El loco carga su pistola con las primeras nubes del amanecer. Una bala de fogueo, una de verdad, una de verdad, otra de fogueo.
El chico de la mirada triste apunta con un ojo cerrado a las figuras recortadas por el sol sobre el horizonte, y sueña con herir de muerte a todos los soldados de plomo que nunca le regalaron siendo niño.
El era el que más rápido corría de toda la clase y tenía una chica preciosa que le esperaba a la salida. Los veíamos las tardes de los viernes subidos en la tapia del cementerio bebiendo cerveza, y pensábamos con envidia al verlos pasar que aquello duraría para siempre.
Demasiada suerte para una sonrisa tan triste.
Recuerdo que era martes porque volvíamos pedaleando de los campos de fútbol y vimos la ambulancia parada en la puerta de casa. Los engranajes de su cabeza habían hecho un último click clack antes de pararse definitivamente, y había intentando ahogarse en la taza del inodoro. Ahogarse no, al parecer, como supimos más tarde, sólo quería hablar con el espíritu que habita en todas y cada una de las cañerías. Si fuese un tipo de mundo diría que he oído cosas más raras en mi vida, pero mentiría, es la cosa más jodidamente extraña que he escuchado nunca.
No volvimos a jugar con él los martes ni supimos mucho de su vida desde entonces. Era sólo una sombra que veíamos pasar cumpliendo con la vida como un autómata, hasta que lograba llegar a casa para pasar las horas muertas subido en el tejado cargando su pistola con las primeras horas del amanecer. Una bala de fogueo, una de verdad, una de verdad, otra de fogueo.
Allá abajo le esperaba una vida. Unos padres angustiados y una chica preciosa vestida de luto. Pero el no encontraba un motivo para bajar de las alturas.
Nos mudaremos, dijo el padre, a una ciudad sin azoteas.
Era de los que pensaba puedes huir de ti mismo si corres lo suficiente.
