
Tuvieron que convertirse en pesadilla, había dejado escrito el poeta, y empujar toda la maquinaria del terror hacia ese abismo donde no hay vuelta atrás y desaparece todo rastro de humanidad o piedad. Esas palabras, nacidas en el exilio, hablaban de su padre. El había formado parte del grupo de cuatro generales que se hicieron con el poder hace veinticinco años y ella, a pesar del paso del tiempo, aún conservaba esa foto en la que aparecía joven e inmortal ante la prensa extranjera. Traeremos la paz a este país, decían, años de prosperidad y olvidar nuestro oscuro pasado, pero se olvidaron de los falcon de color negro que ya en ese momento cruzaban la ciudad en busca de disidentes. Hombres del gobierno llamando a la puerta de tu casa de noche, siempre de noche, cuando más a salvo te crees durmiendo al lado de tu mujer y tus hijos. Esa es la política del terror, no la inventaron ellos, pero supieron llevarla hasta el extremo en que incorporas la pesadilla a la normalidad de tus días.
La hija del general observa la pálida sombra de aquel tipo orgulloso, ahora débil, decrépito, casi a punto de desaparecer hundido en su silla de ruedas. Pobre papá, dónde queda ahora todo ese poder; incapaz de hacerte escuchar o de lograr que alguien te traiga a tiempo tu bote de pastillas. Un par de líneas en los libros de historia no fueron suficientes para garantizar tu inmortalidad.
Lejos quedan los momentos de gloria en que creías tu obra imperecedera. De aquella época dorada, pobre viejo, sólo te queda el enorme coche oficial, ahora condenado a morir inmóvil en la vieja mansión familiar a las afueras de la ciudad. La misma mansión en que ella vive ahora, encerrada en una soledad cercada por retratos de hombres impasibles que la asaltan por los pasillos, y un pequeño ejercito de amantes ocasionales que entraban en su vida casi sin querer, y emprendían cobardes la huida al comprobar como esa pátina de herrumbre y abandono que atenazaba la mansión entraba en sus huesos, habitaba en sus almas, y amenazaba con hacerlos formar parte de aquella ruina del pasado condenada a desparecer.
Aquel coche era el testigo excepcional del último viaje oficial de su padre, y ella, desde entonces, no había vuelto a ver esa enorme mole de metal que de pequeña, ahora lo recuerda, tanto le fascinaba. Podía pasar horas muertas admirando su enorme frontal con forma de templo griego, y preguntándose quien sería aquella figura en lo alto. Es el espíritu del éxtasis, le había dicho el jardinero en una ocasión mientras posaba sobre ella unos ojos enormes, es bonita ¿verdad? Pero ella se limito mirarle con una desconfianza nacida en las palabras de sus progenitores que la hacían huir del servicio y confinar su existencia a los gruesos muros de la mansión. Si, claro que lo es, continua ignorando su silencio y posando un dedo regordete sobre la cabeza plateada. Se agacha hasta ponerse a su altura y poder hablar en un susurro. Ahí la tienes, siempre mirando al frente sin bajar la cabeza, con el viento ondeando como única compañía. La pobre se cree libre, libre como nosotros, pero no sabe que es mentira, que se encuentra atada a un pedestal de plata, y es otro quien marca el camino a seguir. Palabras que aún resuenan en su cabeza y que tardaron casi quince años en cobrar significado.
Para su padre aquella figurilla representaba el poder. Ese coche con su mascarón de proa fue lo poco que pudo salvar cuando todo se vino abajo, y mientras conservó la cordura no pasaba un día sin acercarse allí y frotar con una gamuza por la pequeña figura amarrada en la proa. Y todo para qué, viejo, para acabar aquí. La mujer levanta la vista desde el suelo donde estaba clavada para posarse ahora sobre su padre, el esbozo de un maniquí que apunta al horizonte de donde viene una brisa juguetona que hace ondear su cabello y las amplias ropas del asilo.
Entonces todo encaja como un puzle al que pones la última pieza: esa figura, su padre encadenado a un silla de ruedas, es la gran obra, el espíritu del éxtasis de un Dios cruel y demente incapaz de sentir nada por sus propias creaciones.
La risa, una risa, honesta y fuerte como hacia años que no notaba, brota en su interior y sale en una carcajada brutal que resuena en aquellas paredes tan poco dadas a recibir ese sonido. Las enfermeras suspenden sus tareas y se miran sorprendidas, pero ella no puede parar ya, y se encoje y rueda sobre si misma mientras la risa sigue su curso y las lágrimas brotan de sus ojos. Las enfermeras la rodean con toallas y botes de remedios mientras la arrastran hacía el interior del asilo. Antes de entrar observa la noche posada sobre la mar, y encima la luna, brillando en cuarto menguante, nítida y tranquila. Deja caer su luz blanca sobre una ciudad silenciosa. Y ella, por fin, se siente libre.
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