Dec
26.
olvidado en: leer, mirar


Cuando la fotografía era para mi algo abstracto, mitad alquimia mitad ciencia, pasaba las hojas de las revistas con ojos alucinados soñando sin saberlo con estar en otros lugares, lejos de mi barrio lleno de cuestas, del colegio con la fachada verde al final de la calle, de mis padres… Lejos, en definitiva, de mi vida. Me fascinaban en especial las del mundo de la moda llenas de personas perfectas con ropas increíbles. No podía concebir que la ropa regalada o heredada para la que nunca pidieron mi opinión pudiese pertenecer al mismo planeta que las ropas de aquellas revistas. El “pobres pero honrados” debe ser la frase más conformista y estúpida de la historia de la humanidad.

Con el tiempo me hice con una indomable cámara rusa, y mientras intentaba doblegar a un absurdo fotómetro empezaba a mirar las fotos con otros ojos, fascinándome entonces no tanto con las personas que posaban como con la luz que lo invadía todo. No entendía como podían salir tantos detalles, como el sol, por arte de magia, parecía estar en todos los rincones del papel. El tiempo me hizo ver que aquello era mentira, que esa luz la venden en pequeñas cajas de metal que funcionan como las lámparas mágicas de los cuentos. No hay ningún arte en ello, los artistas, los pocos que quedan a la altura de ese nombre, son aquellos que logran doblegarla. Aquellos que la hacen salir de sus cajas para cogerla por el cuello y encauzarla hacía el lugar donde marcan sus deseos. Esos pocos elegidos son los que saben contar historias con la luz, o su ausencia, y los demás somos meros copistas de sus ideas sin mayor mérito que el esfuerzo de seguir sus pasos.

Cuando terminaba de escribir estas líneas uno de los profesores ha cruzado por mi lado haciendo un precario equilibrio con las revistas y un café encerrado en una cárcel de plástico. Me ha saludado con un movimiento de la cabeza y, cuando desaparecía de mi visual, se ha girado y me ha preguntado por el contenido de estas letras. Mi respuesta, cosas, ha debido llamarle la atención, porque se ha sentado a mi lado, ha estirado las piernas, y hablando para si ha dicho: vaya, así que quieres ser escritor. Mi silencio ante esa frase ha debido sonarle como una respuesta porque entonces ha levantado la cabeza y me ha dicho que eso no era posible. No puedes ser escritor y fotógrafo, si haces eso intentarás llenar con fotos allá donde no lleguen tus palabras, y con letras donde no puedas obtener una buena foto. Nunca serás bueno en ninguna de las dos cosas. ¿No lo ves?

Hace mucho tiempo escribí algo en mi viejo cuaderno aunque no creo que fuese mío: “Al final es cuestión de tiempo, todos nos morimos. Y la meta no es vivir para siempre, la meta es crear algo que (nos) (sobre)viva para siempre”

Amen.

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Dec
13.

De pequeño creía que las hojas caídas en otoño eran estrellas expulsadas de los cielos y condenadas a expiar sus crímenes en la tierra. Que peor condena para una estrella, pensaba, que verse atrapada en la rutina de nuestras vidas terrestres.

En ese mundo imaginario de mi infancia, las estrellas volverían algún día a su lugar y brillarían con fuerza en los cielos para mi, el chico que se dedicaba a recogerlas y secarlas entre hojas de periódicos ante la mirada extrañada de sus padres. Sólo guardaba las más hermosas, aquellas que me llamaban en susurros desde la suciedad de la acera.

El diagnóstico, joven, es muy sencillo: De pequeño era usted mucho más estúpido, ingenuo si lo prefiere… Cierto, pero era, a la vez si eso es posible, o quizás sólo sea posible así, extrañamente feliz. Como si todo ese ABC de la supervivencia, esa macana del orden y la geometría de las vidas perfectas sólo sirviesen al final para eso, para dejar de soñar con estrellas y no ver otra cosa que hojas sucias aplastadas en el asfalto.

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Nov
30.
olvidado en: leer

Siempre me han gustado las películas de Hollywood, las románticas no las otras. Ya sabéis, esas donde él siempre es hermoso, y ella tiene la sonrisa de quien encuentra cada mañana el premio gordo al fondo de la caja de cereales. Ellos se quieren, pero aún no lo saben. Uno de ellos tiene problemas imposibles, pero el otro insiste en que el amor todo lo puede y nunca se da por vencido. Son mejores de los que seremos nosotros en todas nuestras vidas, porque nunca buscan las soluciones sencillas. Quizás por eso me gustan, me recuerdan lo poca cosa que soy.

Eso es lo primero que he pensado al despertar esta mañana, en las películas; eso, y el silencio de la casa. Me termino de incorporar en la cama intentando no despertar al bulto dormido al otro lado que se retuerce en sueños abrazado a la almohada. Te estas quedando calvo, cariño, le digo mentalmente, pero el sólo me responde enseñando unos incisivos horribles de roedor enfadado. Tranquilo, no te haré reproches, sólo necesito mirarme al espejo para saber que mi cuerpo lleva tiempo ondeando la bandera blanca de la rendición. Los dos estamos en la misma carrera, y sólo queda decidir quien llegará antes a esa meta donde nadie reparte premios a los vencedores.

Mi cuerpo me pide cinco, diez minutos más de sueño, pero mi mente sabe que esos minutos son los diez minutos de libertad donde la casa es solo mía. Bajo a la cocina y busco en la nevera una botella de vino y una copa, la primera de la mañana. Entre los cajones encuentro el resto del desayuno: un par de aspirinas que hago pasar con un trago largo de vino. Mi cerebro responde con una especie de chillido metálico a la combinación, pero pronto empieza a funcionar mejor.

Al fondo de la encimera veo la caja que trajo mi hijo anoche, una tarta de chocolate gorda y redonda con una fecha grabada. El día que su padre y yo nos conocimos, nos casamos, dejamos de querernos, o cualquier otra efeméride. Una fecha, nada más. Dejo recorrer mi dedo por la cobertura y luego, arrepentida, arreglo el desastre lo mejor que puedo.

Quedan pocas horas para que vengan los invitados, otro trago. Se supone que debo cocinar algo, pero la vecina vendrá luego para ayudarme. No engaño a nadie, claro: en realidad me limitaré a indicarle donde se encuentra cada cosa de la cocina y las dos ganaremos con el trato. Veréis, ella es feliz así, encerrada en la cocina haciendo algo que considera un arte, y que será destruido por una pandilla de mastuerzos famélicos incapaces de distinguir un souflé del culo de sus madres.

Si reduces tu vida a unos pocos metros cuadrados tienes la felicidad garantizada, y ella lo sabe. Lo bueno es que, de momento, sigo siendo libre. Otro repaso a la tarta, otro trago de vino, dos aspirinas más, y el día ya no parece tan malo.

Por eso me gustan las películas románticas, acaban en el momento justo. Si el director se olvidase de darle al “pause”al aparecer el “the end” de la película, y esta siguiese su curso saldríamos nosotros. Ahí estaría yo enterrando los trabajos de la universidad, un poco más adelante yo vestida de novia, los hijos, el entierro de tus padres y, un poco más adelante, despertarte en la mañana de tu aniversario huyendo de la cama para tener un par de minutos de soledad. Ya es hora de que alguien os lo diga: nadie pagará una moneda por ver la historia de tu vida.

El bulto del otro lado de la cama cuenta la historia de como nos conocimos. Inventa detalles de manera absurda pero la gente parece no darse cuenta, quizás por educación, quizás porque les gusten las historias bonitas. Por eso siempre preguntan por como nos conocimos, no por como nos va ahora.

Yo los oiré al otro extremo de la mesa y me sentiré más sola que nunca en mi pequeña isla. Tengo ganas de ahogarme en un mar de lágrimas, pero no lo haré porque me aferro a un salvavidas en forma de pequeñas capsulas. Las pasaré con un trago largo y liberador, y los ruidos y las voces se acabarán convirtiendo en apenas un murmullo dentro de mi cabeza.

Aguantar, ese es el truco en Hollywood. Al final esos son los verdaderos héroes, los que aguantan.

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Nov
22.

La primera y última vez que me subí encima de un artilugio de estos acaba saliendo, tras una serie de humillantes retrocesos y nimios, pero firmes avances, con una alocada rubia de bote, digna hija de un barrio de obreros que nunca se hacía demasiadas preguntas y sólo aspiraba a quemar la ciudad con la huella de sus botas de Jueves a Domingo.

En los garitos por la noche, en Plaza de España sujetando sus zapatos mientras chapoteaba con los pies desnudos en el agua, en todo momento y lugar yo siempre estaba colgado de su brazo. Era su mascota, su fiel escudero o su juguete, según terciase la ocasión. Me presentaba a las descerebradas de sus amigas como si fuese una especie de pieza exótica que hubiese comprado en algún mercadillo del tercer mundo, y ellas observaban mi cuerpo enclenque, mi miopía, mi falta de ritmo, y decidían encontrarme encantador. Yo la veía bailar sola en medio de la pista, cubierta por las miradas turbias y primitivas de los otros tipos y pensaba que Dios, por una vez, me había rozado con el dedo.

Me lo confeso años más tarde; aquel día, mientras luchaba por no caerme de unos Rollerblade de cuatro ruedas en línea, me había visto patéticamente entrañable. Nada que ver con esos tipos que la acosaban a diario. Tipos duros tan firmes como sus poses firmes y estudiadas, de esos que nunca bajaban la guardia ni mostraban el flanco débil de sus vidas perfectas.

Como la fecha impresa en lo alto de los botes de fruta estaba claro que en algún momento aquello acabaría. Yo regresaría a la vida de un tipo que lee cosas raras y escribe sobre vidas inventadas, y ella volvería a ser la dulce princesa que empaña la noche en la luneta trasera de algún coche aparcado en un centro comercial del extrarradio.

Se dijeron cosas, se rompieron promesas, nos enredamos en palabras que nunca dijimos, fuimos dignos y mezquinos. Giramos en torno a una mentira que nos devoró, y creímos en nuestra propias fuerzas antes de que estas nos abandonasen. Pero, a pesar del daño, de las pequeñas y grandes derrotas y de todo el tiempo perdido, si volviese a verte otra vez, sólo podría decirte..

Gracias….

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El artista del alambre no hubiese sido posible sin los chicos de Wordpress, la música de los cero, las plumas Waterman y los lapices de colores Alpino...

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