Nov
30.
olvidado en: leer

Siempre me han gustado las películas de Hollywood, las románticas no las otras. Ya sabéis, esas donde él siempre es hermoso, y ella tiene la sonrisa de quien encuentra cada mañana el premio gordo al fondo de la caja de cereales. Ellos se quieren, pero aún no lo saben. Uno de ellos tiene problemas imposibles, pero el otro insiste en que el amor todo lo puede y nunca se da por vencido. Son mejores de los que seremos nosotros en todas nuestras vidas, porque nunca buscan las soluciones sencillas. Quizás por eso me gustan, me recuerdan lo poca cosa que soy.

Eso es lo primero que he pensado al despertar esta mañana, en las películas; eso, y el silencio de la casa. Me termino de incorporar en la cama intentando no despertar al bulto dormido al otro lado que se retuerce en sueños abrazado a la almohada. Te estas quedando calvo, cariño, le digo mentalmente, pero el sólo me responde enseñando unos incisivos horribles de roedor enfadado. Tranquilo, no te haré reproches, sólo necesito mirarme al espejo para saber que mi cuerpo lleva tiempo ondeando la bandera blanca de la rendición. Los dos estamos en la misma carrera, y sólo queda decidir quien llegará antes a esa meta donde nadie reparte premios a los vencedores.

Mi cuerpo me pide cinco, diez minutos más de sueño, pero mi mente sabe que esos minutos son los diez minutos de libertad donde la casa es solo mía. Bajo a la cocina y busco en la nevera una botella de vino y una copa, la primera de la mañana. Entre los cajones encuentro el resto del desayuno: un par de aspirinas que hago pasar con un trago largo de vino. Mi cerebro responde con una especie de chillido metálico a la combinación, pero pronto empieza a funcionar mejor.

Al fondo de la encimera veo la caja que trajo mi hijo anoche, una tarta de chocolate gorda y redonda con una fecha grabada. El día que su padre y yo nos conocimos, nos casamos, dejamos de querernos, o cualquier otra efeméride. Una fecha, nada más. Dejo recorrer mi dedo por la cobertura y luego, arrepentida, arreglo el desastre lo mejor que puedo.

Quedan pocas horas para que vengan los invitados, otro trago. Se supone que debo cocinar algo, pero la vecina vendrá luego para ayudarme. No engaño a nadie, claro: en realidad me limitaré a indicarle donde se encuentra cada cosa de la cocina y las dos ganaremos con el trato. Veréis, ella es feliz así, encerrada en la cocina haciendo algo que considera un arte, y que será destruido por una pandilla de mastuerzos famélicos incapaces de distinguir un souflé del culo de sus madres.

Si reduces tu vida a unos pocos metros cuadrados tienes la felicidad garantizada, y ella lo sabe. Lo bueno es que, de momento, sigo siendo libre. Otro repaso a la tarta, otro trago de vino, dos aspirinas más, y el día ya no parece tan malo.

Por eso me gustan las películas románticas, acaban en el momento justo. Si el director se olvidase de darle al “pause”al aparecer el “the end” de la película, y esta siguiese su curso saldríamos nosotros. Ahí estaría yo enterrando los trabajos de la universidad, un poco más adelante yo vestida de novia, los hijos, el entierro de tus padres y, un poco más adelante, despertarte en la mañana de tu aniversario huyendo de la cama para tener un par de minutos de soledad. Ya es hora de que alguien os lo diga: nadie pagará una moneda por ver la historia de tu vida.

El bulto del otro lado de la cama cuenta la historia de como nos conocimos. Inventa detalles de manera absurda pero la gente parece no darse cuenta, quizás por educación, quizás porque les gusten las historias bonitas. Por eso siempre preguntan por como nos conocimos, no por como nos va ahora.

Yo los oiré al otro extremo de la mesa y me sentiré más sola que nunca en mi pequeña isla. Tengo ganas de ahogarme en un mar de lágrimas, pero no lo haré porque me aferro a un salvavidas en forma de pequeñas capsulas. Las pasaré con un trago largo y liberador, y los ruidos y las voces se acabarán convirtiendo en apenas un murmullo dentro de mi cabeza.

Aguantar, ese es el truco en Hollywood. Al final esos son los verdaderos héroes, los que aguantan.

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Nov
22.

La primera y última vez que me subí encima de un artilugio de estos acaba saliendo, tras una serie de humillantes retrocesos y nimios, pero firmes avances, con una alocada rubia de bote, digna hija de un barrio de obreros que nunca se hacía demasiadas preguntas y sólo aspiraba a quemar la ciudad con la huella de sus botas de Jueves a Domingo.

En los garitos por la noche, en Plaza de España sujetando sus zapatos mientras chapoteaba con los pies desnudos en el agua, en todo momento y lugar yo siempre estaba colgado de su brazo. Era su mascota, su fiel escudero o su juguete, según terciase la ocasión. Me presentaba a las descerebradas de sus amigas como si fuese una especie de pieza exótica que hubiese comprado en algún mercadillo del tercer mundo, y ellas observaban mi cuerpo enclenque, mi miopía, mi falta de ritmo, y decidían encontrarme encantador. Yo la veía bailar sola en medio de la pista, cubierta por las miradas turbias y primitivas de los otros tipos y pensaba que Dios, por una vez, me había rozado con el dedo.

Me lo confeso años más tarde; aquel día, mientras luchaba por no caerme de unos Rollerblade de cuatro ruedas en línea, me había visto patéticamente entrañable. Nada que ver con esos tipos que la acosaban a diario. Tipos duros tan firmes como sus poses firmes y estudiadas, de esos que nunca bajaban la guardia ni mostraban el flanco débil de sus vidas perfectas.

Como la fecha impresa en lo alto de los botes de fruta estaba claro que en algún momento aquello acabaría. Yo regresaría a la vida de un tipo que lee cosas raras y escribe sobre vidas inventadas, y ella volvería a ser la dulce princesa que empaña la noche en la luneta trasera de algún coche aparcado en un centro comercial del extrarradio.

Se dijeron cosas, se rompieron promesas, nos enredamos en palabras que nunca dijimos, fuimos dignos y mezquinos. Giramos en torno a una mentira que nos devoró, y creímos en nuestra propias fuerzas antes de que estas nos abandonasen. Pero, a pesar del daño, de las pequeñas y grandes derrotas y de todo el tiempo perdido, si volviese a verte otra vez, sólo podría decirte..

Gracias….

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Nov
09.

Su abuelo poseía una vieja cámara capaz de convertir todo lo que retrataba en inmóviles estatuas de cerámica. Una Rollei que había rodado por medio mundo hasta llegar a sus manos, y gracias a la cual logró escapar en innumerables ocasiones de los hombres de barro mediante épicas y emocionantes odiseas que cada noche le contaba antes de acostarse.

A través de esas historias el niño pudo saber que los hombres de barro son casi idénticos al resto de personas. Sólo la observación permite descubrirlos porque, en el fondo, los hombres de barro son como máquinas expendedoras, y siempre se muestran dispuestas a entregar sabios consejos envueltos en el engañoso papel de plata de la experiencia. Los hombres de barro siempre sabrán lo que debes hacer con tu vida, y tienen multitud de mapas con los caminos trazados para que nunca puedas perderte, para que nunca te pares en medio del camino buscando confundido una dirección. Y todo ello siempre te lo darán con su mejor sonrisa, ellos siempre sonríen, y gratis, claro, sólo quieren tu vida. Les aterra pensar lo que podrías hacer si te alejases del camino marcado.

El niño que escuchaba las historias y prometió recordarlas es ahora un eficiente oficinista de ocho a dieciocho, y el resto del tiempo es un hombre cansado que, en días como estos, llega a casa y apunta el mando a distancia hacia la pantalla de plasma que preside el salón, intentando no pensar con el mismo fervor con el que los hombres de ciencia dirigen sus herramientas al cielo buscando a Dios.

El niño que escuchaba las historias se deja entonces atrapar por esa tristeza que preside lo alto de los calendarios y acecha en donde menos la esperas dispuesta a hacerte su rehén.Y, una vez atrapado en esa espiral, reconoce que es mejor no tener cerca a su abuelo. Su muerte le evitó ver como todos esos consejos y enseñanzas murieron en la primera curva del camino, y su nieto se dejo atrapar por las promesas de los hombres de barro que le entregaron una vida que es casi casi una mentira. Como un cronometro corriendo siempre en cuenta atrás y sin botones para detenerlo, en vez de una nave espacial dispuesta a cruzar la galaxia rumbo a lo desconocido.

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El artista del alambre no hubiese sido posible sin los chicos de Wordpress, la música de los cero, las plumas Waterman y los lapices de colores Alpino...

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