Siempre me han gustado las películas de Hollywood, las románticas no las otras. Ya sabéis, esas donde él siempre es hermoso, y ella tiene la sonrisa de quien encuentra cada mañana el premio gordo al fondo de la caja de cereales. Ellos se quieren, pero aún no lo saben. Uno de ellos tiene problemas imposibles, pero el otro insiste en que el amor todo lo puede y nunca se da por vencido. Son mejores de los que seremos nosotros en todas nuestras vidas, porque nunca buscan las soluciones sencillas. Quizás por eso me gustan, me recuerdan lo poca cosa que soy.
Eso es lo primero que he pensado al despertar esta mañana, en las películas; eso, y el silencio de la casa. Me termino de incorporar en la cama intentando no despertar al bulto dormido al otro lado que se retuerce en sueños abrazado a la almohada. Te estas quedando calvo, cariño, le digo mentalmente, pero el sólo me responde enseñando unos incisivos horribles de roedor enfadado. Tranquilo, no te haré reproches, sólo necesito mirarme al espejo para saber que mi cuerpo lleva tiempo ondeando la bandera blanca de la rendición. Los dos estamos en la misma carrera, y sólo queda decidir quien llegará antes a esa meta donde nadie reparte premios a los vencedores.
Mi cuerpo me pide cinco, diez minutos más de sueño, pero mi mente sabe que esos minutos son los diez minutos de libertad donde la casa es solo mía. Bajo a la cocina y busco en la nevera una botella de vino y una copa, la primera de la mañana. Entre los cajones encuentro el resto del desayuno: un par de aspirinas que hago pasar con un trago largo de vino. Mi cerebro responde con una especie de chillido metálico a la combinación, pero pronto empieza a funcionar mejor.
Al fondo de la encimera veo la caja que trajo mi hijo anoche, una tarta de chocolate gorda y redonda con una fecha grabada. El día que su padre y yo nos conocimos, nos casamos, dejamos de querernos, o cualquier otra efeméride. Una fecha, nada más. Dejo recorrer mi dedo por la cobertura y luego, arrepentida, arreglo el desastre lo mejor que puedo.
Quedan pocas horas para que vengan los invitados, otro trago. Se supone que debo cocinar algo, pero la vecina vendrá luego para ayudarme. No engaño a nadie, claro: en realidad me limitaré a indicarle donde se encuentra cada cosa de la cocina y las dos ganaremos con el trato. Veréis, ella es feliz así, encerrada en la cocina haciendo algo que considera un arte, y que será destruido por una pandilla de mastuerzos famélicos incapaces de distinguir un souflé del culo de sus madres.
Si reduces tu vida a unos pocos metros cuadrados tienes la felicidad garantizada, y ella lo sabe. Lo bueno es que, de momento, sigo siendo libre. Otro repaso a la tarta, otro trago de vino, dos aspirinas más, y el día ya no parece tan malo.
Por eso me gustan las películas románticas, acaban en el momento justo. Si el director se olvidase de darle al “pause”al aparecer el “the end” de la película, y esta siguiese su curso saldríamos nosotros. Ahí estaría yo enterrando los trabajos de la universidad, un poco más adelante yo vestida de novia, los hijos, el entierro de tus padres y, un poco más adelante, despertarte en la mañana de tu aniversario huyendo de la cama para tener un par de minutos de soledad. Ya es hora de que alguien os lo diga: nadie pagará una moneda por ver la historia de tu vida.
El bulto del otro lado de la cama cuenta la historia de como nos conocimos. Inventa detalles de manera absurda pero la gente parece no darse cuenta, quizás por educación, quizás porque les gusten las historias bonitas. Por eso siempre preguntan por como nos conocimos, no por como nos va ahora.
Yo los oiré al otro extremo de la mesa y me sentiré más sola que nunca en mi pequeña isla. Tengo ganas de ahogarme en un mar de lágrimas, pero no lo haré porque me aferro a un salvavidas en forma de pequeñas capsulas. Las pasaré con un trago largo y liberador, y los ruidos y las voces se acabarán convirtiendo en apenas un murmullo dentro de mi cabeza.
Aguantar, ese es el truco en Hollywood. Al final esos son los verdaderos héroes, los que aguantan.

