
Cuando la fotografía era para mi algo abstracto, mitad alquimia mitad ciencia, pasaba las hojas de las revistas con ojos alucinados soñando sin saberlo con estar en otros lugares, lejos de mi barrio lleno de cuestas, del colegio con la fachada verde al final de la calle, de mis padres… Lejos, en definitiva, de mi vida. Me fascinaban en especial las del mundo de la moda llenas de personas perfectas con ropas increíbles. No podía concebir que la ropa regalada o heredada para la que nunca pidieron mi opinión pudiese pertenecer al mismo planeta que las ropas de aquellas revistas. El “pobres pero honrados” debe ser la frase más conformista y estúpida de la historia de la humanidad.
Con el tiempo me hice con una indomable cámara rusa, y mientras intentaba doblegar a un absurdo fotómetro empezaba a mirar las fotos con otros ojos, fascinándome entonces no tanto con las personas que posaban como con la luz que lo invadía todo. No entendía como podían salir tantos detalles, como el sol, por arte de magia, parecía estar en todos los rincones del papel. El tiempo me hizo ver que aquello era mentira, que esa luz la venden en pequeñas cajas de metal que funcionan como las lámparas mágicas de los cuentos. No hay ningún arte en ello, los artistas, los pocos que quedan a la altura de ese nombre, son aquellos que logran doblegarla. Aquellos que la hacen salir de sus cajas para cogerla por el cuello y encauzarla hacía el lugar donde marcan sus deseos. Esos pocos elegidos son los que saben contar historias con la luz, o su ausencia, y los demás somos meros copistas de sus ideas sin mayor mérito que el esfuerzo de seguir sus pasos.
Cuando terminaba de escribir estas líneas uno de los profesores ha cruzado por mi lado haciendo un precario equilibrio con las revistas y un café encerrado en una cárcel de plástico. Me ha saludado con un movimiento de la cabeza y, cuando desaparecía de mi visual, se ha girado y me ha preguntado por el contenido de estas letras. Mi respuesta, cosas, ha debido llamarle la atención, porque se ha sentado a mi lado, ha estirado las piernas, y hablando para si ha dicho: vaya, así que quieres ser escritor. Mi silencio ante esa frase ha debido sonarle como una respuesta porque entonces ha levantado la cabeza y me ha dicho que eso no era posible. No puedes ser escritor y fotógrafo, si haces eso intentarás llenar con fotos allá donde no lleguen tus palabras, y con letras donde no puedas obtener una buena foto. Nunca serás bueno en ninguna de las dos cosas. ¿No lo ves?
Hace mucho tiempo escribí algo en mi viejo cuaderno aunque no creo que fuese mío: “Al final es cuestión de tiempo, todos nos morimos. Y la meta no es vivir para siempre, la meta es crear algo que (nos) (sobre)viva para siempre”
Amen.





