Oct
25.
olvidado en: leer

…dicen que es hoy. 25 de octubre. Mi antojadiza memoria me juega malas pasadas. 76 años. Y como si de una vieja película se tratase, sólo recuerdo algunas escenas inconexas entre sí, personajes sin guión, papeles sin personaje… Caprichosa memoria… Podría recitar verso por verso aquel poema de Magalhâes y, sin embargo, no recuerdo que el señor que me toma la mano haya sido alguna vez mi hijo… Ya ves, el obstinado recuerdo de unos versos no impide que me perciba como el tercer piloto. Inútil. Redundante. Cada día más aislada y lejana. Entrando a la Nada por el costado de la soledad de mi desmemoria. 25 de octubre. Es hoy. 76 años. Sonrío a la tarta de cumpleaños con la memoria de quienes aún sienten… Arbitraria memoria.  No recuerdo mi nombre pero sé que a los 17 me enamoré, como todos, de la inmensidad del mar. Se llamaba Paco. Creo que era guapo. Debió de marcharse, supongo. Debió dejarme,  como ahora, asomada al pozo oscuro que soy yo misma… tiritando… Conjeturas. No le digas a nadie que he muerto. Si algo más ocurrió… lo he olvidado.

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Oct
18.

Los últimos años lejos de nosotras, mi padre se dedico a escribir sus memorias, y lo hizo de la forma obvia para alguien que paso los últimos treinta años de su vida alisando, levantando y pintando paredes: escribiendo en ellas sus pequeñas capsulas de Apocalipsis.

Hoy he visto la verdad más dura, rezaba el dintel de la cocina… Los hijos de vuestros hijos se arrancarán sus ojos y mirarán con cuencas vacías el futuro que les hemos preparado, dormitorio… Los engranajes de la historia aplastarán a todo aquel que ose llevarle la contraria, en el baño… O un simple !corred¡ apuntando hacia el balcón, como una invitación, casi casi una obligación, a saltar por la ventana.

Nos dieron la llave en la notaría. Un tipo gordo de ojos tristes que siempre parecía a punto de decir algo pero nunca reunía fuerzas suficientes para hacerlo. Tanto tiempo encerrado en aquel despacho le habían contagiado algo de la inmutabilidad de sus papeles. Unos años más encerrado allí, y nadie podrá saber donde comienza el hombre y donde la mesa.

El último refugio de mi padre en la tierra estaba en un barrio color ceniza a las afueras de la ciudad lleno de aceras que parecían no llevar a ningún lado, y prostitutas apoyadas con desgana bajo los letreros de neón. Una barriada de tantas, con sus obreros, su silencio y sus cielos de hormigón, era el testigo de la última y definitiva caída de mi padre. Y allí fuimos convocadas aquel día por una fuerza superior a nuestros deseos o esperanzas.

Nada más abrir la puerta vinieron hacia nosotras todas aquellas palabras, firmes e implacables como un ejercito en desfile luciendo sus mejores galas, sin que pudiesemos hacer nada más que permanecer clavadas en la puerta, mirándolas en un silencio de funeral. Mi madre lanzó su mano al vacío en busca de apoyo, y pude ver como sus ojos se llenaron de lágrimas al pasar por aquellas paredes. Un llanto honesto y silencioso que intentaba en vano hacerla escapar de su pesadilla. La muerte de un hombre vencido, de quien nunca ha sido nada y, justo al final, descubre el vacío aterrador ante sus pies descalzos.

Mi padre había visto el apocalipsis en las esquinas más muertas de esta cuidad, y nos había dejado su visión como legado. La verdad más dura, la enfermedad que ya entonces corroía sus entrañas, todo estaba escrito allí como lo había estado en sus actos y sus gestos. Sólo faltaba un lector, nosotras, pero mi madre rechazó el papel; con un simple gesto conjuró de un portazo todas las pequeñas maldiciones de la familia y nunca más volvió a poner un pie en aquella casa que, con el correr de los años, se convirtió en uno de tantos fantasmas dispuestos a ensombrecer su rostro cuando alguien le hablaba de venderla.

Yo si volví varias veces a recorrer sus estancias, buscando una excusa tras mi cámara y el bloc de notas que llevaba  siempre conmigo. Intentado, supongo, buscar a mi padre en aquellos rincones, en sus últimas palabras. Todo aquello que me fue negado desde mi infancia debía tener algún reflejo en aquellas paredes, pero nunca pude encontrarlo. Al final, harta de no encontrar respuestas decidí matar las preguntas, quizás sin llegar a ser consciente de ello. Un viernes por la noche, algunas copas de más, el vacío aterrador de una vida a la que no encuentras sentido susurrando su canción cerca del oído o, quién sabe, si una mezcla de todo eso, me impulsó a cruzar el umbral con fría determinación.

Pase toda la noche danzando entre los vapores del alcohol y la pintura haciendo desaparecer con trazos gruesos de color blanco el último testimonio de mi padre, sus palabras, el vacío de mi vida. Con cada trazo sobre la pared sentía que mi vida se abría, nueva y esperanzadora, ante mi. Como si pudiese escapar de todo… como si alguien hubiese puesto a cero el contador de mi existencia.

La mañana me encontró desnuda y tirada en medio del salón, mirando con ojos alucinados como las letras habían vuelto a salir al secarse la pintura que con tanto ahínco había extendido durante la noche. Más fuertes, más brillantes, bailando sobre mi con la mueca burlona de quien se sabe invencible a los artilugios humanos.

No pude pensar nada, sólo una risa demente y ajena a mi escapó de mis labios. El viejo, mi padre, el escritor fracasado, ese marido que nunca estaba o el tipo que hizo lo que pudo, había logrado hacerse inmortal a su manera. Enhorabuena, cabrón, al final lo lograste.

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Oct
11.
olvidado en: leer, mirar

“el apocalipsis es inminente. cielo e infierno se preparan para el armagedón…

lluvias de peces, ríos convertidos en sangre, mares hirviendo, estrellas cayendo sobre la tierra

ya sabes, todo ese rollo del fin del mundo…

… será el sábado, justo después de la hora del té.”

Buenos presagios. Terry Pratchett / Neil Gaiman

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Oct
04.

La brea, abisal y asfixiante, se extiende calle arriba como una culebra arrancada de las entrañas del infierno. Se retuerce entre vapores mientras dos negros de torso desnudo elevan al cielo sus herramientas primitivas intentando domarla según va saliendo del camión sucio y renqueante. Sudan como condenados, pero aún así se ríen mostrándonos unos dientes enormes y blancos. Cada pocos metros se paran, se estiran y beben tragos largos de los botellines de cerveza que van dejando a su paso como los restos de un ejercito vencido.

Dos viejos observan el trabajo de asfaltado tirados en sus precarias mecedoras sin que parezcan estar muy conformes con el resultado; algo en sus caras denota que ellos sabrían asfaltar la calle mucho mejor que los dos atlantes que ya casi han desaparecido de nuestra vista.

Al lado de los ancianos un perro decide unirse a nuestra pequeña troupe ladrando en medio de la calle a un fantasma que habita en algún lugar de su cabeza. Aúlla y gime girando poseído en un remolino infernal con la vana esperanza de escapar de las voces. Pobre, no sabe que eso no sirve de nada.

Son los cuarenta grados a la sombra de esta ciudad desierta y abandonada a su suerte los que nos vuelven un poco locos.

Me retiro de la ventana y veo la huella sangrienta dejada por mi mano. Es extraño, suelo ser bastante cuidadoso. Limpio mi rastro con un trapo y algo de lejía encontrada bajo el fregadero, y vuelvo a ponerme los guantes para terminar un trabajo que, aunque imprevisto, quiero hacer bien. Ella no debería estar muerta, y ahora que he acabado con su vida debo honrarla como se merece.

Ella muerta, yo en su casa, el perro invocando a sus fantasmas… Todos somos hijos de un azar cruel e incompresible. El azar de tener un padre muerto y estar en casa un martes por la mañana preparándote para el funeral, el azar de un extraño entrando en tu casa, la lucha, el forcejeo, su garganta entre mis manos… todo, incluso esas cosas horribles que hago, son fruto del azar. Ese susurro que brota de mis entrañas y me impulsa a ello es algo para la que ya he dejado de buscar una explicación. Y esa es mi defensa, mi única y última defensa: la paz que alcanzo cuando todo acaba y cada pieza de mi existencia encaja en un mándala cósmico imposible de explicar.

Ya casi he terminado el trabajo, y me alejo para contemplar toda su colección de peluches alrededor del cuerpo destrozado. Sólo queda colocar en la parte derecha, un poco alejado del resto, un oso amoroso grande y estúpido con el cuchillo ensangrentado en la mano. Exactamente como si fuese el mismísimo Doctor Nicolaes Tulp dando una lección magistral de anatomía. Hay que dejar un sello, una huella, me digo, porque en caso contrario esta pobre chica habrá muerto para nada.

Lo sé, no puedo pretender que la policía entienda nada de eso. Sólo son funcionarios que al día siguiente de obtener la placa olvidaron todo aquello que juraron defender. No nos engañemos, estamos solos. Vosotros, honrados ciudadanos, a un lado de la línea, y yo, al otro, por encima de vuestras vidas y vuestros miedos.

Ya os lo he dicho. Es este calor que nos vuelve un poco locos.

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El artista del alambre no hubiese sido posible sin los chicos de Wordpress, la música de los cero, las plumas Waterman y los lapices de colores Alpino...

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