauséant said…
      me ha gustado esta reflexión 🙂

      Hay gente que sabe divertirse. Hay gente que toma la vida demasiado en serio Escribir divertido corta malas rachas de vivir en serio

      totalmente de acuerdo
      ves esto lo entiendo es fácil un comentario fácil
      Gracias por ponerte a mi altura intelectual
      jajajaja
      besito desde un dia feliz en la bella Miami

  2. Leo a MUCHA arriba y sonrío porque se te entiende perfectamente siempre. Esta historia es tan diáfana que parece que he ido sentada a tu lado en ese vagón de tren bala observando al bobalicón subiendo y bajando la cabeza asintiendo a su madre, a la hora del reloj, al tiempo y a la vida… tienes razón, dudo mucho que alguien así se plantee si quiera el suicidio … ¿ cómo? ¿ con qué neurona ? .. y… ¡¡eres chica aquí!! jaja se te da bien escribir en roll femenino… me ha encantado eso de que “Los bobos se reparten. ..así, el mundo se equilibra y no se cae ” … ¿ de verdad lo crees? este país nuestro se está escorando así que debemos haber rebasado la media permitida 😉

    Fantástico! … me doy cien vueltas en tren contigo encantada, si no dejas de contar historias como esta aunque no salgamos de la estación 😉

    Mil gracias y muchos besos!

  3. Es lo que tiene no haberte provisto de un buen plano de las líneas,pues aunque estuvieran en japonés 😉 su dibujos son universales, pero me da que tenías que hacer ese recorrido para luego contárnoslo.
    Besos y sonrisas

  4. Hombre o mujer… me gustas en todas tus vertientes, querid@. Qué suerte poder elegir, incluso los errores 😉

  5. No creo que sea eso, MUCHA, no lo creo… sospecho que siempre que comento en alguna página me pongo un poco denso. Mis disculpas 🙁

    Dependiendo del día, María me siento más mujer que hombre y viceversa, hay días que invitan a una cosa y su contraria. A veces empiezo a sospechar que los hemos repartido mal, porque parece que hay demasiados 🙂

    Lo bueno de los tramos circulares es eso, que puedes repetir tus errores las veces que haga falta. Ya he desistido de intentar aprender de ellos, ahora estoy en la fase de recrearme en ellos..

    Toda la razón, Virgi, pero a veces nos puede, no sé si la soberbia, de no necesitar planos ni guías. A veces te sientes ciudadano del mundo y el mundo te recuerda con toda su crueldad que sigue siendo un lugar muy extraño.

    Se eligen, nos eligen o no corremos lo suficiente, no lo sé, Stand by, pero gracias 😉

    1. Beauséant said…
      me ha gustado esta reflexión 🙂

      Hay gente que sabe divertirse. Hay gente que toma la vida demasiado en serio Escribir divertido corta malas rachas de vivir en serio

      totalmente de acuerdo
      ves esto lo entiendo es fácil un comentario fácil
      Gracias por ponerte a mi altura intelectual
      jajajaja
      besito desde un dia feliz en la bella Miami
      Y gracias por ser de verdad
      No creo que sea eso, MUCHA, no lo creo… sospecho que siempre que comento en alguna página me pongo un poco denso. Mis disculpas 🙁

      estas disculpado

  6. Tu relato me trajo bonitos recuerdos y añoranza y también muchas ganas de volver a ese Tokyo y a ese Kyoto y por qué no, a darme una “vuelta” en la Loop line. Perderse es lo mejor de los viajes, lo único que puede superarlo es “encontrarse”.
    Besos

  7. Me gustó mucho lo que has escrito hoy. Hay calidez, ironía, humor y bastante gracia.

    Te felicito

    Isaac

  8. Eso de ” los bobos se reparten…” me ha encantado.
    Cuentas una historia que parece tan normal, pero que al final tiene una especie de moraleja: No olvides tus errores por si tienes que repetirlos.
    Es cierto, siempre hablamos de los errores como algo malo y prohibido para olvidar, cuando en realidad hay muchos errores que nos gustaría volver a repetir.
    Besoss

  9. Encontrarse, castigadora o, tras muchas vueltas en el loop line, encontrar una versión de uno mismo que uno pueda manejar…

    Muchas gracias, Isaac… no es bueno regodearse siempre en el lado trágico de las cosas, de vez en cuando conviene darle la vuelta al calcetín para ver si hay otro color.

    Alguien siempre me decía que era su error favorito, Vanessa así que sí, creo que tienes mucha razón 😉

    Gracias, MUCHA, el castellano (el español) lo hablamos muchas personas, pero es cierto que siempre existen matices que pueden hacer complicado el entenderse. Pasa a veces …

  10. Vengo a actualizarme. Sé que me demoro por algunas ausencias, pero es que no puedo perderme el hilo de esta (y otras) historias. Me gustó tener noticias de este personaje, me agradan sus recorridos sin punto fijo, con un sinsentido aparente, pero interesante.

    No sé si pecaré de confianzuda, pero cuando puedas me escribes por privado, supongo que puedes ver los correos porque es un requisito para publicarte comentarios. Dejo abierta la invitación, pero no tienes que aceptarla, al menos no inmediatamente.

    Seguiré leyendo.

  11. Muchas gracias, kadannek, efectivamente tengo una dirección de correo porque era obligatoria 😉 buscaré cual era..

    Creo que a veces, cuando viajamos, trazamos demasiados objetivos, lugares que visitar cosas que hacer, y al final perdemos el que debería ser el objetivo, que es ese, perderse 🙂

  12. Quizás seré la única persona en el mundo a la que no le gusta viajar…pero cuando lo he hecho, prefiero ir “por libre” y sin nada programado. Odio saber qué deberé hacer mañana y como eso con el trabajo es obligatorio, cuando estoy de vacaciones y voy alguna parte, no quiero “tener la obligación” de saber a dónde iré ni lo que haré. Así que yo disfrutaría de ese viaje en tren y al regresar al punto de partida me moriría de la risa por ser como soy de poco organizada y de fijarme poco en las cosas. Pero no importa…volvería a la mañana siguiente. Ya está. No hay problema ni me hago problemas.
    Sólo me he agobiado alguna vez que he ido a “parar” algún lugar poco “recomendable y peligroso”, pero vaya para eso está el retroceder rápido y veloz!!
    Un besitoooooooooooo

  13. Lo que yo he ido cambiando, Maman Boheme, son las cosas que visito cuando viajo. Es verdad que hay paradas que son obligatorias y cumplo puntualmente con ellas, pero prefiero, como dices, ir por libre, y buscar lugares con menos gente con algo que no llamaré esencia que es un poco pedante, pero al menos que no parezca un parque de atracciones para turistas. El problema es ese, que a veces acabas donde no debes 🙂

Leave a Reply

Your email address will not be published.