Vivir es como una de esas absurdas atracciones de feria donde persigues luces en un laberinto. Corres al fondo del pasillo, y cuando crees que la has alcanzado se apaga justo en tu cara. Pero no hay tiempo para pensar, y te lanzas en busca de otra lucecita para, ¡zas!, volver a ver como desaparece apenas la rozas con la mano. Sintiendo, fingiendo que la siguiente luz será la luz definitiva, la de verdad. Aunque, quién sabe, quizás no queramos llegar nunca de verdad a esa luz. Lo mismo nos vale con el juego de creer que estamos siempre a punto de tocarla, pero rezando por no hacerlo y poder seguir con esa continua distracción que llamamos vida.
Habla mirando hacia la barra de mármol pulido, perdido entre los bloques de hielo que asoman en su bebida. Tiene los hombros vencidos, y por como arrastra las palabras parece que la parada en este bar no ha sido la primera de su recorrido. Somos socios desde el tiempo suficiente como para saber que es mejor no interrumpirle.
Se quita el sombrero y deja caer un zapato al suelo desde el taburete antes de seguir. Yo antes no era así, mira al suelo, a sus pies, sus manos… su entrepierna. Antes tenía los huevos bien puestos, tú lo sabes. El tiempo nos vuelve cobardes, y no pasa nada. No me gusta pero lo acepto: todos tenemos un precio. Y eso no es malo, ayuda a saber quienes somos de verdad.
Lo malo, lo verdaderamente preocupante, es que ese precio sea tan bajo.
Golpea con rabia sobre el mostrador que vibra y hace temblar los vasos y las camisas de los que nos acodamos sobre el. El camarero me mira y yo levanto las manos en un gesto conciliador para decirle que lo tengo todo controlado, aunque ambos sabemos que si la montaña que tengo sentada al lado se pone en movimiento no tendremos forma de pararlo sin acabar con unos cuantos huesos rotos. Incluso el tipo que tortura un piano en su pequeño rincón detiene la ingrata tarea para levantar la cabeza por encima de la partitura, y por un instante las conversaciones que fluctúan por el aire se convierten en apenas un susurro que nos convierte en el centro de atención. Todos pueden oír su última frase.
Somos perros, joder. Nos meamos de puro gusto cuando nos enseñan la correa para salir.
Busca algo en el bolsillo de la chaqueta y lanza un sobre abultado sobre la barra antes de marcharse por la puerta. Un buen fajo de billetes, el doble de la tarifa habitual. Alguien debe andar muy desesperado.
Lo guardo en mi chaqueta y en el último instante me acuerdo de sacar un billete y dejarlo encima de la barra.
Busco con la vista fija en la puerta mi sombrero y salgo al frío del callejón. El neón del cartel ilumina su rostro cuando le acerco el mechero para prenderle el cigarrillo. El cielo es apenas un borrón negro y las calles huelen a humedad.
Tenemos un trabajo que hacer.
El último verano de los años 80 una lluvia triste y desganada caía sobre los desprevenidos peatones que huían convertidos en borrones grisáceos.
El viejo Ford mueve con gracia limpiaparabrisas al ritmo de un rock de los años 70, la música favorita de su padre, y ella contempla hipnotizada el ritmo de las varillas. Los dos ocupantes escuchan la música y la lluvia que ametralla el techo sin decir nada. Es un momento extraño de comunión en el que se miran sin recurrir a las viejas palabras creadas para llenar huecos. Perdidos, quizás, en las cosas que no se dijeron, o las que se dijeron pero no se pensaron.
Su padre huele a dolor y ganas de llorar por cada poro de su piel. Esta sucio, desaliñado, y parece llevar siglos con la misma ropa. No hay palabras que ayuden a cruzar ese puente.
Cuando aparece su madre en la esquina de la calle y su padre libera el seguro de las puertas, ella escapa de la jaula con una mezcla de alivio y vergüenza. Su padre se queda atrás, parado aún en el semáforo y moviendo la cabeza al ritmo de una vieja canción. Su mirada cansada, los hombros vencidos, el gesto de cansancio infinito al poner el intermitente para salir a la vía. Fue todo lo que ella se perdió por no mirar atrás.
Esa es la última vez que vio a su padre con vida.
Me lo dice cuando sale de la ducha y me ve con una foto de una niña de ojos tristes aún entre las manos. Esa era yo, me dice, y me cuenta la historia con cierta lejanía. Como si la hubiese repetido tantas veces que ya no significase nada.
Su casa es un diminuto apartamento en una barriada sin nombre, no tiene teléfono, no hay notas ni fotografías ni recuerdos en toda la casa. Es la celda de un monje que lleva toda la vida huyendo y en su lento peregrinar sólo ha conservado esta foto.
Si sigues conmigo te acabarás hundiendo.
Eso me lo dice más tarde, y siento que de alguna forma ya soy parte de todo ese dolor. Es de madrugada, cuando todos nos sentimos más vulnerables y una simple foto nos recuerda que no hay huidas posibles.



